“Todo lo que supe de ti lo aprendí en los libros y a lo que faltaba, yo le puse palabras.” Cristina Peri Rossi
“Sé cómo un diente de león…Un caprichoso vagabundo por los prados de la vida, ¡¡esparciendo sueños con cada brisa…!!” Monika Ajay Kaul
“La belleza no es tu apariencia exterior, sino la sabiduría y el tiempo que dedicas a otras almas que luchan, como tú.” Shannon Alder
“No necesitas el permiso de nadie para ser exactamente como quieras.” Hayley Williams
“Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.” Viktor Frankl
“Las certezas reconfortan, pero solo se aprende dudando.” Carlos Ruiz Zafón
“Por algún motivo, las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde.” Haruki Murakami
“Lo que uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que es a los ojos de otros.” Arthur Schopenhauer
“Imagina leer un libro sin posibilidad de volver atrás. ¿Con cuánta atención lo leerías? Así es la vida.” Anónimo
“La esperanza es ese atisbo de luz en mitad de la adversidad.” Esperanza Mas LLabrés
“Te veo cuando no sabes que miro y cada mirada que robo le añade un día a mi vida.” Sam Shepard
“Veo la belleza en ti, y la oscuridad. Ambos son brillantes.” Christina Strigas
“Quizás esta sea la forma más elevada de amor: un alma que brinda serenidad a otra.” Susan Vreeland
“Cuando llega la oscuridad, las estrellas me recuerdan que la vida continúa siendo hermosa.” Chamalú
“Es más difícil liberarse de los sentimientos que de las ideas: las ideas van y vienen, pero los sentimientos permanecen.” Alberto Moravia
“¿Sabes lo que yo quiero de verdad? Jamás perder la sensibilidad, aunque a veces ella raye un poco el alma. Porque sin ella no podría sentirme a mí misma.” Clarice Lispector
“Hay una historia detrás de cada persona. Hay una razón por la que son lo que son. No es tan solo porque ellos lo quieren. Algo en el pasado los ha hecho así, y algunas veces es imposible cambiarlos.” Sigmund Freud
En el proceso de tomar conciencia de lo que somos como personas, es necesario comprender que somos nosotros quienes percibimos la realidad: aquella externa a nuestra condición humana, biológica y psíquica, y la que está inscrita en la realidad material, contextual, cultural e histórica. Esta incluye, por tanto, el lenguaje y el conjunto de representaciones simbólicas y de sentido que otorgamos a lo real. El antónimo de “real” es “ideal”; de ahí el vaivén en el que se mueve la construcción social de la realidad. Por un lado, buscamos hechos y evidencias; por el otro, habitamos los supuestos y la ilusión, que en conjunto crean un entramado que se entreteje en la subjetividad de nuestras representaciones estructurales y funcionales, tanto individuales como sociales.
Las preguntas sobre el sentido de la vida pocas veces se formulan. La vida cotidiana nos impone una forma pragmática de actuar, de hacer, buscando atender, por una parte, las necesidades básicas de la existencia material y, por otra, asumir una serie de consignas y demandas que la sociedad capitalista de mercado nos presenta: el éxito, el dinero y/o el poder como placebos de la felicidad.
La vida transcurre y el tiempo pasa; la realidad acontece frente a nosotros. Esta dinámica social de una cotidianidad estandarizada, en la que se han normalizado las fallas del mercado y las del Estado, provoca que el no pensar y el actuar con un voluntarismo economicista, acompañado de un optimismo tóxico, vayan cancelando las posibilidades del pensamiento crítico y del sentido común. A ello se suma la renuncia al bien común, en aras de un individualismo narcisista, ególatra y hedonista, que se justifica a sí mismo en una retórica propia de la meritocracia, de la cultura del esfuerzo individual y del éxito sin escrúpulos. En este marco, todo parece permitido mientras se alcance la noción vendida del éxito, aun a costa de la salud, la dignidad y la legalidad, propias y ajenas.
La vida no es un mero transcurrir; no se trata solo de respirar, repetir conductas y reproducir condiciones de vida material, incluyendo la veneración de nuevos ídolos y el consumo cultural de entretenimiento, que con frecuencia niega la posibilidad de cuestionar y transformar la realidad personal y social. La saturación de información y desinformación legitima la anomia y la ataraxia social. Ya nada nos mueve ni nos conmueve. La pasividad y el silencio son hoy expresiones evidentes y contundentes del control social.
