Masacres: Que el dolor no nos sea indiferente

Jorge Marcelino Trejo Ortiz
Maestro Jorge Marcelino Trejo Ortiz, presidente del Colegio de Abogados del Estado de Guanajuato

León Guanajuato a 14 de agosto de 2021.-“Que el dolor no me sea indiferente” entonaba con sentimiento Mercedes Sosa en su canción “Solo le pido a Dios”, una de las canciones icónicas del canto nuevo latinoamericano inspiración de León Gieco, palabras que a 30 años de su origen resuenan vigentes y a manera de súplica social de la violencia que vive nuestro Estado.

Nuestra capacidad de sorpresa se ha degradado, estamos tan familiarizados con las escenas de terror que consumimos a diario, al punto que hemos llegado a normalizar el terror de ver cuerpos desmembrados, ejecuciones y ataques armados con los que convivimos en una realidad social que apenas y se reconoce en los saldos de lo que pareciera una cruel guerra.

Basta que llegue la noche a cobijar nuestras calles para autoimponernos un toque de queda y que nuestros barrios y avenidas sean testigos mudos de agresiones, asaltos, violaciones y homicidios, los cuales consumimos al día siguiente con el primer café de la mañana a manera de noticias en el traslado a nuestras fuentes de trabajo, el estupor nos dura en el mejor de los casos algunos minutos mientras que en nuestros adentros tratamos de explicarnos las causas detrás de esta violencia incontrolable y rogamos por poder regresar a casa sanos y salvos al llegar la noche.

Debemos de reconocer que nuestra sociedad se está deshumanizando, el umbral de tolerancia a la sangre, la criminalidad y su violenta fuerza que a diario nos embate ya no nos asusta, ni nos sorprende.

¿En qué momento podemos convivir con el hecho de que 2 mujeres sean ejecutadas en un supermercado al tiempo que un bebe de escasos meses resulta herido?

¿Qué nos pasa?

Viene a mi mente una escena (de las muchas que vemos a diario) en donde varios mirones se reúnen en torno a una esquina de cualquier calle para atestiguar la muerte de una persona ejecutada que como siempre presumimos estuvo involucrada en “malos pasos”, llama mi atención que un niño de escasos 10 años juega y bromea con sus amiguitos mientras la sangre no deja de escurrir en la banqueta, la señora que iba al mercado apenas y rodea la trágica escena, mientras que el trafico provocado hace sonar las bocinas de automovilistas enojados provocados por un sol que comienza a molestar.
Esta escena desgraciadamente no es una excepción y se trata de un rosario de enojos, furia y frustraciones que consumimos de manera inconsciente.

Violencia intrafamiliar, falta de oportunidades, bullyng, desigualdad social, discriminación, hambre, resentimiento, violencia de género, abuso infantil y aporofobia (repugnancia y temor a la pobreza) son el coctel del que se componen las relaciones sociales en nuestra actualidad, legitimado además por una cultura que enaltece al crimen como un camino seguro al éxito personal e individual de los desposeídos, todo esto forma parte de una violencia estructural que se alimenta de manera antropófaga.

Como podemos ver las cosas van más allá de una guerra desatada por el crimen organizado y el narcotráfico, el problema late en cada uno de nosotros, en las muchas violencias que vamos coleccionando y que moldea una consciencia cada vez más ajena e indolente; un individualismo exacerbado en donde mientras yo y lo míos estemos “bien” puedo convivir en una sociedad enferma que nos aísla de a poco de un constructo social.

¿Existirá un punto final?

¿Habrá una masacre, atentado o algún lamentable hecho que nos termine de sacudir y nos obligue a cambiar?

Cuando me enteré de aquella masacre en un anexo de Irapuato que termino con la muerte de 27 personas en un ataque armado, pensé que habíamos tocado fondo, que vendría un profundo cambio social y político a manera de obligada reflexión por la dimensión histórica de este hecho; Sin embargo no fue así, con incredulidad dimos cuenta de que la tolerancia se amplió aún más.

Tampoco fue suficiente la muerte de un niño de 6 años con su padre cuando fueron acribillados en un taller de bicicletas en la floresta en la ciudad de León Guanajuato, una vez más el estupor no fue suficiente para motivar un cambio en nuestra clase gobernante y mucho menos en nuestra dispersa comunidad.

Iguales hechos así de graves se han dado por todo el Estado, como el suscitado en el bar “Las Playas” en Salamanca donde perdieran la vida 15 personas en un solo día, o que decir de aquel velorio a principios de año en la ciudad de Celaya en donde mataron a 9 personas y el asesinato de otras 7 personas en un taller de motos en la ciudad de Salvatierra.

Incluso casi llega a pasar desapercibido para nuestra sociedad el artero crimen del Abogado Javier Barajas Piña que en un acto de humanidad se une a la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas Desaparecidas con la finalidad de encontrar a su hermana y posteriormente justicia por el homicidio de su familiar que se desempeñaba como maestra en una escuela de Irapuato; En estas condiciones buscar justicia fue un acto riesgoso para el activista que encontró la muerte en pleno centro de Salvatierra.
¿Qué hizo nuestra sociedad? lamentarlo en el mejor de los casos y con indiferencia volver a la rutina de la vida mientras que la autoridad hace maromas para contener una violencia que les rebasa y estira los argumentos para justificar su actuar.

El lunes pasado se dio una estampa más de este collage de violencia rampante cuando en la comunidad rural de Santa Ana del Conde en Leòn Guanajuato los asistentes a un partido de futbol fueron testigos de la ejecución de 3 personas, incluso transmitiéndose en vivo en el justo momento en que sucedían los hechos por la redes sociales.

¡No podemos seguir viviendo en este desentendimiento de los problemas públicos hasta que se convierten en personales!

Es indispensable que repensemos nuestro entramado social, necesitamos reeducarnos de fondo y evitar la normalización de la violencia, la misión no es sencilla pero al mismo tiempo que se combate el crimen organizado debe la autoridad plantearse una verdadera formación cívica que eduque sobre todo a los más pequeños que están en formación y que son los que padecen más una ciudad envuelta en la violencia.

Toca a las generaciones más grandes recordar cómo era nuestra ciudad antes de esta escalada de violencia, defender como es que podíamos salir a las calles, recorrer nuestros barrios y plazas sin temor a perder la vida de manera sorpresiva por una bala perdida, aferrarnos a que nuestra comunidad no es lo que hoy vivimos, educar a nuestras familias e hijos en un acto de resistencia basado en el amor y en el deseo de un mejor porvenir.

¡Yo solo le pido a Dios que el dolor no nos sea indiferente!

Una oración para mi Madre y mi Hermana hasta el cielo..7 años de su muerte.