“No sé cuál será su destino, pero una cosa sí sé: los únicos entre ustedes que serán realmente felices son aquellos que han buscado y encontrado cómo servir.” Albert Schweitzer
“Nos reímos y nos tocamos. Te prometo amor. El tiempo no se llevará eso.” Anne Sexton
“Tienes que aprender a levantarte de la mesa cuando ya no se sirve amor.” Nina Simone
“Leemos libros para descubrir quiénes somos. Lo que otras personas, reales o imaginarias, hacen, piensan y sienten, es una guía esencial para nuestra comprensión de lo que somos y podemos llegar a ser.” Úrsula K. Le Guin
Que cada uno de tus actos, palabras y pensamientos sean los de un hombre que, acaso en ese instante, haya de abandonar la vida.” Marco Aurelio
“Qué ganas de que llegue el día menos pensado.” Ana Figueroa
“Si un día despertara sin palabras, moriría de hambre o de tristeza. No tengo nada más: la inútil vocación de pensar y explicar lo que he pensado.” Rocío Acebal Doval
“Mi corazón. Está de mudanzas. Hacia la “reciprocidad.” Es un lugar más tranquilo. Con pocos habitantes.” Zack Magiezi
“Está todo ahí, delante de los ojos, el amor, las cosas preciosas, las respuestas están ahí, delante de nuestros ojos.” Roberto Emanuelli
“La serpiente que no cambia su piel, muere. Así las mentes que no cambian sus opiniones: dejan de ser mente.” Friedrich Nietzsche
“Dentro de un abrazo puedes hacer de todo: Sonreír y llorar, renacer y morir. O quedarte quieto y temblar adentro, como si fuera el último.” Charles Bukowski
“El secreto de la felicidad es simple: averigua qué es lo que te gusta hacer y dirige todas tus energías en esa dirección.” Robin S. Sharma
“El arte, muchachos, está en ser uno mismo hasta la médula.” Paul Verlaine
Habrá que ir aceptando que la vida se mueve pese a nosotros. Somos un accidente en todos los sentidos: biológico, cósmico y cultural. Y en esa esfera propia de lo que nos hace humanos están la inteligencia, el lenguaje, la conciencia de nosotros mismos y la capacidad adaptativa que surge de la construcción social de las emociones, los afectos y los sentimientos. Dentro de ese caldo de cultivo de lo humano, ser una especie sensible no es un defecto; ser cruel, sí.
La memoria es parte de esa sensibilidad y de la posibilidad de entender e integrar la historia de la civilización, condensada en la mirada social y personal. Nos permite ver —solo si queremos— los errores y los horrores que hemos cometido como sociedad contra nosotros mismos.
La velocidad de esta época y la inmediatez, en las que no se permite la reflexión ni el desarrollo del pensamiento crítico, van haciendo que el tiempo adquiera formas muy particulares de ser percibido y vivido. Sin duda, una de ellas es que el tiempo siempre acerca todo a la implacable hoguera del olvido: un olvido que todo devora y todo lo quema, particularmente cuando es voluntario, cuando es resistencia, cuando es negación, cuando es omisión y, sobre todo, cuando es complicidad.
El desdén va desde la más bella de las promesas hasta los sueños más dorados como anhelo y compromiso, y aun ahí el olvido hace de las suyas, si es que le damos la oportunidad.
Bruce Coville escribió:
“Nada de lo que amas se pierde. En realidad, no. Las cosas, las personas, siempre se van, tarde o temprano. No puedes retenerlas, como tampoco puedes retener la luz de la luna. Pero si te han tocado, si están dentro de ti, entonces siguen siendo tuyos. Lo único que realmente tienes es lo que guardas en tu corazón”. Y yo simplemente me niego a olvidar y a olvidarte.”
Creo que tenemos que aprender a perdonarnos por no saber antes lo que solo el tiempo podía enseñar. En el juego de la vida, la gratitud es poder guardar en la memoria aquello que nos hace únicos a través de la experiencia.
Creo también, como Bertrand Russell, que: “Al contrario del esquema habitual, me he hecho gradualmente más rebelde a medida que envejezco”.
Tal vez porque me niego a olvidar mi historia, al mismo tiempo que acepto que sigo en construcción; porque el día que sienta que estoy completo, entonces sabré —si es que eso es posible— que estaré muerto.
