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Soledad inventada

“Todos tenemos un secreto encerrado bajo llave en el ático del alma.” Carlos Ruiz Zafón
“Nunca dudes de que miles de manos invisibles te ayudan en todo momento. El amor está en todas partes, aunque no lo veas. El cariño más tierno llegará cuando menos lo esperes, y de alguien cuyo nombre quizás nunca conozcas.” Elizabeth Gilbert
“De todos nuestros juegos, el amor es el único que amenaza trastornar el alma, y el único donde el jugador se abandona por fuerza al delirio del cuerpo.” Marguerite Yourcenar
“Si usted quiere saber dónde está su corazón, mire donde va su mente cuando pasea.” Walt Whitman
“Que las estrellas se lleven tu tristeza, que las flores llenen tu corazón de belleza, que la esperanza seque para siempre tus lágrimas, y, sobre todo, que el silencio te fortalezca.” Jefe Dan George
“Que nada nos limite, que nada nos defina, que nada nos sometan. Que la libertad sea nuestra propia sustancia, ya que vivir es ser libre.” Simone de Beauvoir
“Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad. Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño.” Mario Benedett
“Un dolor así, dolor del alma, no se quita con remedios, terapia o vacaciones; un dolor así se sufre, simplemente, a fondo, sin atenuantes, como debe ser” Isabel Allende
“La ausencia era eso. Un lugar que uno conoce y recuerda de memoria, como si fuera una foto, donde uno falta.” Ricardo Piglia
“Para ser feliz, debes eliminar dos cosas: el miedo a un futuro adverso y el recuerdo de un pasado doloroso.” Séneca
“Siempre llega un momento en que uno debe elegir entre la contemplación y la acción. Esto se llama convertirse en un ser humano.” Albert Camus

“Yo amo lo que fue

Todo lo que ya no es

El dolor que ya no me duele,

la antigua y errónea fe

el ayer que dolor dejó

el que dejó alegría

sólo porque fue, y voló.

Y hoy es ya otro día.”

Fernando Pessoa

Nunca la vida deja de sorprendernos. La mirada y la interpretación de la existencia poseen innumerables perspectivas y matices. La forma en que recordamos haber vivido tal o cual circunstancia es, en sí misma, un desafío a la realidad y a aquello que podríamos llamar verdad. Cada quien va narrando y narrándose desde todo lo que es y también desde aquello que no llegó a ser. La tentación de la inocencia nos persigue y, muchas veces, nos justifica. Escuchar otras versiones de los sucesos puede volvernos más empáticos o, por el contrario, radicalizarnos en la manera en que sostenemos nuestra verdad, esa que cada uno valida como puede: con lo que es, con lo que tiene, con lo que dice creer, sin arriesgarse a pensar aquello que sostiene la propia creencia.

Con los años, como señaló Fiódor Dostoievski: “Nuestro problema, amigo mío, es que cuanto más madura nuestra mente, más preferimos el aislamiento y la soledad”. En ese sentido, la forma en que nos vamos viviendo implica una apuesta por crear cada vez menos interacciones sociales, por buscar la serenidad de una tarde, la tranquilidad del espíritu y el diálogo interior que no se permite concesiones. Es ahí donde uno se revela como ser humano, con todas sus imperfecciones, carencias, miserias, rencores y odios, pero también donde reconoce, no sin dificultad, los aciertos, virtudes, cualidades y capacidades que han sido puestas a prueba a lo largo de la vida.

Nada nos llevaremos. En la cuenta final del debe y el haber, lo ideal es que el saldo sea haber vivido, e ir aceptando que la vida no es ni puede ser todo lo que deseamos. El deseo se enfrenta constantemente a la realidad humana: no todo se logra, no todo se puede, no todo se concreta. Y ello no resta mérito a soñar, idealizar o imaginar mundos posibles, ni a querer sentir la vida en la piel y en nuestro interior. Porque, como dijo Joël Dicker: “Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.”

Nada está prescrito y nada posee un destino predeterminado; sin embargo, nos atamos a las creencias de un deber ser que se impone desde la cultura, la familia y las instituciones sociales. El reto de ser uno mismo siempre es contracorriente. Implica tomar decisiones y asumir la responsabilidad de sus consecuencias. Se trata de ser desde el hacer. Se trata de ir decantando, en el crisol de los deseos, aquello que nos hace profundamente humanos precisamente por imperfectos.

Albert Camus ofrece un buen ejemplo de ello: “Qué sensación tan buena y tan profunda esta de ir, poco a poco, desprendiéndose de todo y de todos los que nada merecen.”

