Hoy me dirijo a ustedes para hablar de una de las enfermedades más silenciosas, más devastadoras y, al mismo tiempo, más prevenibles que enfrenta nuestro país: la enfermedad renal crónica.
Imaginemos a un mexicano promedio: una mujer o un hombre de alrededor de 50 años, que vive con diabetes o hipertensión. Es jefe o jefa de familia, trabaja todos los días, cumple con sus responsabilidades y, durante años, no presenta síntomas. Se siente bien. Cree estar bien.
Hasta que un día, el diagnóstico llega de manera inesperada: sus riñones están fallando.
Así inicia, en miles de hogares, una de las realidades más duras de nuestro sistema de salud. La enfermedad renal crónica se ha convertido ya en un problema mayor de salud pública en México, no sólo por su magnitud, sino por su impacto humano, social y económico.
Se estima que más de 13 millones de mexicanas y mexicanos podrían tener algún grado de daño renal, y muchos de ellos aún no lo saben. Cada año, miles de pacientes avanzan a etapas más severas de la enfermedad. Hoy, más de 150 mil personas requieren terapias de reemplazo renal, como diálisis o hemodiálisis, y la demanda continúa en aumento.
Las causas son bien conocidas. La diabetes mellitus es responsable de cerca del 40% de los casos, mientras que la hipertensión arterial contribuye en aproximadamente un 25 a 30%. A esto se suman factores como la obesidad, el sedentarismo y una alimentación inadecuada.
No podemos ignorar que México enfrenta una de las prevalencias más altas de diabetes y obesidad en el mundo. En este contexto, la enfermedad renal no es una coincidencia: es una consecuencia previsible si no actuamos de manera oportuna.
Cuando los riñones dejan de funcionar, el cuerpo pierde su capacidad de eliminar toxinas. El paciente se enfrenta entonces a dos alternativas: someterse a diálisis varias veces por semana o aspirar a un trasplante renal. Sin embargo, el acceso a este último está lejos de ser equitativo. Menos del 20% de quienes lo necesitan logran obtenerlo.
Es aquí donde esta enfermedad revela su carácter catastrófico: no sólo por su gravedad clínica, sino por su profundo impacto económico. El costo anual de la diálisis puede superar los 300 mil pesos por paciente, una cifra que puede comprometer seriamente la estabilidad financiera de cualquier familia. Para las instituciones de salud, representa también una de las mayores presiones presupuestales.
Pero más allá de los números, está la vida cotidiana de las personas. Un paciente en diálisis enfrenta fatiga constante, restricciones estrictas, dependencia permanente del tratamiento y una disminución significativa en su expectativa de vida. La enfermedad renal no sólo afecta órganos: transforma por completo la vida del paciente y la de su familia.
Y, sin embargo, hay un mensaje que debemos transmitir con toda claridad: en gran medida, esta es una enfermedad prevenible.
Hasta el 80% de los casos podrían detectarse de manera temprana mediante estudios sencillos, como la medición de creatinina y un examen general de orina. Controlar la diabetes y la presión arterial, reducir el consumo de sal, mejorar los hábitos alimenticios y fomentar la actividad física son acciones concretas que pueden marcar la diferencia.
Hoy, el desafío no es únicamente tratar la enfermedad. El verdadero reto es evitar que los pacientes lleguen a etapas avanzadas.
Por ello, hago un llamado respetuoso pero firme a la población: acudan a revisión médica, no esperen a que aparezcan los síntomas. Y al mismo tiempo, convoco al personal de salud, especialmente a médicas y médicos especialistas, a reforzar la detección oportuna y el seguimiento continuo de los pacientes en riesgo.
Necesitamos fortalecer la prevención, ampliar el acceso al diagnóstico temprano y garantizar un sistema de salud más equitativo, donde ninguna persona tenga que perder su patrimonio por intentar conservar la vida.
Hablar de enfermedad renal crónica es hablar de salud pública, pero también de justicia social.
Hoy más que nunca, debemos actuar con responsabilidad colectiva. Porque el silencio de esta enfermedad no puede seguir traduciéndose en vidas perdidas.



