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No morimos todas las mañanas

“No somos el camino de nadie, solo somos una coincidencia.  Unos seremos fugaces, algunos inadvertidos, otros inolvidables, a pesar de habernos ido. Otros, por suerte, seremos todo el tiempo que nos dure un ‘para siempre’.” Frank Cantero
“Y vendrá un tiempo. Vendrá un tiempo en que ya no sabremos dar un nombre a lo que nos una. Su nombre se irá borrando poco a poco de nuestra memoria. Y luego, desaparecerá por completo.” Marguerite Duras
“A veces un momento se convierte tan único que te da un sentimiento… Que nunca habrá otro momento, que le hace tan bien al corazón.” Siva Koga
“Ninguna sociedad ha podido abolir la tristeza humana…” Eugene lonesco
“Y, dentro de nosotros, el silencio del vacío, la arena del reloj deslizándose, invicta, hacia la nada.” Victoria León
“—No lluevas —le dije. Y el cielo me contestó: —yo también le extraño—.” María San Felipe
“En lo profundo del inconsciente humano existe una necesidad generalizada de un universo lógico y con sentido. Pero el universo real siempre está un paso más allá de la lógica.” Frank Herbert
“Se llega a un punto en que no hay nada más que la esperanza y entonces descubrimos que aún lo tenemos todo”. José Saramago
“El cariño no se gasta, aunque se ponga completo en cada gente”. Ángeles Mastretta
“Creo que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Estamos hechos de pequeños fragmentos de sɑbiduríɑ”. Umberto Eco
“Hemos pasado horas enteras en silencio. Sin decirnos una sola palabra, pero sin sentir el vacío entre nosotros. Y a eso llamo yo cariño, ¿comprendes? A esa plenitud tranquila, que sólo siente uno… Entre los suyos.” Alejandro Casona
“Nada de nada; es todo. Así te quiero, nada. ¡Del todo!…Para nada.” Oliverio Girondo
“Me entrego al borde invisible donde el alma se inclina, cierro los ojos y escucho a mis sombras hablar en voz baja. El tiempo se detiene, el universo respira conmigo y comprendo que perder el equilibrio también es un ritual sagrado para recordar quién soy.” Sergio Madrid
“Si pudiéramos mirar al corazón del otro y comprender los desafíos únicos que cada uno enfrenta, creo que nos trataríamos con mucha más amabilidad, amor, paciencia, tolerancia y cariño.” Marvin J. Ashton
“Desde que aprendí a decir que “No”, me han crecido alas.” Paola Melone
“Decirle a alguien que se ha terminado es feo y falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien. ¿Cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti, siempre cuenta.” Amélie Nothomb
“El verdadero propósito de la magia, es la transformación.” Crowley
“Tal vez la forma más alta del amor: es un alma que le da serenidad a otra.” Susan Vreeland

En esto de vivir, la muerte siempre se nos viene encima y, sin embargo, “no morimos todas las mañanas”, como escribió Vinicio Capossela. Una sentencia que nos muestra la vida como absurdo, y que nos recuerda que la existencia solo se vive plenamente cuando se acepta desde lo que somos: con la rebeldía propia del ejercicio de la libertad y, por tanto, de la voluntad, que al final de cuentas es la consciencia de ser uno para y con los demás. Estamos expuestos al mundo y a la mirada del otro, a interpretaciones por demás subjetivas que impactan en la forma en que nos relacionamos, interactuamos y nos vinculamos con los “otros”, con esa otredad que nos define desde la alteridad y la diferencia. De una u otra manera, me doy el honor de ser quien soy, y a otros les otorgo el placer de imaginarme.

La incierta cotidianidad de la vida misma nos coloca en disyuntivas que son verdaderas encrucijadas, en las que tomar decisiones es un desafío que reta al azar y a las probabilidades. Victoria Martínez nos dice:

“A veces la vida se distrae, se queda mirando una nube como si fuera la primera vez que la ve y olvida el rumbo, los horarios y las promesas que nos hizo al oído. Se le enredan los días, confunde los nombres del dolor y la alegría y nos deja en pausa, con el corazón abierto y las manos llenas de preguntas. Es ahí, en esos silencios largos, donde aprendemos a escuchar lo que no se dice, lo que duele despacio, lo que va germinando mientras creemos que no pasa nada. Pero, aunque la vida se distraiga, nunca se olvida de nosotros. Quizás solo se está deteniendo a escribir mejor la historia, a quitarnos lo que pesa y a enseñarnos que también en la espera hay luz aprendiendo a nacer.”

María Zambrano nos recuerda que:

“Se puede morir, permaneciendo vivo. Se muere de muchas maneras: en ciertos dolores sin nombre, en la muerte del prójimo y, sobre todo, en la muerte de quien se ama y en la soledad producida por la ausencia total de posibilidad de comunicarnos, cuando no podemos contarle a nadie nuestra historia. Esto es morir, es muerte a través del juicio de aquellos que deberían escuchar y entrar sin por qué dentro de nuestra vida. Vivir es convivir, y se muere cuando la convivencia se hace imposible porque quien convive interpone y encarama su juicio sobre la persona viva, sobre todo lo que nace solo cuando se comparte.”

