“Déjame pensar que, entre las estrellas, hay una que guía mi vida a través de la oscuridad de lo desconocido.” Rabindranath Tagore
“Uno no comprende realmente a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista… Hasta que se mete en su piel y camina con ella.” Harper Lee
“Las cicatrices son sitios por donde el alma ha intentado marcharse y ha sido obligada a volver, ha sido encerrada, cosida dentro.” M. Coetzee
“Ahora finalmente entiendo la diferencia entre las personas que me aman, las que aman estar conmigo y las que aman lo que puedo hacer por ellas. ” Lía Risco
“Hay días que me gusta el silencio, para escuchar mejor al corazón.” Fiorella Antonelli
“Duele hasta que cicatriza. Luego, la cicatriz se transforma en un renglón. Y luego, con el paso del tiempo, sobre ese renglón comienzas a escribir de nuevo…” Aryel
“Yo existo. En miles de agonías — Yo existo.” Fiódor Dostoievski
“Este fuego que llamamos amor es demasiado fuerte para la mente humana. Pero perfecto para el alma humana.” Aberjhani
“Nada impide hacer lo que debe hacerse.” Marco Aurelio
“En los asuntos del corazón, no elegimos sino lo impuesto y no queremos sino lo inevitable.” Juan David Nasio
“Somos nuestro propio demonio. Y hacemos de este mundo, nuestro propio infierno.” Oscar Wilde
“Aunque estoy entrenada y siempre resucito, he decidido no morirme nunca más…” Gloria Fuertes
“El silencio es un regalo universal que pocos saben apreciar. Tal vez porque es gratis. Los ricos compran ruido. El alma humana disfruta del silencio de la naturaleza, que se revela sólo a quienes la buscan.” Charlie Chaplin
“El azul no hace ruido. Es un color tímido, sin segundas intenciones, ni presagios ni proyectos (…) que se infiltra por las rendijas, se instala en lo profundo de las cosas.” Jean-Michel Maulpoix
“Sólo nosotros sabemos estar distantemente juntos.” Julio Cortázar
Se acabó el año y estaremos rotos, sin duda alguna. La vida es un proceso de ir dejando el alma en pedazos, el corazón en cachos y el cuerpo hecho girones cuando vamos viviendo con todas las contradicciones, con la incertidumbre hecha piel y con la voluntad conjugando el azar y la necesidad, pero conscientes de quiénes somos y de quiénes vamos siendo.
Pero si algo tiene la vida —y que es muy bonito, que nos hace humanos— es la oportunidad y la capacidad de poder unir todos los pedazos: unos a su tiempo, otros a su modo y, a veces, unos más difíciles de reintegrar. Unos son zurcidos de puntada grande; otros tendrán que llevar filigrana para unir y hacer zurcido invisible, como los sastres y las costureras de antaño que reparaban con dedos mágicos.
Los inicios son comienzos que nunca terminan. Como lo son los finales, que, aun terminando, siguen siendo al menos memoria. Lo que se va aprendiendo es que la vida nos da la oportunidad de poner en perspectiva los hechos y lo que hemos vivido, con la posibilidad de aceptar, a veces, lo inevitable y, otras, todo lo que es la buena fortuna y las consecuencias de nuestras decisiones.
La poeta Gloria Fuertes escribió: “A primeros de enero de un año cualquiera, con amores y nombres ya seleccionados, con los huesos maduros a mitad de mi vida me prometo solemne no sufrir demasiado”, y vaya que es todo un aprendizaje y un compromiso profundo. Ralph W. Emerson dijo: “Graba esto en tu corazón: cada día comienza en nosotros un año nuevo, una nueva vida”. Y habrá que entender que los finales son siempre el lugar donde algo empieza, como escribió Irene Vallejo.
Los comienzos son maneras de renacer y repensar nuestros deseos. Es la posibilidad de soñar despiertos, es la condición para crear condiciones, lograr metas y hacer que los propósitos sean una guía en el hacer cotidiano. No se trata de animar un optimismo tóxico ni de crear falsas expectativas, sino, por el contrario, de partir de la realidad, de ver opciones de lo posible, de un compromiso mínimo con uno mismo para hacer que sucedan las cosas que deseamos y poder construir nuestro futuro desde el aquí y el ahora, con la claridad de un pasado que nos impulsa desde lo aprendido, sufrido y vivido.
