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Niñez y Cambio

“La belleza comienza en el alma, luego continúa en la carne. Pero sigo pensando tercamente que la belleza es la simplicidad.” Gochadze
“La creencia en la existencia de otros seres humanos como tales, es amor.” Simone Weil
¿Qué hay más fuerte que el corazón humano que se desploma continuamente y aun así sigue vivo…? Rupi Kaur
“He aprendido que estar con aquello que me gusta es suficiente.” Walt Whitman
“Una emoción dura un microsegundo, un estado de ánimo dura lo que tú decides que dure.” Andrea Kurishi
“El amor inmaduro dice: “te amo porque te necesito”. El maduro dice: “te necesito porque te amo.” Erich Fromm
“Supongo que un llanto nos viene bien a todos a veces; despeja el ambiente como lo hace la lluvia”. Bram Stoker
“Dicen que no encajo en este mundo. Francamente, considero esos comentarios un halago. ¿Quién diablos quiere encajar en estos tiempos?” Billy Wilder
“Quien no cree en los milagros no es realista.” Audrey Hepburn
“Es absolutamente erróneo suponer que los demás están en condiciones de comprender nuestros sentimientos más profundos.” Yukio Mishima
“Cuanto más vivo, menos me preocupa el futuro.” Ashleigh Brillante
“También hay belleza en las cosas simples. No mires solo lo grande. Lo pequeño puede ser esencia. Hay cosas sencillas que tienen la capacidad de convertirse en un gran paisaje.” Victoria Martínez
“Si la mayoría de nosotros permanecemos ignorantes de nosotros mismos, es porque el autoconocimiento es doloroso y preferimos los placeres de la ilusión.” Aldous Huxley
“La relación más poderosa que jamás tendrás es la que tienes contigo misma.” Diane Von Furstenberg
“Amar es un verbo, no un sustantivo; una acción que requiere carne y espíritu; un arriesgado e infinito «crescendo» del ser, no un cómodo «estado» de ánimo.” Alessandro D’Avenia
“Vive, porque este es el mejor momento de tu vida.” William Saroyan
“Pero hay cosas que no mueren y otras que nunca vivieron. Y las hay que llenan todo nuestro universo y no es posible librarse de su recuerdo.” José Hierro
“Urge volver a creer en el mundo, en la humanidad.” Stefan Zweig
“La soledad no es vivir solo; la soledad es no poder acompañar a alguien o algo dentro de nosotros. La soledad no es un árbol en medio de una llanura donde se yergue solo; es la distancia entre la savia profunda y la corteza, entre la hoja y la raíz.” José Saramago

El tema de las infancias constituye un desafío para la conciencia del mundo androcéntrico. Revisar las formas de relación y los procesos de crianza con niñas y niños es una tarea urgente.

Los datos sobre las diversas situaciones de violencia a las que están expuestos y que sufren niñas y niños revelan una crueldad y una perversión que ponen en tela de juicio la sensatez y la inteligencia de los adultos: padres, madres, cuidadores y cuidadoras, autoridades e instituciones de justicia, quienes deberían velar por su dignidad, sus derechos, su salud y su vida.

Las niñas y los niños no son solo cifras ni víctimas indefensas sobre las que la maldad se ensaña dejando huellas indelebles en quienes logran alcanzar algo de futuro. Como escribió Santiago Ramírez hace varias décadas: “Infancia es destino”. Más allá de un determinismo, lo cierto es que las estructuras de personalidad que se forman tienden a repetirse de manera estereotipada y constante, como si fueran el Bolero de Ravel.

Son infancias atrapadas, colapsadas e impactadas por las formas culturales de concebir la educación y la crianza. El maltrato, la descalificación, los golpes, el miedo, los castigos y las carencias afectivas y materiales constituyen el contexto en el que las violencias intrafamiliares se hacen presentes, en dinámicas de madres solas y padres ausentes, entre otros factores que configuran y afectan el desarrollo emocional y psicológico de niñas y niños.

