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Morirse

“Tienes que morir unas cuantas veces antes de que realmente puedas vivir.” Charles Bukowski
“Que tiempo tan duro para estar vivo si tienes algo de empatía.” Gaby Castellanos
“Hay miradas que esconden tormentas, silencios que gritan verdades y almas que aprendieron a sobrevivir en la oscuridad.” José Flores
“Hay personas que parecen vivir en silencio porque casi todo lo importante les ocurre por dentro.” Virginia Wolf
“Los más inteligentes son los que nunca dejan de cuestionar lo que creen saber.” Sócrates
“Porque el amor no se compra, no se vende, no se impone, ni puede ser evitado. El amor sucede.” Jorge Amado
“Me pregunto si es realmente posible entender a otra persona. Incluso cuando tratamos de conocer a alguien poniendo el tiempo y toda la buena voluntad posible, ¿hasta qué punto podemos captar su verdadera naturaleza?” Haruki Murakami
“Conocer su alma es aprender su lenguaje, entenderla en silencio es la forma más pura de hacerla feliz.” Luna Lua
“Nos pasamos la mitad de la vida intentando hacer mapas de lugares inexistentes. El resto, con suerte lo pasamos aprendiendo que las personas adecuadas pueden hacer que cualquier dirección nos haga sentir como en casa.” Kaha Mind
“Cuando el mundo tire para abajo, es mejor no estar atado a nada.” Charly García
“Que nada nos quite la sensibilidad ni apague esa delicadeza del alma que nos permite encontrar belleza en las cosas más pequeñas, para seguir sintiendo bonito, incluso cuando la vida nos duela.” Yenny Rojas
“Tienes una responsabilidad dentro de tu comunidad de hacer todo lo que puedas para que la gente pueda vivir con dignidad.” Susan Sarandon
“Ya casi no soy nadie, soy tan solo ese anhelo que se pierde en la tarde. En ti está la delicia, como está la crueldad en las espadas.” Jorge Luis Borges
“Te aseguro que nada es tan caótico como parece. Nada merece que sacrifiques tu salud. Nada merece que te envenenes a base de estrés, ansiedad y miedo.” Steve Maraboli
“La sombra de mi alma huye en un atardecer de letras, niebla de libros y palabras.” Federico García Lorca
“Me pregunto cuál será el sitio para todos aquellos que no queremos ser nada, que no aspiramos a nada, que simplemente nos queremos quitar de en medio de la masa para comenzar a disfrutar de la libertad verdadera. ¿Dónde estará ese sitio?” Charles Bukowski
“No hay extensión más grande que mi herida.” Miguel Hernández

      In memoriam Estela del Carmen Rojas

Nada como la certeza de la muerte, regreso a la nada de donde venimos. La vida es su contraparte; es inicio, camino e incertidumbre, donde se descubre, desde el nacimiento, la condición que nos define como seres humanos. Partimos de la fragilidad propia de una especie que necesita ser recibida por unas manos y por unos seres que nos acojan para poder desarrollar sus atributos y cualidades. Nos definimos desde la otredad del lenguaje, desde la mirada que nos constituye y desde las emociones que nos proporcionan los recursos para sobrevivir. Con las capacidades de la inteligencia podemos pensar; primero sentimos las emociones y luego pensamos, dirá Humberto Maturana.

La existencia se define desde la otredad. La vida gana cada día una batalla a la certeza de la finitud. El azar y la necesidad serán las formas más básicas mediante las cuales vamos construyendo todo aquello que nos configura: identidad, carácter, personalidad, aprendizaje, experiencia, conciencia e individualidad. Todo ello ocurre en un contexto social y económico que, en gran medida, determina las oportunidades para llegar a ser lo que podemos ser. Aunque existe conciencia y voluntad, la mayoría de las veces dependemos de múltiples factores y condiciones. La vida es camino, desafío e incertidumbre en la complejidad. Y lo cierto es que no todos los caminos necesitan un mapa; algunos solo necesitan compañía.

