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Los hijos de la intemperie

Velia María Áurea Hontoria Álvarez, columnista Platino News. Arte: Valeria Zacatelco

Papá: hace unos días pensé más en ti. Sentí ese escalofrió sentenciado el viejo augurio del ahora sí nos vamos a derrumbar. Entonces, respiré y, te miré bajar los lentes, levantando suavemente la mirada con esos ojos verde agua.

—Son los tiempos que nos tocaron vivir… ahora nos toca inventar.

Español de origen, y desde el Brasil llegaste a México lleno de ilusiones, decidido a no fallar. Sobre los años setenta, cuando tibias estaban las heridas del 68 reacomodándonos del orgullo de unas Olimpiadas, tu pensabas diferente y en esta hermosa Puerta de Oro del Bajío cuando hablar de acero sonaba a sembrar barcos en un maizal viste futuro donde los demás veían riesgo. Decidiste instalar el primer laminador del Bajío. No compraste una casa —seguimos de renta varios años más— y la charchina azul era nuestra calandria de lujo.

Sin dudarlo, tomaste créditos de avío para traer góndolas de chatarra. De aquella basura hacías solera, que tu jurabas mantequilla. Junto a hombres de labranza, declaraste un nuevo principio de vida. Otros como tú se hacían empresarios empeñando la palabra y vendiendo el automóvil para completar una nómina. Matrimonios que trabajaban juntos, familias enteras atendiendo el negocio desde la limpieza hasta la cobranza; cocheras donde se aprendía a fabricar lo que importar resultaba imposible. Danzaban por las calles enormes portafolios de piel, hombres caminando bajo el sol tocando puertas una por una; sin celulares, sin Google maps, había ingenio, necesidad y ganas.

Tal vez por eso nunca aprendimos a esperar tiempos perfectos. Crecimos entendiendo que los tratados ayudan, los gobiernos facilitan y los mercados entusiasman, pero ninguna empresa se sostiene sobre decretos. Los cimientos siempre los termina poniendo alguien dispuesto a dormir poco, equivocarse mucho en un sempiterno volver a empezar.

Contigo y a los años conocí las devaluaciones cuando los periódicos aun olían a tinta fresca. Pagué tasas de interés como castigo divino. Viví la nacionalización de la banca, colapsos con nombre de semana, pandemias, apagones y carreteras bloqueadas. Y hoy, persisto en una inseguridad que insiste en ponerle precio al trabajo honrado.

No me educaste en algodones crecí en la lluvia y sin filtros solares. Sé arreglar un casete con un lápiz y, si algo se rompe, rendirse no es opción. Sé de insomnios eternos por esa máquina que no funciona o por esa persona que no suma, y entiendo perfectamente aquellos silencios en los que parecías irte a otra galaxia.

Me enseñaste a responder a mis obligaciones: cumplirle al cliente y atender las necesidades de mis colaboradores antes que las mías. Sé librar una batalla en el campo que me pongan.

Te forjaste en la tormenta y quizá por eso las vivo y respiro, pues sé que ningún barco llega a puerto porque el mar se conduela. Arriba porque alguien decidió no soltar el timón o se fue, como tú, con las botas puestas.

Reconozco al enemigo. No son los aranceles ni las firmas. Creo que te hubieras reído y habrías inventado chistes al respecto. Me dirías que el enemigo tiene otro rostro: el de la corrupción que ya parece icónica envuelta en esa fragilidad moderna, tan sofisticada como estéril.

Y sí, el viento afila sus dientes, más no esperaré a que deje de llover para sembrar, hundiré los brazos en el lodo, porque no nos heredaste certezas me diste cátedra para construir presente a la intemperie y porqué sé que no se puede extrañar a quien vive conmigo.

Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Mi visión del mundo se forjó en la cultura del esfuerzo y la adversidad. Hija de emprendedores, la vida me obligó a pasar de la teoría a la práctica desde los 14 años. Tras la partida de mi padre —pionero en instalar el primer laminador del Bajío— asumí responsabilidades dentro de nuestras empresas familiares. Aquella experiencia marcó mi ADN: entendí el trabajo no solo como negocio, sino como un compromiso ético con las personas. Comunicóloga por el Tecnológico de Monterrey y académica fundadora de la Universidad de Celaya, he dedicado casi tres décadas al sector industrial, impulsando una visión empresarial basada en la profesionalización, el trabajo digno y la apertura de espacios para las mujeres dentro de la industria. Desde 1996 escribo editoriales y artículos de opinión sobre sociedad, ética, cultura y desarrollo económico. La escritura se convirtió para mí en otra forma de participación pública: un espacio para cuestionar, reflexionar y defender la idea de que el crecimiento solo tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. Actualmente colaboro en temas de promoción de inversiones y vinculación empresarial, manteniendo siempre la convicción de que desarrollo y responsabilidad social deben caminar juntos.