“Planta tu propio jardín y decora tu propia alma, en lugar de esperar a que alguien te traiga flores.” Jorge Luis Borges
“En fin, ya vendrá la calma, sólo se está muriendo un algo, aquí, donde me comienza el alma.” Chavela Vargas
“Lo que lees cuando no estás obligado a hacerlo es lo que determina en qué te convertirás cuando no puedas evitarlo.” Oscar Wilde
“Vago…e invito a vagar a mi alma. Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del estío…” Walt Whitman
“Tal vez estamos en el mundo para buscar el amor, encontrarlo y perderlo, una y otra vez. Con cada amor volvemos a nacer y con cada amor que termina se nos abre una herida. Estoy llena de orgullosas cicatrices.” Isabel Allende
“Qué fácil callar, ser serena y objetiva con los seres que no me interesan, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan está la cuestión absurda: soy una convulsión.” Sylvia Plath
“No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto dirigirse.” Séneca
“Existe dentro de cada uno de nosotros un potencial de bondad que supera nuestra imaginación; para dar sin buscar recompensa; para escuchar sin juzgar; para amar incondicionalmente.” Elisabeth Kübler-Ross
“Hay quien deja huella y hay quien marca el camino.” Elvira Sastre
“Quien nada da, nada tiene. La mayor desgracia no es no ser amado, sino no amar.” Albert Camus
“Lo cierto es que, si tuviéramos tiempo para hablar, todos nos declararíamos excepciones. Porque todos somos casos especiales. Todos merecemos el beneficio de la duda. Pero, a veces, no hay tiempo para escuchar con tanta atención, para tantas excepciones, para tanta compasión.” Carlos Skliar
“Qué hermoso era saber que estabas ahí como un remanso, sola conmigo al borde de la noche, y que durabas, eras más que el tiempo.” Julio Cortázar
“Las cosas más bellas son aquellas susurradas por la locura y escritas por la razón.” André Gide
“No busques significado en las palabras. Escucha los silencios.” Samuel Beckett
“Comenzaba a sentir ese agobio que produce la repetición de una misma vida cuando ningún interés la encauza y ninguna esperanza la sostiene.” Gustave Flaubert
“Alguna gente no enloquece nunca, que vida tan horrible deben tener.” Charles Bukowski
“Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos.” Marguerite Yourcenar
“Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos.” Octavio Paz
“En los infiernos que yo atravesé, no había monstruos, había personas que yo amaba.” Jassive Yazbek
Las maneras en que enfrentamos la realidad implican poner en acción, en juego, lo aprendido, la personalidad, el carácter, los valores, las convicciones y las creencias, en una dinámica multidimensional que combina historia, expectativas y, sobre todo, presente; en la paradoja del instante mismo que, al pasar, se convierte en pasado y aún no puede ser futuro. La forma en que percibimos la realidad y sus representaciones nos envuelve en un juego de espejos que, como en la “casa de la risa” de las ferias de antaño, donde las superficies cóncavas y convexas distorsionan las imágenes, nos muestra figuras deformadas. Y aunque sabemos que somos nosotros quienes aparecen reflejados allí, la imagen nos provoca una carcajada y, al mismo tiempo, cierta inquietud ante la dificultad de reconocernos en esa versión exagerada e irreal de nosotros mismos.
Vivimos con poco tiempo para pensar serenamente los pasos que daremos frente a las circunstancias de la vida. Con frecuencia, esta no nos concede pausas suficientes para reflexionar, y terminamos dejándonos llevar por impulsos emocionales que operan como respuestas instintivas, intuitivas e inmediatas. El problema es que, desde esas formas de reacción, la vida se vuelve compleja y nos conduce a lugares, situaciones y decisiones que, en el fondo, no deseábamos. Quedamos atrapados en una red de decisiones y consecuencias con las que no sabemos qué hacer, creando problemas reales que se complican innecesariamente.
A pesar de nosotros, la vida sigue, y el desafío consiste en hacernos cargo de lo que hacemos, porque no somos lo que decimos o pensamos, sino, en términos concretos, aquello que realizamos. Friedrich Nietzsche escribió:
“Existe sólo un derecho humano básico: el derecho de hacer lo que se quiera. Y con él viene el único deber humano: asumir las consecuencias.”
En esta condición humana, resulta fundamental dar un lugar a lo que se siente y a lo que se piensa en un mundo donde estamos rodeados de otros, de una alteridad que implica un diálogo permanente. Dentro de los procesos de comunicación, escuchar de manera empática y comprender lo que se dice es tan importante como aceptar que uno es responsable de lo que expresa, pero no necesariamente de lo que el otro interpreta o siente. Jacques Lacan lo sintetizó de manera provocadora: “Usted podrá saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó”. Ello explica, en buena medida, la enorme cantidad de malentendidos que se producen en la vida cotidiana. La norma no es la comunicación perfecta; la excepción es alcanzarla. El lenguaje está lleno de equívocos, dobles sentidos y significados diversos, porque quien escucha no es un recipiente vacío, sino alguien que posee su propio lenguaje y que decodifica, filtra, traduce e interpreta los mensajes desde su historia personal, sus heridas, sus deseos inconscientes y sus fantasmas emocionales.