Así, encontramos manos, inteligencias, voces, ideas, sensibilidades, miradas, experiencias, placeres, rostros, afectos, amores, amistades, colegas, cómplices y palabras que nos acompañan. Las bifurcaciones son inéditas. Las disyuntivas no son lineales ni binarias. La vida está hecha de matices y riesgos, de audacias construidas desde la libertad, de acciones, valores y principios que vamos asumiendo desde la conciencia de nosotros mismos y en relación con los demás. Esa otredad nos delimita y nos confronta; nos permite abrir los ojos, despertar la conciencia y construir la confianza para decidir nuestros pasos, nuestro camino y nuestra compañía, incluida la soledad, que también sabe acompañar a quien sabe dialogar en silencio después de haber escuchado a los demás y se atreve a descender al abismo de su propia historia, con sus contradicciones, paradojas y errores, pero también con sus aciertos, logros, compromisos y entregas genuinamente humanas.

La vida es eso que hacemos, y aquello que sucede, para retrasar la certeza de la muerte. Vivir es poner en uso nuestras capacidades, habilidades, cualidades, intuiciones y atributos para dar testimonio de nuestro interés por estar vivos de una manera consciente y coherente. Es hacerlo desde la falta, desde la incompletud, aceptando la imperfección como parte inherente de la condición humana. Almudena Grandes dice:

“El territorio de la cultura es la emoción. Las experiencias artísticas, los libros, las películas, las imágenes, la música… son emociones. Son vidas de más. Una persona que lee libros, que ve películas, que va a conciertos, vive más; no más años, pero sí muchas más experiencias.”

Una de esas experiencias es el amor. Saber que sentimos y amamos es una cualidad profundamente humana. Pensar las emociones es configurar sentimientos, y el amor es uno de los más interesantes, porque nos lleva a conocernos con autenticidad y constituye una forma de dar sentido al tiempo que habitamos antes de morir. En Elogio del amor, Alain Badiou escribió:

“Creo que el amor abarca la experiencia de la posible transición de la pura aleatoriedad del azar a un estado de valor universal. Partiendo de algo que es simplemente un encuentro, una nimiedad, aprendes que puedes experimentar el mundo desde la diferencia y no solo en términos de identidad. E incluso puedes ser puesto a prueba y sufrir en el proceso. En el mundo actual, generalmente se piensa que los individuos solo buscan su propio interés. El amor es un antídoto contra eso. Siempre que no se conciba únicamente como un intercambio de favores mutuos, ni se calcule con mucha antelación como una inversión rentable, el amor es realmente una confianza única depositada en el azar. Nos lleva a áreas clave de la experiencia de lo diferente y, esencialmente, nos lleva a la idea de que puedes experimentar el mundo desde la perspectiva de la diferencia. En este sentido, tiene implicaciones universales: es una experiencia individual de universalidad potencial y, por lo tanto, es central para la filosofía, como Platón fue el primero en intuir.”

Pensar en morirse es también pensar en la felicidad, que precisamente por efímera resulta vital, y en el aquí y el ahora del presente. Eduardo Galeano lo expresa con toda claridad:

“La verdad es que no hay mejor momento para ser felices que ahora. Si no es ahora, ¿cuándo? Tu vida estará siempre llena de retos. Es mejor admitirlo y decidir ser felices de todas formas. Por largo tiempo me parecía que la vida estaba a punto de comenzar. La vida de verdad. Pero siempre había algún obstáculo en el camino, algo que resolver primero, algún asunto sin terminar, tiempo por pasar, una deuda que pagar. Solo entonces la vida comenzaría. Hasta que me di cuenta de que esos obstáculos eran mi vida.”

Con todo ello aparece también la conciencia social, y el hecho de comprender que la felicidad es, asimismo, un compromiso con los demás. José Saramago escribió:

“No me gusta hablar de felicidad, sino de armonía: vivir en armonía con nuestra propia conciencia, con nuestro medio ambiente, con la persona que te gusta, con los amigos. La armonía es compatible con la indignación y la lucha; la felicidad no: la felicidad es egoísta. Como a veces digo: en vez de creer en la felicidad, creo en la armonía con el otro. Pienso que el amor es el encuentro de la armonía con el otro”.

