Inicio Columna ¿Qué significa ser de izquierda en el Siglo XXI?

¿Qué significa ser de izquierda en el Siglo XXI?

De la identidad política a la emancipación humana

Hablar de izquierda en el siglo XXI parece sencillo, pero en realidad plantea una pregunta de enorme importancia: ¿qué significa realmente ser de izquierda?

Durante décadas, la palabra izquierda se ha utilizado para identificar partidos, gobiernos, movimientos sociales y proyectos políticos que reivindican la igualdad, la justicia social, los derechos de los trabajadores, la soberanía y el bienestar de las mayorías.

Sin embargo, existe un problema: decirse de izquierda no necesariamente significa transformar las estructuras que producen desigualdad y concentración del poder.

Un gobierno puede hablar de justicia social y mantener privilegios. Puede impulsar programas sociales y conservar estructuras de concentración política o económica. Puede defender la soberanía nacional y, al mismo tiempo, mantener relaciones de dependencia. Puede incluso llegar al poder en nombre del pueblo y terminar alejando al pueblo de las decisiones fundamentales.

Por eso, la pregunta ya no debería ser solamente:

¿Quién dice ser de izquierda?

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Qué estructuras de poder pretende transformar, cuáles reproduce y hacia qué tipo de sociedad orienta su acción?

La izquierda no puede reducirse a una etiqueta

La historia demuestra que la izquierda nunca ha sido una corriente única.

Marx puso en el centro la relación entre capital, trabajo, propiedad y desigualdad. Lenin incorporó la dimensión internacional del poder y el imperialismo. Rosa Luxemburgo advirtió sobre los peligros de separar la emancipación de la libertad y la democracia. Gramsci mostró que el poder no se sostiene solamente mediante la fuerza, sino también mediante la cultura, las ideas y la construcción del consenso.

El pensamiento latinoamericano agregó otra dimensión fundamental: la dependencia y la soberanía.

Estas aportaciones permiten comprender que la desigualdad no es solamente económica. También puede ser política, cultural, tecnológica, social y geopolítica.

Por eso, ser de izquierda en el siglo XXI exige mirar el poder en todas sus dimensiones.

No basta con cambiar a los gobernantes

Una de las grandes confusiones de la política consiste en creer que cambiar de gobierno significa necesariamente transformar la sociedad.

No es lo mismo cambiar de gobernantes que cambiar las estructuras de poder.

Una transformación verdadera debe preguntarse:

¿Quién decide? ¿Quién posee? ¿Quién controla los recursos? ¿Quién controla el conocimiento? ¿Quién controla la tecnología? ¿Quién tiene capacidad real para participar en las decisiones?

La democracia tampoco puede reducirse al acto de votar cada cierto número de años.

Una democracia verdaderamente participativa requiere ciudadanos capaces de organizarse, deliberar, vigilar, proponer y controlar a quienes ejercen el poder.

Por eso, el objetivo de una izquierda democrática no debería ser simplemente controlar el Estado, sino democratizarlo.

La emancipación no consiste en sustituir una élite por otra.

Existe una pregunta que toda izquierda debería hacerse:

¿Puede llamarse emancipación a un proceso que simplemente sustituye una estructura de dominación por otra?

Si una élite económica es reemplazada por una élite política, pero la sociedad continúa sin capacidad efectiva para decidir sobre su destino, la estructura de dominación puede haber cambiado de forma sin cambiar necesariamente de fondo.

La emancipación debe significar algo más profundo. Debe permitir que las personas tengan mejores condiciones materiales de vida, pero también mayor libertad, participación, conocimiento, dignidad y capacidad de decidir. Por ello, la emancipación tiene muchas dimensiones: económica, política, social, cultural, nacional, global y humana.

La soberanía también debe ser democrática

Para América Latina, la soberanía constituye una cuestión fundamental. Pero soberanía no significa únicamente defender las fronteras o proclamar la independencia frente a otras naciones. Una sociedad verdaderamente soberana debe tener capacidad efectiva para decidir sobre sus recursos, su economía, su conocimiento, su tecnología y su proyecto de futuro.

Pero existe una condición inseparable: soberanía hacia afuera y democracia hacia adentro.