“En un mundo de ruido, confusión y conflicto, es necesario que haya lugares de silencio, disciplina interior y paz. En esos lugares, el amor puede florecer”, plasmó Thomas Merton. Y poder entender que: “A veces las cosas, los eventos, parecen suceder por casualidad, pero la casualidad nunca es accidental; está ahí esperándote a su manera”, como escribió Alessandro Baricco, es dar paso a la incertidumbre y, con ello, a la curiosidad y a la posibilidad de vivir más allá de la culpa; sí, de vivir haciéndonos responsables de las consecuencias de nuestras decisiones.
“El día que entendamos que, aunque todos merecemos lo mejor, no todos podemos tenerlo; el día en que tomemos conciencia de todo y de quienes tenemos en nuestra vida y a nuestro lado; el día en que valoremos lo que tenemos por encima de lo que quisiéramos poseer, ese día —estoy segura— seremos mucho más felices y también más humildes. Hay quien, y quienes, pueden pensar en la humildad como algo peyorativo, pero en mi opinión la humildad es una virtud que no todos poseen y que nos hace ser mejores seres humanos”, nos señala Fuen Espejo.
En esta posibilidad de dar sentido a la sensibilidad, en donde “la ternura es la forma más modesta de amor. No tiene emblemas o símbolos especiales. Aparece cuando miramos de cerca y con cuidado a otro ser, a algo que no es nuestro ‘yo’, pero donde nos descubrimos a nosotros mismos”, dijo Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura.
Entender, desde lo que somos y vamos siendo, en este estar y ser en el mundo, es comprender que “Nada salió como lo había planeado, y está bien. He aprendido que la vida no sigue un guion perfecto, que siempre habrá giros inesperados, pérdidas y sorpresas. Pero en cada desvío encontré algo valioso: crecimiento, amor, lecciones. Aceptar lo inesperado es parte del viaje, y eso es lo que realmente nos hace avanzar”, como dice el psicólogo Sergio Bonilla Rodríguez; algo que sería lo deseado y lo deseable.
Hago mías las palabras de Carmen Martín Gaite:
“Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos”. Sin olvidarlos.
Y también las palabras de Kahlil Gibran:
“Mantenme alejado de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.
El olvido puede ser como el polvo: “incluso si el polvo se amontona, puede crear una montaña”, reza un proverbio japonés. Y cuando la historia y la memoria se recuperan —porque es inevitable—, la realidad nos vendrá de golpe y estaremos, más que indefensos, sepultados por esa montaña.
Y aun ahí está la oportunidad para la ternura y para que “el amor encuentre su camino, incluso a través de lugares donde ni los lobos se atreverían a entrar”, como enunció Lord Byron.
Esto ocurre en un momento en que, como escribió Eduardo Galeano:
“Los dueños del mundo lo están convirtiendo en un matadero y en un manicomio. Ellos dicen que la condición humana es así. Puede ser. No sé. No me convencen. Si nuestros abuelos más remotos hubieran sido como somos ahora, no hubiéramos durado ni un ratito en el mundo. Ellos sobrevivieron porque supieron compartir la comida y defenderse juntos. No se aniquilaban entre sí. Las hormigas tampoco, y por eso, insignificantes como son, pesan ahora tanto como todos nosotros sumados. No se matan entre ellas. Nosotros sí. Hemos perdido la memoria de la solidaridad”.
Y creo que, en el fondo, como sociedad nos ha ganado el olvido como una forma tramposa de eximirnos de la culpa, pero sobre todo de la responsabilidad de ser con uno mismo y de ser con los demás.
Santiago Kovadloff, filósofo, ensayista y poeta argentino, dijo:
“Morir bien es morir a tiempo. No hay peor infierno que asistir a las exequias del propio deseo, al funeral de nuestras pasiones. La muerte es, por eso, lo que a diario nos acecha: lo que nos esteriliza, lo que encallece la piel. La ausencia de propósito, la apatía, el desapego a los seres. Esa es la muerte que mata y no la que viene después. Por eso, imploremos que la muerte nos sorprenda sedientos todavía, ejerciendo la alegría de crear. Que nos apague cuando aún estamos encendidos.”
Esto es: ser conscientes de nuestra memoria y de nuestra historia. Y, por ahora, solo deseo ser una persona con la capacidad de abrazar cada vez más la realidad, con todo lo que implica y hasta donde me sea posible, sin olvidar a nadie que haya formado —y que forme— parte de mi historia y de mi memoria, sin dar cabida al olvido.




