Cuando tenía entre 25 o 26 años una vez concluida mi carrera profesional y habiéndome titulado, llegó a mis manos la trilogía sobre “Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana”, de la autoría y delicada pluma de don Fernando Benítez, escritor, periodista, editor e historiador, famoso por ser el artífice del suplemento dominical muy reconocido en la ciudad de México “México en la Cultura” y fue maestro de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
En esa década de los años 70s nos inundaban de literatura sobre la Revolución Mexicana y el periodo post revolucionario, de tal manera que después de haber sorteado todas las recomendaciones de los maestros y algunas que por obligación deberíamos leer, el hecho de que me obsequiaran esos tres volúmenes, me sobresaturó en el tema; como muchos de los obsequios que recibimos, aquellos que no nos atraen, los agradecemos pero los dejamos por ahí en algún lugar donde ya no nos volvemos a acordar de ellos. Sin embargo, tiempo después precisamente para un día 20 de noviembre en aquel entonces día inhábil y que coincidió con un fin de semana, tuvimos un “puente largo” sin laborar. Por ese entonces vivía en un departamento amplio en la colonia Narvarte y estuve encerrado materialmente, con el propósito de escuchar música y leer los tres días seguidos, solo con las pausas necesarias para tomar alimentos. Preparándome para ello, empecé a hurgar entre los textos que tenía en los libreros de la recámara que había adaptado para biblioteca en las cuatro paredes y allí encontré el regalo a que me referí, vi los tres volúmenes y empecé por el primero, El Porfirismo, continué con el segundo, El Caudillismo y el tercero El Cardenismo, el cual al final ya me costó más trabajo pues las narraciones ya tenían cierta cercanía contemporánea que ya no me parecían tan históricas; pero he de comentarles que la lectura de esta obra me atrapó de tal manera que años después las leí dos veces más y mi admiración por Lázaro Cárdenas como estadista y hombre de ideales sociales se acrecentó y mi afición por leer otras obras de Fernando Benítez se hizo cotidiana, aún más cuando tuve oportunidad de saludarlo en el Instituto Nacional Indigenista pues periódicamente se reunía con el maestro Juan Rulfo, dos grandes hombres de la literatura mexicana para mi gusto.
Esta obra sobre Lázaro Cárdenas también la he obsequiado a algunos ex alumnos, cuando he visto que tienen la vocación de leer, para su formación y madurez, como ejemplo del patriotismo y del buen gobierno con sentido social del Presidente Lázaro Cárdenas.
En el tomo II sobre El Caudillismo, el libro arranca con la narración de Lázaro Cárdenas a partir de su nacimiento en 1895, en Jiquilpan Michoacán “pueblo soñoliento” en aquel entonces de mil habitantes cuyo nombre en purépecha Huanimba significa “lugar de flores”, lugar famoso por sus rebozos y su pan de huevo llamado “trancas”. Después de su difícil ascenso a partir de una carrera militar de mucho sacrificio y entrega, traiciones, perversidades, diferencias políticas y con su admiración y apoyo siempre leal, primero al General Álvaro Obregón y después a Plutarco Elías Calles, en este texto Fernando Benítez narra la personalidad de Cárdenas y cómo durante su campaña presidencial trataba de establecer unas relaciones sencillas y directas con los campesinos y los obreros, a quienes escuchaba largas horas sin mostrar impaciencia o fatiga, les brindaba calma y atención a los menores detalles, eso ganaba la confianza de las mayorías; comía con ellos sus tortillas y sus frijoles y dormía en las cabañas de algunos de ellos desde el norte hasta el sur de México y del Este al Oeste. Allí Fernando Benítez refiere que aún después de haber sido electo Presidente siguió viajando y que según uno de sus biógrafos (Townsend, William C. “Lázaro Cárdenas, demócrata mexicano” Ed. Grijalbo. México. 1976), recorrió 27,709 kilómetros, distribuidos en 11,825 en avión, 7,294 en automóvil, 735 en barco y a lomo de caballo 475, aún cuando había obtenido en las elecciones del 4 de julio de 1934 más de dos millones de votos, una diferencia enorme sobre sus contendientes.
Cárdenas era paciente, humilde pero muy tenaz y sobre todo audaz, empero guardaba celosamente sus más profundas intenciones que posteriormente plasmaba en acciones. Muchos pensaban y estimaban que sería un pelele y otros, una simple marioneta del Jefe Máximo Plutarco Elías Calles a quien todos temían y obedecían y quien para no despertar sospechas sobre su influencia y operatividad en favor de Lázaro Cárdenas había estado dirigiendo todo desde Baja California.
Menciona en un pasaje muy interesante, como tantos otros, Fernando Benítez, que retomando un episodio recogido por Townsend nos pinta en toda su dimensión la forma en que Calles se comportaba con Lázaro Cárdenas: “Ya Presidente Electo (Cárdenas) visitó a Calles en su ingenio de Navolato. El Jefe se hallaba jugando póker con dos generales que se esforzaban en perder, y al anunciarle un ayudante la presencia de Cárdenas, Calles se limitó a decir: -Entreténganlo mientras acabo.” Este episodio histórico hizo sentir a Cárdenas la debilidad de su posición, pues Calles lo trataba como un subalterno. Sigue comentando Benítez: “Por un Presidente Electo no valía la pena interrumpir un juego. Calles se levantó victorioso de la mesa. Ignoraba que había perdido la partida decisiva de su vida política”.
Aquí podríamos acotar que dos años después para abril de 1936, Cárdenas estaría expulsando del país a Plutarco Elías Calles y a su séquito de rufianes; quizás ya lo había previsto, o lo tenía calculado y Calles, con su soberbia y dominio que según él tenía sobre Cárdenas, ni lo vio venir. Algunos editorialistas actuales, aprovechando este pasaje de la historia de México, hacen un parangón con lo que podría estar sucediendo en esta época en Palacio Nacional, entre Claudia Sheinbaum y ya saben quién.