La soberanía no puede utilizarse como argumento para eliminar libertades, derechos, pluralidad o participación ciudadana.

Hacia una nueva concepción de izquierda

A partir de estas consideraciones surge una propuesta: la Dirección Histórica Humanista.

Esta concepción parte de una idea sencilla, pero profunda:

toda sociedad tiene una dirección histórica.

Incluso cuando no existe un proyecto consciente, las decisiones económicas, políticas, culturales y tecnológicas están llevando a la sociedad hacia algún lugar.

Una sociedad orientada exclusivamente por la acumulación económica seguirá una determinada dirección.

Una sociedad dominada por la concentración del poder seguirá otra.

Una sociedad que coloque la dignidad humana, la justicia, la libertad, la igualdad y la participación en el centro de sus decisiones puede construir una dirección histórica diferente.

Por ello, la pregunta fundamental debería ser:

¿El proceso histórico está ampliando o reduciendo las posibilidades de realización humana?

¿Qué propone la Dirección Histórica Humanista?

La Dirección Histórica Humanista propone que el desarrollo de una sociedad debe orientarse por algunos principios fundamentales:

Dignidad humana: la persona debe ser el centro y finalidad del desarrollo.

Igualdad sustantiva: no basta con que todos sean formalmente iguales; deben existir condiciones reales para ejercer los derechos.

Democracia participativa: la ciudadanía debe participar más allá de las elecciones.

Democratización del poder: no basta con redistribuir la riqueza; también hay que distribuir las capacidades de decisión.

Soberanía: los pueblos deben conservar capacidad efectiva para decidir sobre su futuro.

Justicia económica: la economía debe estar al servicio de la sociedad y no únicamente de la acumulación.

Pluralismo: ninguna causa emancipadora puede justificar la eliminación de la diversidad política o intelectual.

Responsabilidad histórica: las decisiones presentes deben considerar también a las generaciones futuras.

La izquierda del futuro

El siglo XXI plantea desafíos que las izquierdas del pasado no pudieron prever completamente.

La inteligencia artificial, la automatización, la concentración tecnológica, el control de los datos, la crisis ambiental, la precarización laboral y el poder de las grandes plataformas digitales están transformando las relaciones sociales.

Por ello, la pregunta contemporánea ya no puede ser solamente:

¿Quién controla la tierra, las fábricas o el capital?

También debemos preguntar:

¿Quién controla los datos, la tecnología, los algoritmos, el conocimiento y la información?

La democratización del futuro tendrá que incluir también la democratización del conocimiento y de la tecnología.

Entonces, ¿qué significa ser de izquierda?

Ser de izquierda en el siglo XXI no debería significar simplemente pertenecer a un partido, utilizar determinado discurso o estar ubicado en una determinada posición electoral.

Significa asumir una posición crítica frente a toda estructura que produzca dominación, desigualdad, explotación, exclusión o dependencia.

Significa trabajar por una sociedad donde el poder económico, político, cultural y tecnológico pueda ser progresivamente democratizado.

Y significa comprender que la verdadera transformación no consiste únicamente en decidir quién gobierna, sino en construir las condiciones para que la sociedad tenga cada vez mayor capacidad de decidir sobre su propio destino.

Por eso, la pregunta históricamente más importante no es:

¿Quién debe gobernar?

Sino:

¿Cómo debemos organizar la sociedad para que ningún grupo pueda apropiarse indefinidamente del poder y para que cada persona pueda participar efectivamente en la construcción de su propio destino?

En conclusión: La izquierda no debe definirse por la identidad, autoadscripción o pertenencia partidista de los sujetos, organizaciones o gobiernos que se reivindican como tales, sino por la dirección histórica que imprimen a las relaciones sociales de poder y por las transformaciones estructurales que producen, promueven o reproducen en ellas. En consecuencia, la condición sustancialmente izquierdista de un proyecto político se determina por su capacidad efectiva para transformar las estructuras históricas de dominación, democratizar progresiva y materialmente el ejercicio del poder, reducir las desigualdades estructurales, ampliar las libertades, los derechos y las capacidades sociales, fortalecer la soberanía popular y nacional, y subordinar las dinámicas económicas, políticas y culturales a la dignidad humana, la justicia social, la libertad y la emancipación integral de la persona y de la sociedad.