Emil Cioran, con un pesimismo radical y lúcido a la vez, escribió:
“La vida es realmente interesante y atractiva porque, por debajo de todo, no tiene sentido. Y, a este respecto, yo doy siempre este ejemplo: uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como un nihilista y, sin embargo, caer enamorado como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión, que la vida real no cesa de burlar, hace que la vida tenga cierto encanto, indiscutible, irresistible. Uno sufre, uno se ríe de sus sufrimientos, uno hace lo que quiere, pero esta contradicción fundamental es quizá, finalmente, lo que hace que la vida valga aún la pena de ser vivida…”
Palabras que nos remiten a la conciencia de hacer que la vida valga la pena ser vivida, y que esa posibilidad de estar en la realidad, con toda su complejidad y desafíos, nos lleve a un mínimo de rebeldía, de coraje, de solidaridad, de sentir las injusticias que vemos como espectadores y de renunciar al condicionamiento social, a la homogeneización cultural. Retomo aquí las palabras de Anaïs Nin:
“No podía vivir en ninguno de los mundos que me ofrecían: el mundo de mis padres, el mundo de la guerra, el mundo de la política ni el mundo de la religión. Tenía que crear un mundo propio, como un clima, un país, una atmósfera en la que pudiera respirar, reinar y recrearme tras ser destruida por la vida.”
Entrar al mundo desde la conciencia es más que un simple reto, porque ser y estar en él de esa forma implica una constante crítica a la realidad y sus manifestaciones, una reflexividad que no permite descanso y un proceso de aprendizaje permanente: de la cultura, de las personas, de sus conductas, de sus respuestas y preguntas, de la narrativa que construyen. Melody Lee lo expresa así:
“Me encanta aprender sobre las personas, su alma, su psique. A veces las observo cuando no son conscientes. Observo, me quedo mirando y veo cosas que no quieren que veas. Soy así de perversa, pero es una perspectiva genial del alma humana.”
Éxito proviene del latín exitus, cuyo significado original es “salida”. Jugando con esa idea, retomo lo que Clarissa Pinkola Estés escribió sobre vivir:
“Las puertas al mundo del yo salvaje son pocas, pero preciosas. Si tienes una cicatriz profunda, eso es una puerta; si tienes una historia muy, muy antigua, eso es una puerta. Si amas el cielo y el agua tanto que casi no puedes soportarlo, eso es una puerta. Si anhelas una vida más profunda, una vida plena, una vida sana, eso es una puerta.”
Vivir no es solo respirar. Implica elegir. Es tomar un lugar en la realidad y, con ello, establecer valores y principios que orienten nuestra acción y nuestro pensamiento. Patricia Ayuste lo expresa en una declaración que hago mía:
“Me quedo con quienes lo ganan todo incluso cuando pierden. Con quienes me enseñan a erguir la cabeza. Con quienes no buscan ganar a toda costa ni salirse siempre con la suya, ni tener siempre razón, ni ser lo que no son. Me quedo con quienes hacen fácil lo más complicado. Con los que reman contra la marea, desenredan nudos y se alejan de los cantos de sirena. Me quedo con aquellos a quienes no hay que rogar. Quienes aparecen en los peores momentos. Quienes ya no están para absurdas guerras. Me quedo con aquellos para los que poco, lo es todo.”
Así, desde la posibilidad de elegir, también se asume el desafío de dar valor y sentido a la vida, en una sociedad que, en su afán de domesticar, altera la confianza personal, siembra dudas y nos hace creer que vivimos para complacer a los demás, atrapados en el delirio de la mirada ajena y los juicios de valor, sobre todo los prejuicios de quienes creen tener la razón o la verdad. Hago mío el decir de Moncho Borrajo:
“Cuando mi estupidez te haga creer que eres sabio. Cuando mi silencio te haga creer que tienes razón. Cuando te rías de mis años vividos y te sientas mejor que yo. Cuando me insultes porque no opino como tú. Cuando tu ideología política me transforme en perseguido. Cuando mi independencia te resulte incómoda e insultante. Cuando mi vida privada te interese más que tu desayuno. Piensa que tengo la suerte de no ser como tú.”
¿Para qué se vive, si no es para ejercer la libertad? Vivir sin miedo debería ser la consigna de estos tiempos, y la consigna democrática del Estado: garantizar que las y los ciudadanos no teman ser ni ejercer su libre albedrío.
Se trata de vivir para hacer, pensar, decir y sentir sin pedir permiso. Para no tener que explicar, para elegir cómo se quiere vivir, con quién caminar y qué se desea —o no— en la vida. Se trata de vivir y ser libre para decidir sin límites ajenos, para sentirse dueño o dueña de sí mismo, de ser persona y de asumir la adultez verdadera. Para no ser cobarde ni tener miedo frente a lo que se siente, ni ante las decisiones que deben tomarse, aunque eso implique quedarse solo o sola. Porque vale más la soledad que esperar a quien no está o no quiere estar.
Se trata de respirar y vivir para ser libre, de disfrutar la vida de la manera que se decida, cuando se quiera y con quien se quiera. Si algo da la vida con la edad, quizá sea esa la mayor ventaja: poder decidir, incluida la oportunidad de tener una muerte digna.
“La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.”
Wislawa Szymborska



