León, Guanajuato, 13 de octubre de 2026.- En la vera de mis casi siete décadas de vida, regreso a un espacio donde la memoria tiene azúcar en los labios y nostalgia en el corazón.
La Feria del Alfeñique vuelve a abrir sus puertas al tiempo, ese túnel por el que viajamos a los colores, los olores y los sabores de la muerte, tan nuestra, tan mexicana.
La familia de Claudia es una de las que han mantenido viva la tradición de las calaveritas de azúcar, frutillas, pequeñas obras de dulzura y paciencia, mestizas de historia y sabor. Alfeñiques les llamamos, con esa palabra de raíz árabe que también endulza nuestro idioma.
En cada puesto sobrevive algo de quienes fuimos y de quienes todavía somos.
El aire se impregna del aroma del azúcar glass, que se mezcla con el limón, mientras los sahumerios levantan espirales de copal hacia un cielo que parece escuchar. Hay manos que moldean la muerte y le ponen ojos, sonrisas y nombres; hay colores que desafían la solemnidad de las tumbas y hacen de la ausencia una presencia familiar.
Caminar entre catrinas y cráneos blancos, con nombres escritos en diamantina sobre la frente, es regresar a la infancia, a los altares y a las voces que aún nos acompañan desde el recuerdo. Aquí la muerte no siempre asusta: se deja mirar, tocar y hasta saborear. Quizá por eso los mexicanos aprendimos a sentarla a nuestra mesa, sin olvidar que un día vendrá por nosotros.
En esta feria, en la Plaza Fundadores, donde el pasado se asoma detrás de cada figura de azúcar, también reconocemos las tradiciones que pasan de padres a hijos, como una herencia que no necesita escrituras. Familias como la de Claudia siguen dando vida a ese pequeño universo donde el trabajo artesanal vence al olvido. Cada calaverita es una estampa de identidad, una memoria comestible de nuestra manera de entender el final.



