“Y lo bonito de esta vida es coser sueños, bordar historias y poder desatar los nudos de nuestros días.” Rosa Nieto
“Si no sabes lo que deseas, te conviertes en territorio de deseos ajenos.” Marcela Lagarde
“Quizá la existencia de una respuesta depende solamente de que se haga la pregunta adecuada.” Arturo Ortega Blake
“Tengo el derecho a romperme las veces que sean necesarias con tal de que alguna de mis piezas encuentre su lugar.” Elena Poe
“No podemos elegir los tiempos que nos toca vivir, lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado.” J.R.R. Tolkien
“La mitad del mal que se hace en este mundo está hecho por gente que quiere pensar bien de sí misma. No es que quieren dañar, es que no les importa.” Thomas Stearns Eliot
“Me siento en un momento crucial de mi vida no por lo que he conseguido, sino por lo que he perdido y por lo incierto de mi futuro.” Albert Camus
“La pasión por lo que haces te hará entender que los límites son mentiras.” Louis Renault
“Todos, más o menos, llevamos esta doble existencia: la legendaria en la mente de los demás y la auténtica en el secreto de nuestra viviente soledad.” José Ortega y Gasset
“El tiempo es una de las pocas cosas importantes que nos quedan.” Salvador Dalí
“Los retazos de una vida son tan complejos como la imagen de una galaxia.” Marguerite Yourcenar
“Deja que el tiempo se detenga, que el momento continúe.” Damien Sáez
“Nunca muere nada que haya pasado por el corazón.” Piogia
“Cuando pienso en todos los libros que me quedan por leer, tengo la certeza de que aún seré feliz.” Renard
“La única patria que tiene el hombre es su infancia.” Rainer María Rilke
“Nada hay en el mundo, ni hombre ni diablo ni cosa alguna, que sea para mí tan sospechosa como el amor, pues este penetra en el alma más que cualquier otra cosa. Nada hay que ocupe y ate más el corazón que el amor.” Umberto Eco
“El mundo está lleno de cosas mágicas que esperan pacientemente que nuestros sentidos se agudicen.” B. Yeats
La realidad es una construcción social. Somos creadores de nuestra propia realidad, y esa es la clave de nuestra libertad, que a su vez implica asumir la responsabilidad —responder con habilidad— para dar sentido a los actos y construir una interpretación subjetiva de nuestra vida, buscando congruencia entre lo que se dice, lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace.
Edvard Munch reflexionó:
“El área que divide el cerebro y el alma se ve afectada en muchos sentidos por la experiencia. Hay quienes pierden la mente por completo y pasan a ser alma: locos. Hay quienes pierden el alma por completo y pasan a ser mente: intelectuales. Hay quienes pierden ambos y pasan a ser: aceptados.”
Y vaya que la demanda social, impuesta como control y adoctrinamiento, se traduce en docilidad, en la necesidad de ser aceptados y validados por el grupo social, la familia y los destacamentos socioculturales en los que se conforma y define la identidad personal y colectiva.
Existe, al menos como ilusión, la idea de que todos debemos ser originales. Cuesta trabajo aceptar que somos únicos e irrepetibles y, al mismo tiempo, tener consciencia de los procesos que nos sobre determinan: la cultura, la estructura social, las prácticas sociales y el lenguaje. Y ahí, en esa dimensión social de clase y grupo, está la posibilidad de crear, de romper moldes, de salirse de las inercias y modas, cuestionando lo que se establece y se naturaliza como “lo normal”.
Carmen Laforet escribió:
“Me gustan las gentes que ven la vida con ojos distintos que los demás, que consideran las cosas de otro modo que la mayoría. Me gusta la gente con ese átomo de locura que hace que la existencia no sea monótona, aunque sean personas desgraciadas y estén siempre en las nubes como tú.”
Hay algo en el espíritu humano que nos permite, en ciertos momentos de la vida, convertir la insatisfacción en motor: una forma de buscar cambiar la realidad y encontrar otras vías de realización personal. Son muy pocas las personas que pueden asumir conscientemente el ser diferentes, aspirar a otras cosas y buscar ser felices con todo lo que ello implica o pueda significar para cada quien. Rosa Montero escribió:
“La insatisfacción de los humanos, ese querer siempre algo más, algo mejor, algo distinto, es el origen de innumerables desdichas. Además, la felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una casi nada que lo es todo.”
Valorar el esfuerzo, encontrar en el desafío de conocerse y confrontar la realidad y sus formas de dominación —que crean en gran medida la injusticia social y todas las formas de exclusión que restan dignidad y derechos a las personas— es fundamental.
Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura, dijo:
“Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros.”
