“No necesitas el permiso de nadie para ser exactamente como quieras.” Hayley Williams
“Mis errores son mi vida.” Samuel Beckett
“…la anatomía es solo el comienzo…, el deseo es la forma en la que el alma intenta regresar a casa…” Sigmund Freud
“Eres lo que haces, no lo que dices que vas a hacer.” Carl G. Jung
“Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas, pero mi senda se pierde en el alma de la niebla.” Federico García Lorca
“La vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena, te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad de un amigo.” Rosa Montero
“Vivir sin rencores, sin odio, sin nada que manche el alma. Pero con memoria, con mucha memoria, para que no vuelva a suceder.” Aria
“Uno puede dar lo que no tiene. Por ejemplo, una persona puede dar felicidad y no ser feliz; puede dar miedo y no estar aterrorizada. Y puede dar sabiduría y no tenerla. Todo es tan misterioso en el mundo.” Jorge Luis Borges
“El tiempo no cura. Lo que cura es lo que haces con el tiempo. Curarse es posible cuando decidimos asumir la responsabilidad, cuando decidimos correr riesgos y, por último, cuando decidimos liberarnos de la herida, dejar atrás el pasado o la pena.” Edith Eger
“Existe una cantidad de gente en el mundo que está en un infierno, porque depende excesivamente del juicio de los demás”. Jean-Paul Sartre
“De la vida no quiero mucho, quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé lo que valía la pena y perdí apenas lo que nunca fue mío” Pablo Neruda
“No tengo un camino nuevo. Lo que tengo de nuevo es el modo de caminar.” Clarice Lispector
“No estamos simplemente en el mundo — estamos entrelazados en él.” Martin Heidegger
“El alma tiene su propia marea. El espíritu sube y baja. A veces el corazón está lleno, a veces está vacío.” Víctor Hugo
“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Jean-Paul Sartre
“No hay puerta, ni cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.” Virginia Woolf
“Siempre pensé que morir de amor solo era una licencia poética.” Gabriel García Márquez
“Cuando se ha tenido la suerte de amar con fuerza, se pasa uno la vida buscando nuevamente ese ardor y esa luz.” Albert Camus
Irene Vallejo, en su Manifiesto por la lectura, escribió:
“Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar.”
La sensibilidad y la inteligencia humanas lograron acuñar, en las formas del lenguaje, la posibilidad de la literatura, la poesía, el canto, las coplas y la escritura íntima que cada persona plasma para nombrar su historia, sus deseos, sus añoranzas, sus pasiones, sus amores y sus desventuras, decepciones y descalabros incluidos.
Nada como sentir amor: dar y recibir, lo mutuo, lo platónico, lo idílico, lo fraterno, lo filial, lo erótico, la amistad y el amor propio, junto con todas las configuraciones que del amor nacen para estar en relación con las personas y los vínculos que creamos. Nos movemos entre lo singular y único, y lo compartido, aquello que nos hace ser con los demás, en la inevitable construcción de la realidad humana, que nos sitúa entre lo más romántico del amor y lo más cruel que implica.
En la historia del amor está también su opuesto: una dialéctica intrínseca que incorpora el desencanto y la renuncia, el dolor y las ausencias, el drama y el desamor. Se mueve entre la nostalgia y el rencor, entre el odio y la traición, entre la desilusión y el sufrimiento. Amar duele, pero también sana. El amor no es solo un sentimiento ni una emoción simple: amar es sentido, propósito, necesidad y consciencia de sí para con otro, para con los demás.
Octavio Paz escribió:
“Amar es combatir, si dos se besan el mundo, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan se vuelve saber, el agua es agua.”
Buscamos que nos amen, que nos quieran. Humberto Maturana lo describe así:
“La mayor parte de los dolores de nuestra existencia son culturales. Pregúntese dónde le duele la vida y verá que no es en su cuerpo, sino en los espacios donde no es visto, donde está usted siendo negado, en sus espacios de desamor. Duele no contar con el respeto de sus compañeros de trabajo o de sus vecinos, de su familia y amigos. Verá que, en el fondo, lo que nos mueve a los humanos es esa necesidad ancestral de ser reconocidos, que significa que nos valoren, que consideren nuestra aportación al grupo y que nos lo demuestren en su trato con nosotros. Eso está detrás de todos, incluso de quien se compra grandes coches, aviones de reacción o palacios: queremos que nos quieran por puro mandato biológico. Porque solo en el espacio en el que se tiene presencia se es productivo y se puede convivir con satisfacción.”
En el tránsito de la vida, lo que nos sostiene tiene que ver con el amor. Más allá de atender las necesidades básicas, la vida material se inscribe en lo pragmático y en el orden estructural al que nos adaptamos. Sin embargo, en el amor y en el enamoramiento —entre la bioquímica del cerebro, las hormonas y las reacciones metabólicas y fisiológicas— lo subjetivo, lo afectivo, lo emocional y el deseo sexual nos atrapan. Entre el deseo, la ilusión y la necesidad de que nos quieran, nos amen y nos hagan visibles, buscamos la experiencia de importar a alguien más que no seamos nosotros mismos.
Ernest Hemingway puso palabras a esta experiencia:
“No te engañes acerca del amor que sientes por alguien. Lo que ocurre es que mucha gente jamás tiene la dicha de conocer lo que es el amor. Tú no la habías tenido hasta ahora y ahora la tienes. Lo que hay entre tú y ella, tanto si únicamente dura el día de hoy y parte de mañana, como si dura toda la vida, es el hecho más importante que puede ocurrirle a un ser humano. Siempre habrá gente que diga que no existe, pero eso será porque ellos no pueden obtenerlo. Pero yo te aseguro que esto es verdadero y que lo posees. Tienes muchísima suerte, aun cuando te tocara morir mañana mismo.”
