El poder de la euforia mundialista fue superior a la fuerza de las protestas y manifestaciones sociales el día de la inauguración del Mundial de Futbol en la Ciudad de México.
La atención nacional e internacional estuvo concentrada en el inicio de la máxima justa deportiva, mientras diversos grupos sociales aprovecharon la visibilidad del momento para expresar sus demandas en las calles de la capital.
Autoridades estimaron que alrededor de medio millón de personas acudieron a los distintos espacios vinculados con los eventos mundialistas. Tan sólo en el Estadio Azteca, como muchos seguimos llamándolo, asistieron cerca de 80 mil personas. Al Fan Fest del Zócalo llegaron unas 100 mil y, sumando los espacios habilitados en alcaldías y otros puntos de reunión, la cifra total alcanzó aproximadamente 500 mil participantes.
Posiblemente fue mayor el temor y la incertidumbre generados por información exagerada en algunos medios y por mensajes contradictorios de autoridades, pero también es cierto que una acción irresponsable de cualquier grupo pudo haber desencadenado una confrontación con fuerzas de seguridad o incluso entre ciudadanos y manifestantes.
Fueron entre 26 y 35 manifestaciones las registradas en la Ciudad de México durante esa jornada, con estimaciones que hablan de hasta 50 mil participantes. El contingente más numeroso fue el de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, con alrededor de seis mil integrantes, además de colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, participantes en la conmemoración del llamado Halconazo e inconformes por la desaparición del extinto Poder Judicial Federal.
Datos difundidos por autoridades capitalinas indican que alrededor de 11 mil elementos de distintas corporaciones de seguridad pública participaron en los operativos para preservar el orden y garantizar el desarrollo de los eventos. La coordinación institucional permitió mantener abiertas las rutas principales y contener posibles escenarios de riesgo para miles de asistentes.
Los cuerpos de seguridad y su estrategia fueron suficientes para impedir que las manifestaciones llegaran al Estadio Azteca. No ocurrió lo mismo en el Centro Histórico, donde desde días antes se encontraba instalada la CNTE y donde amplios perímetros permanecieron bajo control policial para evitar incidentes en una de las zonas más concurridas de la ciudad.
Las razones legítimas que motivan muchas manifestaciones merecen atención y diálogo democrático. Sin embargo, también es válido debatir hasta dónde una protesta puede afectar derechos de terceros, particularmente cuando las afectaciones económicas y de movilidad recaen sobre ciudadanos que no tienen relación alguna con los conflictos en disputa.
En ese contexto, numerosos comerciantes del Centro Histórico reportaron pérdidas derivadas de la disminución de clientes, bloqueos y restricciones de acceso. Si consideran que existieron daños patrimoniales cuantificables, corresponde a las autoridades investigar y, en su caso, determinar responsabilidades mediante los procedimientos legales adecuados, garantizando tanto el derecho a la protesta como el derecho a la reparación del daño.
Un día antes de la inauguración, comerciantes del Zócalo confrontaron verbalmente a estudiantes normalistas de Ayotzinapa que pretendían ingresar al primer cuadro de la ciudad. El episodio anticipaba la posibilidad de tensiones mayores en caso de que los asistentes a los eventos mundialistas hubieran encontrado cerrados o bloqueados los accesos a los espacios destinados a la celebración deportiva.
La ciudadanía atendió en gran medida las recomendaciones de arribar con varias horas de anticipación a los eventos. Esa conducta ayudó a distribuir mejor los flujos de personas en una ciudad que ya enfrentaba complicaciones de movilidad derivadas de marchas, plantones y cierres parciales de vialidades.
El futbol tiene una capacidad singular para convocar emociones colectivas que pocas expresiones sociales logran reunir. Un Mundial multiplica ese fenómeno al convertir un partido en una experiencia compartida por millones de personas dentro y fuera de los estadios. Durante unas horas, las diferencias políticas, ideológicas y sociales suelen quedar relegadas frente al deseo común de celebrar a una selección nacional.
También debe reconocerse que el triunfo de México sobre Sudáfrica contribuyó a fortalecer el ambiente festivo. Una derrota en el partido inaugural habría generado un ánimo completamente distinto, con frustración entre aficionados y una percepción menos optimista sobre el arranque del torneo. La victoria ayudó a consolidar la narrativa de celebración que predominó durante la jornada.
Al final, la inauguración del Mundial mostró que la fuerza de una movilización deportiva de alcance global puede superar, al menos en visibilidad y convocatoria, a las expresiones de inconformidad social.
No desaparecen los problemas del país ni las demandas ciudadanas, pero por un día el balón ocupó el centro de la conversación nacional y recordó el enorme poder de cohesión que todavía conserva el futbol.



