“Desde que comenzó el mundo, todos los males han venido de los doctrinarios, que, intransigentes, proclaman su opinión y su ideario como los únicos válidos.” Stefan Zweig
“La belleza atrae a los ojos, pero la dulzura captura el alma.” Voltaire
“He estado pensando acerca del pasado, y tratando imparcialmente de juzgar lo bueno y lo malo en lo que a mí concierne. Y he llegado a la conclusión de que hice bien, pese a lo que sufrí por ello.” Jane Austen
“Avanza con confianza hacia tus sueños. Vive la vida que has imaginado.” Henry David Thoreau
“Sé bella en todo: En tu amistad, en tu amor, en tu moral y en tu conducta. Incluso en tu ausencia…Sé bella…” Mahmoud Darwish
“Leer es un acto de amor: te eliges, te escuchas y te permites sentir sin prisa.” Mon
“Porque no importa lo duro que el mundo empuje en mi contra … dentro de mi hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta.” Albert Camus
“Hay veces en la vida en las que has agotado cualquier combinación de palabras con otro ser… Y no es que no tengas nada que decirle, sino que ya se lo has dicho todo…” Albert Espinosa
“No todos los años son para crecer; Algunos son para recuperarnos…” Lía Risco
“Las raíces, debajo de la tierra, no reclaman ninguna recompensa, por hacer que las ramas sean fructíferas. “ Rabindranath Tagore
“Todos tenemos una reserva de fuerza interior insospechada, que surge cuando la vida nos pone a prueba.” Isabel Allende
“Antenoche soñé que te amaba, como se ama una vez en la vida; desperté y todo era mentira, ni siquiera me acuerdo de ti”. Juan Rulfo
“Como las plantas, así también crecen los hombres. Algunos en la luz, otros en la sombra.” Carl Gustav Jung
“A veces, nos acordamos de algunos episodios de nuestras vidas y necesitamos pruebas para tener la completa seguridad de que no lo hemos soñado.” Patrick Modiano
“Nuestro odio apenas puede diferenciarse de nuestro amor”. Virginia Woolf
“No es quien te roba el corazón, sino quien te hace sentir que lo tienes de vuelta”. Pablo Neruda
“Sé que voy a quererte sin preguntas, sé que vas a quererme sin respuestas”. Mario Benedetti
“He tenido un instante de inmensa paz. Quizá esto sea la felicidad.” Virginia Woolf
Nos aferramos a las cosas, a la ilusión, a aquello que depositamos en algunas personas; a lo que creemos que nos hará felices; a la búsqueda de lo que nos falta; a lo que creemos perdido; a lo que esperamos que nos llene; al intento de quitar la sensación de vacío; a la necesidad de huir de la soledad; a la trampa incesante de la repetición; al cobijo frágil de la negación; al escondite tramposo del deseo.
La necesidad de tener certezas es parte de aquello que nos condena a vivir la vida sin reconocerla como lo que es: un proceso dinámico, imperfecto, inacabado y vulnerable, que forma parte de un todo y que no tiene un determinismo en su devenir, salvo la muerte.
La impermanencia es un concepto filosófico y budista que sostiene que todo en el universo —cosas materiales, pensamientos, emociones y seres vivos— se encuentra en constante cambio: todo es efímero y nada es para siempre. Es la inestabilidad de los fenómenos, donde el flujo es la única constante, generando tanto el inicio como el fin de las cosas. Thich Nhat Hanh escribió: “No es la impermanencia lo que nos hace sufrir. Lo que nos hace sufrir es querer que las cosas sean permanentes cuando no lo son”. Aceptar que, en esencia, la vida es un proceso dinámico invita a soltar la necesidad de control y a recordar que todo es una transformación continua, en medio de la incertidumbre de la existencia humana y de todo lo que ello conlleva.
Y es ahí donde radican las posibilidades de la condición humana para crear y desplazarse, para poner todo en duda, reconociendo sus limitaciones biológicas como especie y asumiendo la responsabilidad de la conciencia y del uso de la inteligencia humana en el proyecto civilizatorio, cultural y ecológico, al servicio de la sororidad y la fraternidad, dentro de una ética mundial.
Piero Ferrucci dice: “Humildad, como ‘humano’, deriva de ‘humus’, el suelo. No solo porque implica un doblegarse y volver a los orígenes de la tierra, sino también porque, en esta tierra que es la vida cotidiana, uno se hunde en ella, encontrando toda la vitalidad y la fertilidad que escapan a quien solo la pisa, caminando en la superficie, atraído por metas lejanas”.
Desde esa condición de lo humano, podríamos ir asumiendo una responsabilidad compartida con todas y todos para preguntarnos qué hacer para soltar aquello que confunde la existencia y que da lugar a formas de control y dominación en la convivencia, donde se imponen modelos de certeza que han demostrado lo absurdo, lo injusto y lo cruel de las ideologías que los sustentan. Hoy, Trump ejemplifica lo aberrantes que pueden llegar a ser las ideas generadas desde un poder que se considera a sí mismo absoluto, sin referencia alguna a la justicia más allá de su propia “moral”, como él mismo lo ha expresado. Cuando alguien se convierte en su único referente, la capacidad de generar el mal puede transformarse en su único credo, con la gravedad de creer que se está en lo correcto y de no estar dispuesto a ver, escuchar ni aceptar que no se tiene la razón.