En el fondo, la singularidad de ser uno mismo se pierde en la masa, esa que se presenta homogénea y se vive como si todo fuera igual para todos en significado, importancia y sentido. La realidad es muy distinta: cada vida es irrepetible y única. Si existe un compromiso con la conciencia de ese ser que vamos siendo, es precisamente el de reconocer que nuestra diferencia nos iguala en la diversidad humana. En ello radica una de nuestras características esenciales: la voluntad. Una voluntad que muchas veces permanece sometida por el miedo, el temor, la pena, la desconfianza o la inseguridad; pero también una voluntad que nos implica en el esfuerzo y en la aventura de vivir, hecha de persistencia, tenacidad, paciencia, compromiso, disciplina, conocimiento, incertidumbre y valentía. Es, como afirma Elena Poe, “el arte de no encajar en el mundo y no temblar de soledad”. Y, en clave poética, Luis Cernuda lo expresa así: “Escucha el agua, escucha la lluvia, escucha la tormenta; esa es tu vida: líquido lamento fluyendo entre sombras iguales.”

Es en la soledad inventada donde podemos sentir la vida realizada al contar nuestra propia historia y el sentido que le damos, incluso desde lo absurda e injusta que puede parecer en retrospectiva. Es entonces cuando apreciamos lo transitado, no sin sufrimiento y dolor, pero también con satisfacción y placer. Fernando Pessoa nos ofrece una perspectiva profundamente humana al afirmar: “El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.”

Y es que, como escribió Alessia S. Lorenzi: “A medida que avanzamos por la vida, siempre nos llevamos fragmentos de lugares, sonidos, colores y emociones, y dejamos atrás pequeñas partes de nosotros mismos: vestigios de un tránsito que no deja inalterados ni a esos lugares ni a nosotros mismos.”

Pero también, en esa soledad inventada, tengo que reconocer que “yo también he sentido la inclinación a obligarme, casi de una manera demoníaca, a ser más fuerte de lo que en realidad soy”, como aceptó Søren Kierkegaard. Y saberme frágil, pero flexible, me ha permitido no romperme, aun a costa, a veces, de la salud y de la tranquilidad. La angustia y el desasosiego han hecho de las suyas en mí, y hoy, desde esta soledad inventada, me permito aceptarlo.

También yo, como Guy de Maupassant, reconozco en esta soledad inventada que: “No es que me niegue a tratar con la gente, a conversar o a cenar con amigos; pero cuando llevan mucho rato cerca de mí, aunque sean mis más cercanos familiares, me cansan, me fatigan, me enervan, y experimento un anhelo cada vez mayor, más agobiante, de que se marchen, o de marcharme yo, de estar solo.”

Uno va eligiendo lo que desea ser y hacer desde la perspectiva que otorgan la experiencia y la vida vivida. Es cierto que nada es permanente; el para siempre es una metáfora que dura estrictamente lo necesario. Sin caer en un estoicismo simplista, las palabras de Albert Camus encuentran un lugar pertinente en esta reflexión: “Créeme, no existen grandes dolores, ni grandes arrepentimientos, ni grandes recuerdos; todo se olvida, incluso los grandes amores. Lo que hay de triste y de conmovedor a la vez en la vida es que no hay nada sobre lo cual se pueda asentar uno, ni sobre el pasado, ni sobre el futuro, ni sobre uno mismo, ni sobre los demás. Se puede ser feliz con una vida cualquiera, siempre que se acepte que nada es definitivo.”

Y porque, en la soledad inventada, como nos señala Alessandro Baricco: “Cuando esperas o recuerdas, no estás triste ni feliz. Pareces triste, pero se trata únicamente de que estás esperando o recordando. No está triste la gente que espera, ni tampoco la que recuerda. Simplemente, está lejos.”

Y, además, es cierto que en esta soledad creada podemos reconocernos en las palabras de Virginia Woolf: “Siento tan intensamente las delicias de encerrarse en un pequeño mundo propio, con imágenes y música y todo lo bello… La belleza del mundo tiene dos aristas, una de risa y otra de angustia, capaz de cortar el corazón en pedazos.”

Desde la soledad inventada, Marguerite Yourcenar escribe: “Sólo el silencio tiene palabras que pueden decirse junto a ti sin herirte. Ante lo irremediable, sólo podemos sonreír; llueven sobre tu cuerpo las lágrimas de las corolas.”

La soledad inventada no es una renuncia al mundo ni una forma de aislamiento absoluto; es, más bien, un espacio de reconciliación con uno mismo. Es el territorio donde las máscaras pierden sentido, donde las certezas se vuelven preguntas y donde aprendemos a convivir con nuestras contradicciones. Ahí descubrimos que vivir no consiste en alcanzar una versión ideal de nosotros mismos, sino en aceptar con dignidad la complejidad de quienes somos y de quienes hemos sido.

Quizá, al final, la verdadera tarea de la existencia no sea encontrar respuestas definitivas, sino aprender a habitar las preguntas con honestidad. Desde esa soledad elegida e inventada, podemos comprender que la vida no se mide por la perfección de nuestros logros, sino por la profundidad de nuestra experiencia humana. Y entonces, al mirar hacia atrás, tal vez podamos decir que, entre los errores y los aciertos, entre las pérdidas y los encuentros, fuimos capaces de vivir con conciencia, de amar con autenticidad y de permanecer fieles a nosotros mismos, pese a todo y a pesar de todo.