Hay puertas que una empuja durante años sin conseguir que se abran. Toca, insiste, pregunta, vuelve a tocar. Hasta que un buen día aparece alguien, gira la manija y dice: «Pásale».
¡Qué fácil parecía! Aunque una sabe perfectamente que no lo fue. Lo curioso es que, cuando finalmente estamos del otro lado, no siempre recordamos lo que se siente quedarse afuera. Algunas dejan la puerta abierta; otras la cierran discretamente y hay quienes hasta cambian la cerradura. ¡No vaya a ser que alguien más entre!
Esta semana participé en Guadalajara en el Congreso Nacional de 10 Mil Mujeres por México invitada por la Sede Celaya.
Entre historias, proyectos y experiencias, me encontré pensando: ¿qué sucedería si cada una utilizara lo que sabe y las relaciones que ha construido para facilitarle el camino a otra? ¿Cómo sería nuestra vida? Y justamente eso viví: mujeres compartiendo lo aprendido, sus recetas, sus consejos sin reservas se dieron.
Durante el encuentro se firmó un convenio de colaboración con WEConnect International, organización que vincula empresas propiedad de mujeres con compradores internacionales.
Quienes hemos tenido que conseguir clientes sabemos cuánto puede significar ese acercamiento. Claro que tampoco basta con abrir la puerta. Hay que tener qué ofrecer, cumplir compromisos, competir en calidad y precio. Saber cotizar, administrar, leer un balance. Emprender necesita método y continuidad; los contratos no se consiguen con discursos, por inspiradores que sean. Pero alguien que nos acerque a la mesa donde se toman las decisiones puede hacer una enorme diferencia.
Durante mucho tiempo escuchamos que las mujeres éramos nuestras peores enemigas. Que la envidia, la rivalidad y los celos nos impedían avanzar juntas. Algo de eso habremos visto, aunque tampoco creo que tales defectos sean patrimonio exclusivo de nuestro género. Mas al escuchar a unas compartir con otras me hizo pensar y sentir diferente ¿nos hemos desprendido de esa idea? El tiempo sabio lo dirá.
Mientras ellas hablaban de sus trayectorias, recordé a quienes me enseñaron a ser lo que soy. Pensé en tantas mujeres que han dedicado su vida a enseñar a otras a leer, trabajar, administrar su dinero y defender sus derechos.
Quizá nunca ocuparon un cargo importante ni aparecieron en una fotografía, pero ayudaron a que llegáramos adonde ellas no pudieron.
Son esos pequeños gestos de aliento: una llamada, un consejo, un contacto compartido. Parecen poca cosa hasta que una descubre lo que significaron para quien los recibió y el cambio que en su vida se manifestó.
Reconozco que apoyarnos no significa aplaudirlo todo ni recomendar a alguien por el simple hecho de ser mujer. La capacidad, la honestidad y el compromiso deben contar. La solidaridad que transforma no regala méritos: ayuda a que puedan demostrarse. Me entusiasma imaginar estos encuentros convertidos en negocios, empleos y oportunidades para muchas familias.
Que la experiencia de unas acorte el camino de otras. Porque la esperanza no está solamente en reunir a diez mil mujeres, sino en lo que cada una hace al día siguiente, cuando terminan los abrazos y toca volver a la cotidianidad. ¿A quién llamamos? ¿Qué compromiso cumplimos? ¿O guardamos los contactos hasta que se nos ofrece algo? Mientras escribo, miro cuántas puertas atravesé gracias a otras mujeres y cuántas tuve que animarme a cruzar renunciando al confort. La vida no me alcanzaría para agradecerles a todas, empezando por la abuela, por mamá. Sean hoy estas letras su homenaje. Y también recordatorio por las que vienen caminando, algunas con ese mismo miedo que yo tan bien conozco. A ellas sepan «Si en algo puedo ayudarte, aquí estoy, cuenta conmigo».