“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo la última de las libertades humanas: la elección de su propia actitud, la elección de su propio camino”, escribió Viktor Frankl. Hoy, lo que estamos presenciando en Estados Unidos puede entenderse como un acto de humanidad orientado a evitar la repetición histórica de los abusos; como un intento por impedir que se reinstaure el fascismo y que se valide un mundo gobernado y dominado por una plutocracia global: un poder ejercido desde las corporaciones, cuyos propietarios —por inversión directa o a través de los llamados mercados financieros— concentran la riqueza. Menos de sesenta mil multimillonarios son dueños de la mayor parte de estas empresas en un mundo de más de ocho mil quinientos millones de personas.
Sue Monk Kidd plantea preguntas profundamente pertinentes para nuestra época: “¿Qué ha pasado con nuestra capacidad de vivir en lo desconocido, de vivir dentro de una pregunta y coexistir con las tensiones de la incertidumbre? ¿Dónde está nuestra voluntad de incubar el dolor y dejar que nazca algo nuevo? ¿Qué ha pasado con el desarrollo paciente, con la resistencia? Estas cosas son las que forman el terreno de la espera”.
Por otra parte, es indispensable apelar a la historia y a la memoria para enfrentar estos tiempos de certezas absurdas y de creencias que colocan fuera de nosotros la posibilidad de alcanzar la paz, la felicidad y la justicia con dignidad para todas y todos. Walter Benjamin expresó: “El pasado solo puede ser retenido como una imagen que relampaguea en el instante del peligro. La memoria no es un archivo ordenado; es un destello que aparece cuando algo está en riesgo: una vida, una historia, una verdad que puede perderse. Recordar no es nostalgia, es urgencia. Es mirar atrás justo cuando el presente se vuelve frágil. En tiempos de ruido, repetir el pasado sin pensar no lo salva; lo que lo salva es mirarlo de frente cuando importa”. Hoy nos toca, y nos corresponde, alzar la voz frente a la muerte, frente a la deshumanización y frente a un nuevo imperialismo que lleva en su interior la contradicción de su propia decadencia.
Hoy es necesario recordar que la hecatombe está a la vuelta de la esquina, que el holocausto nuclear vuelve a ser una amenaza real, que la sociedad humana ha envejecido y que repetimos patrones propios del malestar de la cultura. Edith Wharton señala: “Otro generador de vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía. El hábito es necesario; es el hábito de tener hábitos, de convertir una vereda en camino trillado, lo que una debe combatir incesantemente si quiere continuar viva”. Esta reflexión resulta aplicable, sin duda, a la vida social, a la reflexión colectiva y a la necesidad de dar sentido y valor a la impermanencia.
Gilles Deleuze, filósofo francés, expresó en la década de los ochenta del siglo XX: “Hoy estamos abnegados en palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras e imágenes. La estupidez nunca es muda ni ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición burbujas de soledad y de silencio desde las cuales podría nacer algo que merezca ser dicho. Las fuerzas represivas no impiden expresarse; al contrario, nos fuerzan a expresarnos. ¡Qué tranquilidad supondría no tener nada que decir, tener derecho a no tener nada que decir!, pues tal es la condición para que se configure algo raro o enrarecido que valga la pena ser dicho”. Sin embargo, hoy resulta imprescindible dar paso a la denuncia: a no avalar la injusticia; a sostener la convicción de que, como humanidad, somos capaces de rectificar el rumbo, de corregir los abusos, de mitigar los daños causados a la naturaleza y de contener nuestras conductas aberrantes que dañan y destruyen a otros seres humanos. Todo ello sin dejar de reconocer que estamos predispuestos a vivirnos como víctimas y que, de una u otra forma, hemos instalado el sufrimiento como algo necesario, como un modo de vida que nos justifica y nos ata a mitos, creencias e ideologías vigentes, creyendo que son permanentes y eternas, que el mundo es así y que nada puede transformarse.
Hoy quisiera que todas y todos pudiéramos decirnos: “Quiero ser”. Que ya basta de injusticias. Que, juntas y juntos, unidos, somos más fuertes. Que en el anuncio de un mundo mejor —aunque avancemos despacio, entre la luz, la penumbra o los secretos de lo humano— podamos seguir caminando sin perder nada de lo que encontramos en la construcción de un mundo nuevo posible.
“El cristal todavía corta, pero mi mano ya no tiembla igual al sostener la pluma. No he ganado la guerra, pero hoy he decidido que mi historia no se va a quedar tirada en ese callejón. La batalla sigue, y por primera vez yo tengo el papel donde trazo el mapa del terreno”, escribió Mofly. Tal vez, cuando volvamos a caminar, a levantar la cara y a darnos las manos, lo hagamos más despacio, más cerca unos de otros, más humildes y más humanos; entendiendo que merecer lo mejor en esta vida no es egoísmo ni un propósito individual, ni un asunto del más allá, sino del aquí y ahora, y del reconocimiento del valor de la vida y de la comprensión profunda de la impermanencia de la existencia.




