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Willie Colón: del ritmo que marcó una infancia al compromiso que incomodó al poder

Hay noticias que se leen y hay noticias que se sienten.

La muerte de Willie Colón, a los 75 años por problemas respiratorios, no es solo la partida de un músico. Para algunos es la despedida de una era; para otros, la pérdida de una conciencia cultural. Para mí, es también un recuerdo personal: lo vi en vivo a los 11 años, en Cuévano para la clausura del Festival Internacional Cervantino. No entendía aún la dimensión histórica de lo que estaba presenciando. Pero el ritmo —ese golpe de trombones y esa cadencia que latía al unísono de la Alhóndiga de Granaditas— me marcó.

Años después comprendí que aquella energía no era solo música. Era identidad. Y la identidad, tarde o temprano, se convierte en política.

El arquitecto del sonido del barrio

William Anthony Colón nació en Nueva York en 1950, hijo de puertorriqueños. Fue pionero de la salsa en la escena neoyorquina vinculada a Fania Records, sello que convirtió al barrio latino en fenómeno global. Con Héctor Lavoe primero y después con Rubén Blades, construyó una narrativa musical que trascendió el entretenimiento.

Canciones como La Murga, El Gran Varón, Idilio, Talento de Televisión, Oh Qué Será? o El Día de Mi Suerte no eran simples éxitos radiales. Eran crónicas del barrio latino, historias que podían ocurrir en el Bronx, en San Juan, en Ciudad de México o en cualquier esquina de América Latina.

Colón incluso adoptó la imagen de gánster en las portadas de sus discos antes de que esa estética se volviera tendencia. No era pose vacía: era una representación irónica y desafiante del estigma urbano. Convertía el prejuicio en identidad cultural.

La salsa, en su propuesta, era narrativa social con trombones.

Del escenario al activismo

Pero Willie Colón no se quedó en el escenario. Su tránsito hacia la acción pública fue consistente con su obra.

Fue líder comunitario, luchador por los derechos civiles, presidente de la Asociación de Artes Hispanos —desde donde impulsó la construcción del Centro Cultural Julia de Burgos en Nueva York—, integrante de la junta directiva de la Comisión Latina sobre Sida y de la Fundación Pro Inmigrantes de la ONU, además de presidir la Coalición para un Mejor Nueva York.

En 2001 fue el único candidato latino al cargo de defensor público de la ciudad de Nueva York por el Partido Demócrata. No ganó. Pero ese no era el punto. El punto era que un artista latino del Bronx había decidido disputar institucionalmente el poder.

El riesgo de opinar

Cuando una figura cultural se convierte en actor político explícito, la unanimidad emocional se fractura. El artista une; el político divide. Colón asumió ese riesgo.

En distintos momentos expresó posturas firmes sobre Puerto Rico, sobre gobiernos latinoamericanos y sobre la política estadounidense. Para algunos fue coherencia; para otros, provocación. Pero en ambos casos confirmó algo esencial: no concebía la fama como silencio.

Desde la teoría política, su trayectoria muestra el tránsito del capital cultural al capital político. Su legitimidad artística le otorgó autoridad moral; su incursión política lo colocó en la arena de la polarización.

El legado incómodo y necesario

Willie Colón deja un legado doble.

Por un lado, es uno de los intérpretes más influyentes en la historia de la salsa, arquitecto de un sonido que hizo del trombón una declaración de identidad continental. Por otro, es ejemplo de que el artista latino puede y quizá debe intervenir en los asuntos públicos.

La política no comienza en los partidos; comienza en la cultura. En el barrio. En la memoria compartida. En el ritmo que hace que miles canten la misma historia.

Aquella noche en el Cervantino solo sentí música. En mi juventud rebelde y revolucionaria, entendí que también estaba viendo a un hombre que, sin renunciar al arte, decidió disputar el sentido de su comunidad.

Hay líderes que construyen poder desde la tribuna. Willie Colón lo construyó primero desde el escenario.

Y eso, en América Latina, en el Bronx y en el mundo, también es una forma de hacer política.

Benjamín Segundo Ramírez
Benjamín Ramírez es comunicador y analista en comunicación política. Cuenta con experiencia en comunicación estratégica, manejo de medios y construcción de narrativas públicas en contextos institucionales y electorales. Actualmente colabora en Platino News con análisis orientados a comprender el discurso político, la opinión pública y los procesos de poder en el escenario local y nacional.