Estas reflexiones nos sitúan en el contexto de reconocer que solo somos con las personas que forman parte de nuestra realidad humana, cercana y tangible, más allá de lo que hoy sucede en el ciberespacio. Lo importante es integrar nuestra condición de persona en lo individual —con la singularidad que nos define y nos confronta— y, a la vez, admitir nuestra naturaleza necesariamente social. También aceptar que somos seres incompletos, y que la falibilidad es el camino en el que el ensayo y el error nos conducen a la sublimación del espíritu humano. Patrizia Banno nos dice:

“Todos tenemos nuestras debilidades. Descansan en el alma y se columpian silenciosamente, colgando de nuestro espíritu. Son como huellas invisibles sobre delicadas briznas de hierba o como el aroma de los tilos que nos rodea en un día de mayo. Todos tenemos nuestras debilidades, a menudo escondidas del mundo; son el secreto que llevamos dentro para disfrazarnos con coraje. Todos tenemos nuestras debilidades: son la tinta del miedo y la luz en la que el corazón se hunde para luego pintar, con nuestra belleza personal, la red de nuestra alma.”

Solo desde la aceptación de nuestras contradicciones podemos acceder a la realidad humana de lo que somos y vamos siendo en las diferentes etapas de nuestra existencia. Aceptar la vulnerabilidad es aceptar que no somos perfectos y reconocer la necesaria presencia de los otros, pese a la idea de autosuficiencia individualista que la ideología dominante ha instalado como única posibilidad dentro de la ficción de mercado para alcanzar la felicidad y el éxito económico. Mariam Gancedo escribió, como aprendizaje de vida:

“Lo mejor que hice en la vida fue aceptar las derrotas. Me trajo una paz indestructible. Dejé de luchar en guerras perdidas de antemano. Tiré las armas, recogí las uñas y guardé los dientes. Entendí que quien quiere estar contigo está sin más. Partí en pedazos las excusas y las fui esparciendo por campos del ‘ya no me importan nada’. Rescaté de la oficina de los objetos perdidos mi dignidad, me la puse y me di cuenta de que no tengo menos valor porque no me quieran, simplemente no era la horma de su zapato. No me conformé, solo acepté. Camino nuevamente, no llevo mochila, voy ligera hacia donde la vida me vuelva a llevar.”

Es claro que aceptarnos es parte fundante de nuestra forma de ser y estar en el mundo. Nuestro actuar es un relato que se ha nutrido desde la cultura, con el lenguaje en la construcción social de la que somos parte y que, desde nuestra propia vida, vamos compartiendo con los demás. Oscar Wilde escribió:

“Influir en alguien es darle nuestra propia alma, convertirlo en el eco de una música extraña, en actor de algo que no ha sido escrito por él. Y es que el fin de la vida es el propio desenvolvimiento. Realizar nuestra naturaleza perfectamente, para eso estamos aquí. Las personas se asustan de sí mismas. Han olvidado el más alto de los deberes, el deber para consigo. Son caritativas. Dan de comer al hambriento y visten al pordiosero, pero sus propias almas se mueren de hambre y están desnudas.”

Un recordatorio crítico que apunta a la autenticidad y a evitar la máscara del deber ser. Nos lleva a un plano moral que desafía lo convencional para intentar actuar desde el querer ser: ese querer ser profundo que reconoce a los otros —sus prójimos— como iguales en oportunidades y derechos.

En la paradoja contemporánea, vemos la injusticia, la crueldad, la arbitrariedad y el abuso del poder como situaciones que se naturalizan y se aceptan sin pensar. Como analizó Humberto Maturana: “Hemos perdido la confianza en el mundo, y como perdimos la confianza queremos control, y como queremos control queremos certidumbres, y como queremos certidumbre no reflexionamos.”

Aceptamos la presencia del mal como inevitable y lo banalizamos; le restamos importancia y buscamos, en la negación del dolor y del sufrimiento, la idea de la felicidad. Creamos un capelo protector que nos enceguece y nos aísla de la realidad social y humana, generando una nueva ficción en la cual el dolor y la muerte deben controlarse y negarse a la vez. Una vida llena de analgésicos, de drogas, de adicciones que engañan la mente de las personas y las anclan en la idea de una felicidad comprada. Una felicidad que no admite el dolor, el sufrimiento ni la muerte. El duelo se posterga, el duelo se niega; el duelo y el fracaso se evitan a cualquier precio, incluida la instalación de la falsa idea de la inmortalidad. De ahí la moda de vampiros, zombis y de un Frankenstein inmortal.

Byung-Chul Han, en La sociedad paliativa, nos dice:

“La vida indolora en una felicidad permanente habrá dejado de ser una vida humana. La vida que ahuyenta y proscribe su negatividad se suprime a sí misma. Muerte y dolor van juntos. En el dolor se anticipa la muerte. Quien pretenda erradicar todo dolor tendrá que eliminar también la muerte. Pero una vida sin muerte ni dolor ya no es una vida humana, sino una vida de muertos vivientes. El hombre abjura de sí mismo para sobrevivir. Posiblemente llegue a alcanzar la inmortalidad, pero habrá sido al precio de la vida.”

Sin embargo, habrá que recordar las palabras de César Vallejo:

Y, desgraciadamente,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso (…).

 

Crece la desdicha, hermanos hombres,

más pronto que la máquina, a diez máquinas.

Crece el mal por razones que ignoramos (…).

 

¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,

hay, hermanos, muchísimo que hacer.

No morimos todas las mañanas, y algo tendremos que hacer por tanto cada día para honrar la vida que tenemos, la nuestra y la de los demás, porque se requiere mucho valor y amor para vivir, sabiendo que una mañana estará la muerte como única certeza.