“Si pudiera, haría un mundo bueno para ti, te llevaría siempre en mis brazos, para que no te lastimara la vida.” Juan Rulfo
“La felicidad solo puede darse en el presente. El pasado es víspera del gozo; el futuro, melancolía de la dicha”. Antonio Rivero Taravillo
“En el laberinto de mis pensamientos, encuentro la belleza en la oscuridad, la luz en la sombra, la esperanza en el abismo.” Alejandra Pizarnik
“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.” Jorge Luis Borges
“Solo desde el corazón se puede tocar el cielo.” Rumi
“Abandonar puede tener justificación, abandonarse no la tiene jamás.” Ralph Waldo Emerson
“Me he pasado la vida mirando a los ojos; es el único lugar del cuerpo donde quizás aún exista un alma.” José Saramago
“Deja de buscar desesperadamente la aprobación y el reconocimiento externo; se tu propio espectador, busca tu propio aplauso”. Séneca
“Ahora que conocía el miedo, también sabía que no era permanente. Por poderoso que fuera, su poder sobre mí se reduciría. Pasaría.” Louise Erdrich
“La vida no siempre habla fuerte. A veces apenas respira en el ruido de los árboles, en unos pasos regresando a casa o en el viento entrando por una ventana vacía. Pero vivimos tan distraídos persiguiendo grandezas, que dejamos morir las pocas cosas simples que todavía sostienen el alma.” Francisco J. Zárate
“Y a pesar de tantas tormentas que cubren su alma, él no ha dejado de sonreír, no pierde la esperanza de que la calma llegará algún día y de que esa sonrisa dejará de ser fingida.” Espec Rusus
“Vivamos como si de verdad entendiéramos que lo que tenemos es tiempo, pero ignoramos cuánto…” CW
“Espero que tengas una vida de la que te sientas orgullosa. Y si ves que no es así, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo.” Benjamín Butron
“Y entonces un día te das cuenta que todo comienza de nuevo… y la sonrisa vuelve a ser la dueña de tu vida.” Pablo Neruda
“Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.” Miguel De Cervantes
“El canto de un pájaro puede, por un instante, convertir el mundo entero en un cielo dentro de nosotros, porque sentimos que el pájaro no distingue entre su corazón y el del mundo.” Rainer Maria Rilke
“El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad.” Ana María Matute
“Lo más bonito de la belleza humana es que alguien a primera vista no te llame demasiado la atención y que al conocerla, escucharla, olerla, tocarla te parezca la más bella del mundo.” William Shakespeare
“¿Sabes lo que quiero de verdad? Nunca perder la sensibilidad, aunque a veces ella rasque un poco el alma. Porque sin ella no podría sentirme a mí misma.” Clarice Lispector
Una de las búsquedas humanas que nos ha perseguido existencialmente es la de la felicidad, con todos los matices y posibilidades que implica nombrar esa demanda emocional. Su esencia se entrecruza con la sensación de satisfacción, de logros, de placer, de amor, de sentirse parte de algo o de ser importante para alguien. Más allá de que es un sustantivo en la estructura lingüística, el poder llegar a ser feliz pasa, a su vez, por la evanescencia de los actos que conlleva y por la oportunidad de sentir y reconocer esas emociones que son combinaciones complejas, nunca unívocas, siempre contextualizadas y subjetivas. Cada quien vive, percibe, siente y nombra la felicidad.
Existe también esa construcción social de las relaciones vinculares: el hecho de que somos seres sociales. Interactuemos o no, vamos creando experiencias de relación entre personas. El simple hecho de estar con otros —a un lado, atrás, enfrente— hace que nuestra forma de situarnos en el mundo sea única y totalmente alterable en la intervención social que nos implica, con resultados multicausales y registros irrepetibles para cada persona.
Así, la felicidad es algo que se desea y, al mismo tiempo, algo que se diluye como llega, cuando llega y con quien llega. No hay nada más triste que recordar la experiencia de la felicidad, porque en automático se convierte en nostalgia, en añoranza y aun en dolor. Recordar la felicidad que sentimos con quienes ya no están con nosotros es dolor, es melancolía y es condena propia de la condición humana.