Esta perspectiva me ha ayudado a entender que no hay un camino hacia la felicidad, pero sí un compromiso con caminar, y con hacerlo al lado de otros y de otras. En esa realidad, la muerte permanece inevitable. Y, dentro del ciclo natural de la vida y la muerte, no dejan de doler las ausencias que nos descolocan, que nos entristecen y que nos obligan a valorar la vida compartida. El duelo es el proceso de integrar la certeza de que ya no habrá más espacio ni tiempo para coincidir y para ser con quien se ha ido.

Piedad Bonnett, poeta colombiana que ha escrito con magistral talento sobre la muerte, el dolor, el amor y la salud mental, ha plasmado en estos poemas algo que nos coloca frente a la necesaria experiencia de sentir antes de morir.

Cicatrices

 

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.

 

 

Ofertorio

 

Como un regalo acepto tu silencio,

con todo

lo que contiene su rigor de roca.

Con todas las preguntas que caben en su círculo,

su arañazo, su lágrima y su vientre

de tambor que golpeo

y donde solo el golpe me responde.

 

Como algo que es,

que no puede no ser,

acepto tu silencio.

 

Con todo lo que tiene de respuesta,

de grito figurado, de impotencia,

de palabras cosidas con largos hilos falsos.

 

Porque todo

lo que un hombre quiere soñar cabe en el puño

cerrado del silencio.

 

Te ofrezco a cambio

 todo el silencio que tu oído pide,

 que tu corazón pide,

 y de puntillas

 salgo de ti.

(Yo, que siempre he creído en las palabras.)

 

Pido al dolor que persevere

 

Pido al dolor que persevere.

 Que no se rinda al tiempo, que se incruste

 como una larva eterna en mi costado

 

para que de su mano cada día

con tus ojos intactos resucites,

con tu luz y tu pena resucites

dentro de mí.

 

Para que no te mueras doblemente

pido al dolor que sea mi alimento,

 el aire de mi llama, de la lumbre

 

donde vengas a diario a consolarte

de los fríos paisajes de la muerte.

 

Quizá de eso se trate también morirse: de comprender que la muerte no cancela del todo la presencia de quienes han dejado una huella en nosotros. Permanecen en la memoria, en las conversaciones que todavía evocan su nombre, en los gestos aprendidos, en las enseñanzas recibidas y en el afecto que continúa transformándonos aun cuando ya no puedan acompañarnos físicamente. La muerte interrumpe la posibilidad de nuevos encuentros, pero no logra borrar aquello que fue compartido con autenticidad. Quien ha amado, quien ha cuidado, quien ha entregado algo de sí a los demás, permanece de alguna manera en la trama de las vidas que tocó.

Morirse nos recuerda también la urgencia de vivir. No desde la prisa ni desde la acumulación de éxitos o reconocimientos, sino desde la capacidad de estar presentes, de asumir nuestros vínculos, de ejercer la solidaridad y de construir sentido junto a otros. La conciencia de la finitud puede ser una maestra severa, pero también profundamente humana, porque nos obliga a reconocer que el tiempo es limitado y que, precisamente por ello, cada encuentro, cada palabra, cada acto de amor y cada gesto de generosidad adquieren un valor irrepetible.

Hoy, al recordar a Estela del Carmen Rojas, vuelven las preguntas inevitables sobre la vida y la muerte, sobre el dolor de la ausencia y la gratitud por lo vivido. Tal vez no exista una respuesta definitiva para comprender el misterio de morirse. Sin embargo, mientras seguimos habitando este instante que llamamos vida, podemos honrar a quienes se han ido viviendo con mayor conciencia, con mayor amor y con un compromiso más profundo hacia los demás. Porque, al final, quizá la mejor manera de enfrentar la certeza de la muerte sea dar testimonio, cada día, de las razones que tenemos para seguir viviendo.