Al mismo tiempo, es menester entender que la experiencia humana, aceptada como aprendizaje, nos enseña que la complejidad nos caracteriza. También nos ofrece la posibilidad de encontrar aquello que nos apasiona, integrar y asumir valores y principios con los cuales hacer de la vida una verdadera aventura, valorando el compromiso con los deseos y sueños que vamos construyendo.
César Sánchez Manríquez afirma:
“Si das todo de ti, aunque pierdas, ganas. Si te enamoras sufriendo, aun sin ser correspondido, ganas; si experimentas intensamente, aunque un día mueras, habrás vivido. No se trata de la recompensa, sino de la manera de intentarlo. Ese es el verdadero éxito: reservarnos celosamente el máximo esfuerzo para orgullo propio. ¿De qué le sirve al talentoso ganar lo que no le cuesta, sino que le fue dado? Pero vaya virtud se guarda el perseverante que se esfuerza el triple, a pesar de su fracaso. Porque la vida no se trata de los qué, sino de los cómo. Hay victorias muy baratas… y derrotas que se cotizan muy caras.”
En un sentido, esta es una propuesta contracultural urgente ante una sociedad de mercado que impulsa la inmediatez, que quiere todo fácil, sin esfuerzo, que compra todo digerido. Veamos lo que se ofrece ahora con la Inteligencia Artificial en sus versiones más utilitarias y pragmáticas: implica no querer pensar, no leer, no investigar, no realizar procesos cognitivos complejos, no construir razonamientos que fundamenten argumentos desde un pensamiento crítico, como un verdadero ejercicio de libertad.
Esta normalización que la cultura dominante impone desde la ideología consiste en aceptar la realidad social, económica y cultural como repetición: una aceptación acrítica de ritos, mitos y creencias que sustentan costumbres. Oriana Fallaci dice:
“La costumbre es la más infame de las enfermedades, porque nos hace aceptar cualquier desgracia, cualquier dolor, cualquier muerte. Por costumbre se vive junto a personas odiosas, se aprende a llevar las cadenas, a sufrir; se resigna uno al dolor, la soledad, a todo. La costumbre es el más despiadado de los venenos porque penetra en nosotros lenta y silenciosamente, y crece poco a poco nutriéndose de nuestra inconsciencia. Cuando descubrimos que la tenemos encima, cada uno de nuestros gestos se ha condicionado y ya no existe medicina que pueda curarnos.”
Y, sin embargo, yo al menos me ubico como un idealista, incluso como un romántico, al pensar que los seres humanos estamos invitados a ser libres y a tomar consciencia de lo que somos y vamos siendo junto con otros. Como escribió Elvira Sastre:
“Siempre he agradecido a esas personas que saben leer a los demás escuchando su silenciosa súplica de ayuda y se precipitan con el único objetivo de ayudar. Esas personas, que yo llamo lectores de almas, son a los que necesitas aferrarte.”
Me aferro a la idea de creer que podemos tener un mundo mejor para todos y todas:
“Esperanza: pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Semilla que lanza al aire la sedienta planta en su último estertor, antes de sucumbir a la sequía. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta. Deseo de vivir, aunque la muerte exista”, como lo expresó Rosa Montero.
Reivindico para mí lo que Rainer María Rilke escribió para dar valor a la palabra, sea dicha, escrita o hecha música, pintura, escultura, fotografía, cine, danza —muchas de las formas del lenguaje humano—:
“Bienaventurados aquellos que entienden que, detrás de cada palabra, de cada silencio, habita lo inexpresable, aquello que las palabras no alcanzan a contener. Porque sólo ellos podrán escuchar lo que el alma susurra cuando el lenguaje se queda corto.”
Hoy, las posibilidades de enfrentar los cambios, de asumir la gran tarea de ser inconformes, de aceptar que la insatisfacción —eso que nos falta, eso que sabemos que merecemos como personas y como sociedad— nos impulsa, son esenciales. Habrá que aceptar que muchas veces el miedo nos vence y nos paraliza, y habrá que asumir nuestra existencia con la valentía y consciencia de pensar que podemos ser parte de algo inmensamente humano: trabajar por un mundo más justo y libre.
Khalil Gibrán escribió:
“Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo. Mira para atrás todo el camino recorrido, las cumbres, las montañas, el largo y sinuoso camino abierto a través de selvas y poblados, y ve frente a sí un océano tan grande, que entrar en él solo puede significar desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver. Nadie puede volver. Volver atrás es imposible en la existencia. El río necesita aceptar su naturaleza y entrar en el océano. Solamente entrando en el océano se diluirá el miedo, porque solo entonces sabrá el río que no se trata de desaparecer en el océano, sino de convertirse en el océano.”
Aquí está la incitación: hacer que la existencia sea para reivindicar la libertad con todas sus implicaciones y consecuencias para construir y crear un mundo mejor.