Stephen Littleword escribió:
“Me gusta la gente que deja su marca. Sin cicatrices. Estas son las personas que entran en tu vida con sus dedos de los pies y en silencio caminan a través de ella. Las acciones hablan, no fuerte; las emociones gritan, no la ira. Me gusta la gente que deja su huella en este lugarcito llamado corazón… ellos son los que nunca se irán porque conquistaron este lugar con las pocas atenciones de cada día.”
Para Sigmund Freud, en El malestar en la cultura:
“Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole solo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer solo proporciona una sensación de tibio bienestar.”
Es la posibilidad de entender el entramado cultural lo que nos muestra que nuestra noción de felicidad está modificada por la experiencia y por las necesidades que vamos estableciendo como parte de nuestro deseo. La cultura nos transformó y nos ha llevado a la exploración de la inteligencia, la razón y la dimensión emocional que hemos desarrollado evolutivamente. Como parte del desarrollo humano, la cultura es, en definitiva, la única moneda que no se devalúa en el mercado de la existencia. De ahí que la felicidad esté anclada en el deseo de tener esa experiencia de vida, por instantánea e inesperada que sea.
Con el tiempo, la experiencia personal se manifiesta idealmente como criterio, como capacidad para tomar mejores decisiones y como pensamiento crítico sobre nuestra propia condición. Y así:
“A cierta edad, nos damos cuenta de que ya no estamos para aguantar tonterías, ya no estamos para conversaciones vacías, ya no estamos para mentiras. Así que mejor nos desprendemos de las charlas en las que, al final, no se ha dicho nada, y nos quedamos con aquellas en las que aprendemos, en las que reímos, con las que la vida se nos vuelve un poquito mejor.” —CW
Una de las cosas que implica ser feliz es dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos, especialmente aceptando que los antónimos de la felicidad son la desgracia, la infelicidad, la tristeza, la desdicha o el infortunio. La felicidad va acompañada de la experiencia del duelo, de la desilusión, de lo que ya no fue, de lo que no podrá ser, y en todo eso se busca la felicidad, en especial en el amor. Emil Cioran escribió:
“Uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como un nihilista, y sin embargo caer enamorado como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión, que la vida real no cesa de burlar, hace que la vida tenga cierto encanto, indiscutible, irresistible. Uno sufre, uno se ríe de sus sufrimientos, uno hace lo que quiere, pero esta contradicción fundamental es quizá finalmente lo que hace que la vida valga aún la pena de ser vivida…”.
Por otra parte, está la situación humana de pensar la felicidad como un deber y la responsabilidad con la felicidad del otro, de los demás. Jorge Luis Borges, en una entrevista, declaró:
“Yo pensé que uno tiene el deber de ser feliz, no por uno sino por las personas que lo quieren a uno. Uno debe ser o simular ser feliz para no apenar a quienes lo quieren. Yo estaba siguiendo un tratamiento para la vista. Mi madre, que estaba muriéndose, había cumplido ya 99 años y tenía terror de llegar a los cien, me decía: ‘Ahora ves un poco mejor’. Y yo, con toda crueldad, con toda pedantería, le dije: ‘No, sigo sin ver’. Nada me hubiera costado mentirle, decirle: ‘Sí, estoy viendo un poco más, ahora percibo tal color…’. ¿Por qué no lo hice? Es imposible que haya obrado de un modo tan terrible, pero me acuerdo de haberlo hecho delante de todos ustedes. Entonces pensé: claro, he cometido el peor de los pecados, no ser feliz.” “No por uno; si hay otros que lo quieren a uno, uno tiene por lo menos que fingir, simular la felicidad.”
