Quiero hablarles de algo que todos estamos sintiendo, el calor excesivo. No es solamente una incomodidad. El calor extremo se ha convertido en un tema de salud pública que puede poner en riesgo la vida, especialmente de niñas y niños, personas adultas mayores, trabajadores al aire libre, personas con enfermedades crónicas y las mascotas.
Nuestro cuerpo tiene límites cuando la temperatura es demasiado alta y no logramos hidratarnos o refrescarnos adecuadamente, pueden aparecer agotamiento, deshidratación, golpes de calor y complicaciones cardiovasculares o respiratorias. Por eso la prevención salva vidas. La primera recomendación es muy sencilla, pero fundamental.
Tomar agua constantemente, aunque no tengamos sed. La sed aparece cuando el cuerpo ya empezó a deshidratarse. Debemos evitar bebidas con exceso de azúcar, alcohol o demasiada cafeína porque favorecen la pérdida de líquidos.
Segundo, evitar la exposición directa al sol entre las 11 de la mañana y las 4 de la tarde, que es cuando la radiación y la temperatura alcanzan sus niveles más altos. Si es necesario salir, debemos usar sombrero o gorra, ropa clara, ligera y protector solar. Cero, cuidar especialmente a los grupos más vulnerables.
Un adulto mayor puede deshidratarse rápidamente sin darse cuenta. Un niño puede sufrir un golpe de calor en pocos minutos y nunca, nunca debemos dejar personas o mascotas dentro de vehículos cerrados, aunque sea por poco tiempo. La temperatura dentro de un automóvil puede aumentar peligrosamente en cuestión de minutos.
También es muy importante reconocer las señales de alarma, dolor de cabeza intenso, mareo, debilidad, sudoración excesiva o ausencia de sudor, piel muy caliente, náusea, confusión o pérdida del conocimiento. Ante estos síntomas debemos buscar atención médica inmediata. Nuestras casas o espacios de trabajo podemos ayudar manteniendo ventilados los espacios, cerrando cortinas durante las horas de más calor y procurando ambientes frescos para dormir y descansar.
Como sociedad también debemos actuar con solidaridad. Revisemos cómo están nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros vecinos, las personas que trabajan al aire libre y quienes tienen menos acceso al agua y espacios frescos. Una llamada, un vaso de agua o un gesto de ayuda pueden hacer una gran diferencia.
El calor extremo nos recuerda algo muy importante. La salud pública no depende solamente de hospitales y medicamentos, depende también de la prevención, de la información y del cuidado colectivo. Hemos aprendido que actuar a tiempo salva vidas.
Hoy debemos aplicar esa misma conciencia para protegernos frente a las altas temperaturas. Darnos del calor no es una exageración, es responsabilidad y es prevención y es cuidar la vida.