Todos y todas tenemos un mundo interior, una perspectiva única de nuestra existencia. Y en una Sociedad de la Transparencia, como lo ha descrito Byung-Chul Han, estamos ahora en la mirada de otros a través de las pantallas, de la exposición en las redes sociales, en una nueva necesidad de estar expuestos, de decir qué hacemos, dónde estamos, qué comemos, con quiénes convivimos, de contar nuestras historias en lo pendular de la dicha y el dolor, entre selfies y memes, en la aspiración de ser influencers, creadores de contenido, gurús y coachees de vida, de salud, de nutrición, de nuevos oráculos para la venta de productos milagro y, ahora, de todas las formas y presentaciones del magnesio.
¿Quiénes éramos antes de las combinaciones del magnesio? ¿Quiénes somos y qué es lo real que proyectamos en las pantallas de celulares y computadoras?
Byung-Chul Han señala que se ha instalado una obsesión por la visibilidad, que está llevando a una exposición personal y a la pérdida de la intimidad. Las redes sociales producen un ambiente en donde las personas sienten la necesidad de mostrar todo, eliminando el espacio para la privacidad.
Asimismo, estas redes y sus dinámicas imponen una presión para ser “transparentes”, lo que puede llevar a las personas a autocensurarse, limitando su autenticidad. Esto puede derivar en la ficción de crear un avatar que esconde a la persona real, y la simulación se instala como un código aceptado: nadie es quien dice ser, y todos quieren creer en la imagen retocada y modificada por los filtros que se usan. Esto también nos conduce a una superficialidad aceptada, donde la búsqueda de aprobación y aceptación a través de la visibilidad constante se convierte en la nueva aspiración y necesidad de obtener recompensas y reconocimiento, que son superficiales y poco significativos.
Han propone valorar el secreto; sugiere reconocer que el secreto y la intimidad son vitales para la autenticidad y la profundidad de las relaciones humanas. La privacidad no es un secreto; es protección.
Balto nos invita a dar valor a la privacidad y dice:
“Es el límite silencioso que pones cuando has aprendido que no toda sonrisa es sincera y no todo oyente tiene buenas intenciones. Algunas personas te celebran en voz alta mientras miden en silencio lo que tienes, lo que has construido o lo que te hace feliz. Mantener partes de tu vida en privado no se trata de miedo, sino de sabiduría obtenida de la experiencia. No le debes a todo el mundo acceso a tu alegría, tus planes o tu progreso. Cuando proteges lo que importa, le das espacio para crecer sin presión, opiniones o interferencia. La paz prospera donde hay menos explicación y menos espectadores. La privacidad permite que la felicidad exista sin ser examinada, cuestionada o agotada lentamente por aquellos que realmente no quieren lo mejor para ti. A veces, la forma más fuerte de cuidar algo bueno es mantenerlo cerca y dejar que viva en silencio.”
En ese sentido, Han también invita y aboga por fomentar una cultura de la reflexión, que valore el pensamiento profundo y crítico, que implique la contemplación en lugar de la exposición constante en las redes sociales. Esto implica asumir una postura de resistencia ante el impulso de la exposición y resistir la coacción de ser y estar siempre visibles y accesibles (online forever), creando espacios para la privacidad y la intimidad.
Tal vez se necesita que, aunque hemos aprendido a interactuar en la distancia a través de las redes sociales, también conversemos cara a cara, interactuemos con personas reales, socialicemos en todos los espacios posibles e intercambiemos ideas, incluso cosas, libros; salir y crear mundos reales, dejarnos sentir, percibir, reconocer emociones y sentimientos, y dar paso a la comunicación y también al abrazo.
Matías De Rioja escribió:
“Y aunque la distancia persista y confluir sea improbable, tal vez sea necesario seguirnos abrazando, no para encontrar, no para entender, no para llegar. Si acaso para resistir, un abrazo escudo, un abrazo ventana, un abrazo puente, un abrazo que nos regale un breve resto del otro, y nos devuelva a un encuentro casi posible.”
Uno de los comienzos puede ser menos tiempo en las redes sociales y más conversaciones con todos y todas, porque no hay nada como hacerlo en vivo. La virtualidad no solo es espejismo, sino una negación de los nuevos comienzos. Han también ha dicho que en las pantallas el tiempo se congela. Perpetuamos imágenes que no nos permiten ver lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Un final que es un inicio es dejar, por un buen rato, de querer ser visibles para los que nos ven y ni nos verán. Ese puede ser un buen comienzo.