La confesión de este genio de la literatura universal me lleva a pensar en la importancia de escuchar y entender al otro, de poder acompañar como parte de ese proceso humano de vivir con consciencia de sí, y de llegar a experimentar la felicidad. Dar sentido desde la presencia del otro a la existencia personal implica integrar y comprender nuestros actos, nuestra conducta y las formas en que nos relacionamos con los demás, con el conocimiento y con el autoconocimiento en las diversas esferas de la vida social.
“Necesitamos aprender a escuchar. Más allá del sentido, más allá del ego, más allá de escuchar para dar un consejo, para proponer una ‘solución’ o para sentir que ‘ayudamos’. Escuchar no es cargar con el peso del otro, ni tratar de modificar su ruta personal de aprendizaje, menos aún empujarle a ver desde nuestro ángulo. Escuchar realmente significa saber brindar una compañía libre de juicios, saber estar sin intervenir en el proceso del otro; es no reaccionar a las emociones en las palabras que se dicen, es llegar a entenderlas sin absorberlas. Escuchar es un lenguaje donde abrazamos sin tocar cuerpos, pero cobijamos el alma.” —Stephanie Quezada
Aun con toda la racionalidad:
“¡Qué cosa tan extraña es la felicidad! Nadie sabe por dónde ni cómo ni cuándo llega, y llega por caminos invisibles, a veces cuando ya no se le aguarda.” —Henrik Johan Ibsen
Isabel Allende, escritora chilena, escribió:
“Me di cuenta en algún momento de que uno viene al mundo a perderlo todo. Mientras más uno vive, más pierde. Vas perdiendo a tus padres primero, a gente a tu alrededor, tus mascotas, los lugares y tus propias facultades también. No se puede vivir con temor, porque te hace imaginar lo que todavía no ha pasado y sufres el doble. Hay que relajarse un poco, tratar de gozar lo que tenemos y vivir en el presente.”
Y esa necesidad de entender que siempre estamos perdiendo algo, incluida la misma felicidad, Alessandro Baricco mencionó:
“Cuando esperas o recuerdas, me dijo, no estás triste ni feliz. Pareces triste, pero se trata únicamente de que estás esperando o recordando. No está triste la gente que espera, ni tampoco la que recuerda. Simplemente, está lejos.”
También es cierto que vivimos en una época en la que se están reconfigurando las relaciones humanas, especialmente en torno al amor y lo que se deposita en él como fuente de felicidad. Mario Vargas Llosa escribió:
“El secreto de la felicidad o, por lo menos, de la tranquilidad, es saber separar el sexo del amor. Y, si es posible, eliminar el amor romántico de tu vida, que es el que hace sufrir… Así se vive más tranquilo y se goza más, te lo aseguro.”
En estas variaciones sobre la felicidad, una vertiente es poder vivir en la realidad y tomar una acción consciente respecto a la construcción social de nuestro pensamiento:
“Para aspirar a la verdad, uno debe despojarse de todo en un sentido muy profundo. Uno debe despojarse de pensamientos, prejuicios, ideas preconcebidas y egoísmo. Solo cuando uno se desnuda interiormente lo suficiente puede ser receptivo y comprender la realidad.” —Søren Kierkegaard
En este momento, donde a veces la desesperanza crece, tenemos que hacer comunidad y arriesgarnos a compartir lo que somos desde la felicidad compartida. Jayita Bhattacharjee dijo:
“Antes de que el sol se ponga, antes de que la flor pierda su frescura, antes de que los sueños mueran en la oscuridad, comparte la canción de tu corazón con el mundo.”
Más allá del juego de palabras en la búsqueda de la felicidad y de entender que siempre estamos en falta, dentro del proceso de pérdidas que todas y todos experimentamos, la poeta María Luisa Bombal nos regaló este texto como parte de las exploraciones para nombrar y describir qué es la felicidad o cómo llegamos a encontrarla, entre todo y pese a todo:
Puede que la verdadera felicidad
esté en la convicción
de que se ha perdido
irremediablemente la felicidad.
Entonces empezamos
a movernos por la vida
sin esperanzas ni miedos,
capaces de gozar por fin
todos los pequeños goces,
que son los más perdurables.