Hay mucho por hacer. Existe ya un marco jurídico nacional e internacional para su protección y defensa; sin embargo, los abusos siguen siendo constantes. Los niños y las niñas son aniquilados con un odio despiadado. Las declaraciones sobre niñas y niños asesinados en Palestina representan lo más bajo y oscuro de la insensatez y del odio hacia la humanidad. En México, la violencia contra las infancias y adolescencias es un delito. No obstante, los datos son brutales, dolorosos y crueles. Debería avergonzarnos lo que ocurre, y debemos hacernos responsables tanto de lo que hacemos como de lo que omitimos al no cuidar ni proteger a la niñez.

Pensar en mi infancia es un ejercicio de autoconocimiento que implica aceptar que la idealización forma parte del deseo, aunque la realidad siempre sea otra. En mi caso, todos los caminos del recuerdo y de la reflexión me conducen a la soledad que sentí en mi niñez, a la necesidad de comprender lo que se iba viviendo en una época en la que, si bien existía un mundo adulto con sus reglas, lógicas, costumbres y creencias sobre cómo tratar a un niño, lo que faltaban eran palabras, afectos, consideraciones, reconocimientos y miradas que nos ayudaran a descubrir quiénes éramos en ese proceso de crecer.

Carl Gustav Jung escribió:

“De niño me sentía solo, y todavía me siento así, porque sé e intuyo cosas que otros parecen no conocer, y la mayoría no quiere saberlas. La soledad no consiste en no tener personas alrededor, sino en no poder comunicar las cosas que a uno le parecen importantes, de callar ciertos puntos de vista que otros encuentran inadmisibles.”

Si algo caracteriza a la niñez es el cambio y la velocidad con que suceden las transformaciones a nuestro alrededor. El tiempo vuela: para niñas y niños todo es nuevo, y la curiosidad se convierte en la estrategia para explorar un mundo que se les niega, para conocer lo que se prohíbe sin explicaciones, para ir en soledad sacando premisas y conclusiones de lo que van obteniendo, entre el azar y la necesidad, y en medio de la incomprensión de lo que los adultos hicieron con nosotros. Hemos estado viviendo en la transformación constante de un todo social: creencias, valores, conocimientos, prácticas, con cambios y desaparición de rituales, como analiza Byung-Chul Han.

Agostino Degas, en una remembranza, señala algunos ejemplos que, por comunes, no dejan de ser botones de muestra de lo que ha implicado el cambio:

“Hubo una vez cosas preciosas: la palabra dada o el apretón de manos, cuando valían más que un centenar de firmas ante notario. La dignidad, cuando no estaba en venta porque era el único capital que una persona poseía. El respeto a los ancianos, cuando la vejez no significaba marginación, sino experiencia, sabiduría y ser escuchado por los jóvenes. Los valores humanos, cuando valían mucho más que las cosas de valor. El tiempo, cuando fluía a ritmos naturales y la gente no tenía que mirar el reloj cada cinco minutos. Hubo una vez cosas preciosas…”

El cambio es, a la vez, lugar y no lugar del devenir social. La dinámica nos lleva a sostener formas de vida sin querer modificarlas, y al mismo tiempo nos exige transformar todo. La satisfacción y la insatisfacción son las monedas de cambio que se juegan en la vida. Entre mantener lo que se tiene y cómo se tiene, sostener ideas, creencias y tradiciones, surge la necesidad de transformar la realidad social. Todo cambio genera expectativas, pero también miedo: temor a perder lo que se posee. De ahí el dicho: “Más vale malo por conocido que bueno por conocer”, y la tendencia a encontrar en la auto-resignación una inmovilidad que da seguridad y reproduce el sistema social. Todo cambia para que nada cambie.

Paul Auster expresó este temor a perder, especialmente a las personas que amamos:

“La vida puede venirse abajo con tal facilidad… Todo puede cambiar en un instante. La sensación de la fragilidad de la vida me persigue sin descanso. Me contagia una gran alegría —la de estar vivo— y, al mismo tiempo, un miedo atroz: por el hecho de poder perder con tanta facilidad a la gente que queremos.”