A pesar de nosotros, aquello que decimos deja de pertenecernos en el momento mismo en que sale de nuestra boca. Lo mismo ocurre con lo que hacemos, con nuestras acciones y actitudes. Todo indica que únicamente mediante el diálogo y la rectificación podemos construir un proceso de comunicación que siempre será inacabado e imperfecto, pese a la buena voluntad y pese a nosotros mismos. El inconsciente nos conduce a lugares y situaciones que muchas veces permanecen latentes o deseadas, pero que no han podido ser llevadas a la conciencia y, por tanto, al lenguaje. Así, permanece activo aquello que ha sido reprimido, evadido, negado, sublimado, proyectado, aislado, desplazado o racionalizado. Estos mecanismos de defensa ayudan inicialmente a mantener un equilibrio psicológico y a funcionar en la vida cotidiana; sin embargo, pueden volverse problemáticos e incluso patológicos cuando se utilizan de manera excesiva e inflexible, distorsionando la realidad y, por ende, la comunicación, vehículo privilegiado de la interacción social y afectiva.
Lo mismo sucede en la tarea de comprender el mundo y en todo aquello que nos conduce a establecer acuerdos para crear y desarrollar los sistemas sociales de interacción en la vida cultural, económica y política. Esto nos lleva a reflexionar sobre las formas en que construimos un sentido de pertenencia e identidad hacia un grupo, una comunidad, una clase social o diversas adscripciones religiosas, étnicas, ideológicas, educativas, generacionales y de género. Ello implica desarrollar competencias sociales de reconocimiento, tolerancia, respeto y aceptación de la diversidad como elementos sustantivos y constitutivos de la condición humana, más allá de la pluralidad de pensamiento.
A pesar de nosotros, la vida es y la realidad se construye socialmente. La pregunta entonces es si queremos ser parte de esa construcción de manera crítica, participativa y colaborativa, desde el diálogo con lo diferente, con capacidad de escucha, reflexión y flexibilidad para aceptar que no existe una sola verdad; que la realidad es relativa, histórica, subjetiva, emocional y científica al mismo tiempo; y que puede ser pensada desde una filosofía humanista y una ética planetaria cuya urgencia se vuelve cada vez más evidente ante la crisis civilizatoria que experimenta el mundo. Frente a ello, Slavoj Žižek advierte sobre tres grandes crisis contemporáneas: la crisis ambiental, la crisis asociada al desarrollo de la inteligencia artificial y la crisis de la guerra global. En conjunto, estas amenazas parecen conducirnos hacia una catástrofe de alcance planetario. Ante esta realidad, la pregunta es inevitable: ¿Qué vamos a hacer en este momento?
A pesar de nosotros, la vida sigue con toda su complejidad y, en los hechos, somos testigos de una serie de aberraciones, abusos, injusticias, desigualdades, procesos de marginación y exclusión, manifestaciones de miseria, normalización de distintas formas de violencia y una creciente banalización del mal. Todo ello parece confirmar las señales de advertencia sobre una posible catástrofe global, al tiempo que nos obliga a preguntarnos por nuestra responsabilidad individual y colectiva frente a los desafíos de nuestro tiempo.
Sin embargo, también a pesar de nosotros, persisten la solidaridad, la capacidad de cuidado, la voluntad de construir comunidad y la posibilidad de imaginar un futuro distinto. La historia humana no es solamente la historia de los conflictos y las tragedias; es también la historia de personas y pueblos que, en medio de la adversidad, han encontrado caminos para resistir, crear, reconstruir y otorgar sentido a la existencia. La esperanza no es una forma de ingenuidad, sino una disposición ética para actuar cuando todo parece empujar hacia la resignación.
Quizá el mayor desafío de nuestra época consiste en comprender que ninguna transformación profunda será posible sin una transformación de nosotros mismos. La construcción de una sociedad más justa, democrática y humana exige ciudadanos capaces de cuestionarse, escuchar al otro, reconocer sus propios límites y asumir la responsabilidad de sus actos. No se trata de alcanzar una perfección imposible, sino de avanzar hacia formas más conscientes de convivencia que hagan de la dignidad humana un principio irrenunciable.
A pesar de nosotros, y también gracias a nosotros, el presente sigue siendo el único espacio donde es posible intervenir en el curso de la historia. Cada palabra, cada acción y cada decisión contribuyen a configurar el mundo que habitamos y el legado que dejaremos a quienes vienen detrás. Por ello, frente a la incertidumbre, la complejidad y las crisis de nuestro tiempo, tal vez la tarea más urgente sea atrevernos a participar activamente en la construcción de una realidad más justa, más solidaria y más humana, consciente de que el futuro no está escrito y de que todavía depende, en gran medida, de lo que hagamos aquí y ahora.
Tomo prestadas las palabras de Patricia Maya Rain y Walt Whitman para situarnos en el aquí y el ahora, recordando que aún tenemos la oportunidad de ser, a pesar de nosotros mismos, parte de un proyecto humano que debe configurarse desde la justicia social y el reconocimiento del valor inherente de todas y cada una de las personas que habitamos el planeta Tierra.
“Me queda poco tiempo y aún siento el peso de cada recuerdo.
El alma cobra por lo vivido, por lo perdido y lo prohibido.
Extrañar es el costo de haber sentido tanto.
Es vagar en un vacío infinito, entre cantos y nostalgias.
Entre los restos de cada estación quedó una tinta que busca la luz.
Escribir es ordenar esos pedazos, juntar lo quebrado para poder elegir una vida
y sanar el alma desde lo profundo.”
Patricia Maya Rain
“Nunca ha habido más comienzo
que el que hay ahora,
Ni más juventud ni vejez
que la que hay ahora;
Y nunca habrá más perfección
que la que hay ahora,
Ni más cielo ni infierno
que el que hay ahora.”
Walt Whitman