Amar implica necesariamente hacernos vulnerables y entrar en un proceso que nos lleva a pensar y sentir desde nuestra historia y desde las formas concretas de relacionarnos, reconociendo lo que nos constituye en el espejo de lo real. Tarea nada fácil, pues el enamoramiento crea y deposita en el imaginario atributos, cualidades y expectativas que no existen ni en el otro ni en uno mismo.
Maturana lo describe así:
“Amar a un ser humano es aceptar la oportunidad de conocerlo verdaderamente y disfrutar de la aventura de explorar y descubrir lo que guarda más allá de sus máscaras y sus defensas; contemplar con ternura sus más profundos sentimientos, sus temores, sus carencias, sus esperanzas y alegrías, su dolor y sus anhelos. Es comprender que detrás de su careta y su coraza se encuentra un corazón sensible y solitario, hambriento de una mano amiga, sediento de una sonrisa sincera en la que pueda sentirse en casa. Es reconocer, con respetuosa compasión, que la desarmonía y el caos en los que a veces vive son producto de su ignorancia y su inconsciencia, y darte cuenta de que, si genera desdichas, es porque aún no ha aprendido a sembrar alegrías. En ocasiones se siente tan vacío y carente de sentido que no puede confiar ni en sí mismo. Amar es descubrir y honrar, por encima de cualquier apariencia, su verdadera identidad, y apreciar honestamente su infinita grandeza como una expresión única e irrepetible de la Vida.”
Hay experiencias de vida desde el amor que nos transforman. Del amor nadie sale ileso. Enfrentar hoy lo que implica amar es un reto complejo, porque en una sociedad individualista, egoísta y hedonista, donde la satisfacción y la recompensa se asocian a la felicidad y al placer, las posibilidades del amor se confunden. Se imponen otros esquemas y demandas que niegan al otro, lo convierten en objeto, lo cosifican y le quitan la magia, la fuerza y el compromiso que nacen del deseo, de eso que nos falta y nos moviliza. En especial, en un mundo donde la mujer puede amar y liberarse de las ideas preconcebidas, de los mandatos patriarcales y de la ilusión del amor romántico, se reclama un amor profundo y recíproco, como lo anunció Simone de Beauvoir:
“El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal.”
Habrá que amar la vida, como nos invita Gioconda Belli:
“Y río porque amo el viento y las nubes y el paso de los pájaros cantores, aunque ande enredada en recuerdos, cubierta de hiedra como las viejas paredes, sigo creyendo en los susurros guardados.”
O como nos recuerda Gustavo Adolfo Rol:
“Cada día me convenzo más de que el desperdicio de nuestra existencia reside en el amor que no hemos dado. El amor que damos es la única riqueza que conservaremos para siempre.”
Fernando Pessoa nos dice que tenemos que sentir lo que se ama, y ya luego pensaremos:
“Yo no tengo filosofía: tengo sentidos. Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa lo que es, sino porque la amo, y la amo por eso: porque quien ama nunca sabe lo que ama, ni sabe por qué ama, ni qué es amar. Amar es la eterna inocencia, y la única inocencia es no pensar.”
La filosofía, en su definición, es amor por la sabiduría, por el saber, por el conocimiento. Amar es pensar y sentir, ser un ser sentipensante. Amar es acción, es verbo, y por tanto el amor no son solo palabras: son hechos y decisiones. Ayn Rand lo expresa así:
“Para vivir el hombre debe actuar; para actuar, debe tomar decisiones; para tomar decisiones, debe definir un código de valores; para definir un código de valores debe saber qué es y dónde está —esto es, debe conocer su propia naturaleza, incluyendo sus medios de conocimiento, y la naturaleza del universo en el cual actúa—. Esto es, necesita metafísica, epistemología y ética, lo cual significa filosofía. No puede escapar de esta necesidad; su única alternativa es que la filosofía que guíe su vida sea escogida por su mente o por la casualidad.”
La finitud y la vulnerabilidad, la fragilidad y lo efímero que nos determinan como únicas certezas —la muerte— nos permiten poner en perspectiva la vida. Como dijo Miguel Orellana:
“A veces miramos el horizonte porque es lo más cercano que tenemos para alejarnos de la realidad, solo que se nos olvida que somos estrellas fugaces sobre un espacio que nunca nos perteneció. Y cuando al fin queremos estar presentes para vivir al máximo, es momento de volver al lugar de origen de donde emergió la luz de nuestro universo. A lo mejor era lo que mirábamos en el horizonte, nuestro verdadero hogar, y por hacerlo no supimos vivir la experiencia de un viaje que quizás no tenga retorno.”
Habrá que amar la vida y a todas y todos los que nos rodean, y en la buena fortuna amar sin reservas, porque amar, al final de cuentas:
“Amar es una forma de mantenerse vivo, pese a tanto y a tantos. Amar es sostenerse incluso después de la decepción o la traición, cuando lo más fácil sería volverse piedra o retirarse al silencio definitivo. Y, aun así —o justamente por eso—, seguir apostando a los corazones nobles, al pulso luminoso de la naturaleza, a la mirada pura de los animales, al arte como refugio y como verdad.” escribió Miguel Culaciati.