Comprender que lo que hoy somos, incluso desde nuestra historia infantil, implica aceptar que hemos perdido la inocencia y que vivimos un duelo permanente ante los cambios que experimentamos: en nuestro propio desarrollo biopsicosocial, en el mundo que habitamos y en las relaciones que construimos. Emilio Leyva lo expresó así:

“Todo cambia cuando menos lo esperas. Cambian las cosas que tenías por seguras… tu forma de pensar de un rato para otro… los días que amanecen más temprano y te empujan a vivir antes; cambian tus sueños cuando se vencen y no llegan; las letras al leer ‘somos o no somos’ y… sin embargo… nada cambia y seguimos estando; cambia la música de tus días como las estaciones del año; y tú… tú también cambias… sin seguir la obligación de ser el mismo de ayer; hasta de ciudades y de gentes… y de amores imposibles; te cambia la vida en un segundo porque en un segundo… todo cambia…”

Aceptar que el cambio es dolor, duelo, incertidumbre, duda y prueba es también entender que dejamos la niñez en la medida en que empezamos a integrar lo que sentimos y nos desprendemos de lo que ya no seremos, para convertirnos en adultos. Hermann Hesse lo dijo con claridad:

“Y comencé a comprender también que el dolor, los desengaños y la melancolía no existen para molestarnos, para sumirnos en un abismo de desasosiego e inutilidad, sino para poner a prueba nuestro temple y madurar nuestro ser.”

Crecer duele, amar duele, cambiar duele. En cada caso lo que buscamos es ser vistos, comprender que lloramos al nacer para decir “ya estoy aquí”, y lloramos para comer, para no sufrir, para experimentar placer, sentir amor, ser reconocidos. Humberto Maturana lo expresó así:

“La mayor parte de los dolores de nuestra existencia son culturales. Pregúntese dónde le duele la vida y verá que no es en su cuerpo, sino en los espacios donde no es visto, donde está siendo negado, en sus espacios de desamor. Duele no contar con el respeto de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos, de su familia y amigos. Verá que en el fondo lo que nos mueve a los humanos es esa necesidad ancestral de ser reconocidos, que significa que nos valoren, que consideren nuestra aportación al grupo y que nos lo demuestren en su trato. Eso está detrás de todo, incluso detrás de quien se compra grandes coches, aviones o palacios: queremos que nos quieran por puro mandato biológico. Porque solo en el espacio en el que se tiene presencia se es productivo y se puede convivir con satisfacción.”

De lo que aprendemos en la infancia partimos para construir un proyecto de vida personal y consciente, haciéndonos cargo de nuestra historia, con todo lo que conlleva: secretos, abusos, tristezas, soledades, pero también logros, alegrías, recompensas, afectos, amistad y amor. Solo podemos ser si somos con los otros, sin olvido y sin resignación.

La vida es trascender. Amalia Bautista lo expresó poéticamente:

“Que nadie por tu culpa haya pasado hambre, haya sentido miedo o frío.

Que nadie haya dejado de vivir por tu culpa, ni temido la muerte, ni deseado morir.

Que ninguno haya dicho tu nombre con espanto, o mirado tu rostro con desprecio.

Que los demás te lloren cuando partas.

Así tu corazón no habrá albergado el plomo que lastra las mudanzas.

Así tu corazón será más leve que la más leve pluma.”

Y como escribió Octavio Paz en Piedra de sol:

“Soy otro cuando soy, los actos míos

son más míos si son también de todos,

para que pueda ser he de ser otro,

salir de mí, buscarme entre los otros,

los otros que no son si yo no existo,

los otros que me dan plena existencia.”

Niñez y cambio. La imagen que surge es la de las muñecas rusas de madera, las matrioskas, que se contienen unas dentro de otras.

Así podemos pensarnos: en cada uno está toda nuestra historia, todas las versiones de nuestro propio desarrollo. La pregunta que habrá que responder es qué queremos llegar a ser con todo lo que vamos siendo y con todo lo que hicieron de nosotros y de nosotras, partiendo de esa niñez que nos tocó vivir.