“A veces quieres decirle tanto a la persona que te hizo daño. Pero entonces te das cuenta de que tus palabras valen más que esta persona y te callas. ” Al Pacino
“Dondequiera que estés, en cualquier momento, intenta encontrar algo hermoso. Un rostro, una línea de un poema, las nubes desde una ventana, algún grafiti… La belleza limpia la mente.” Matt Haig
“La mente no es un recipiente para llenar, sino un fuego para encender.” Plutarco
“Guarda tus mejores deseos en tu corazón y observa lo que sucede.” Tony DeLiso
“El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía.” Anaïs Nin
“Considero que lo más importante, el mayor regalo que se le puede hacer a alguien que uno ama, es darle la capacidad de elegir lo que quiera, darle libertad.” Blanca Varela
“En el momento en que declaras que un conjunto de ideas es inmune a la crítica, sátira, burla o desprecio, la libertad de pensamiento se vuelve imposible”. Salman Rushdie
“Si todas tus relaciones terminan igual, quizá la pregunta no es quiénes son ellos. Quizá también es qué estás buscando tú sin darte cuenta.” María Dolores
“Tienes que bailar como si nadie te observara, amar como si nunca te hubieran herido, cantar como si nadie te escuchara y vivir como si estuvieras en el paraíso.” Frida Kahlo
“Uno se da cuenta que está enamorado cuando se da cuenta que otra persona es única.” Jorge Luis Borges
“Y creo que las cosas imposibles se pueden conseguir, que los besos con los ojos cerrados son los únicos que cuentan, que las heridas no siempre cierran, y que todo el mundo se enamora alguna vez. Creo que quien te quiere se queda…” Julio Cortázar
“Si todas tus relaciones terminan igual, quizá la pregunta no es quiénes son ellos. Quizá también es qué estás buscando tú sin darte cuenta.” María Dolores
“Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres, y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde. En cada hombre late la posibilidad de ser, o más exactamente, de volver a ser otro hombre.” Octavio Paz
“El Quijote es el primer libro con el que he llorado, con la muerte del Quijote, por todo lo que significa: el dejar que la locura desaparezca. Eso es terrible. El triunfo de la sensatez”. Ana María Matute
“He aprendido a no intentar retener lo que se va. Pero no he aprendido a dejar ir, sin que duela”. Alejandra Pizarnik
“Mi alma es un fuego que sufre si no arde.” Jean Prévost
“La vida está hecha de momentos. Si la felicidad no es eterna, la tristeza tampoco.” Héctor Alcívar
“Por ilógico y absurdo que a algunos les resulte, a veces hay personas que te quieren porque sí, porque eres tú, sin explicaciones.” Yazbelth
“No acepto reglas que me cautiven el pensamiento. No acepto normas que me priven de mi felicidad. Creo en mi libertad por encima de los compromisos.” Trece
“Alguien me dijo -hoy te veías triste-. Yo le respondí: estoy triste todos los días, hoy simplemente, no tuve energía para ocultarlo.” Mario Benedetti
“La gente me agota. Por eso abrazo el silencio y la soledad. Puedo pasar días y días sin ningún contacto humano, sin sentirme sola ni por un momento.” Natalia Crow
“Quien sabe ver las cosas bellas es porque tiene la belleza dentro de sí misma.” Gustav Klimt
“Si escuchas con atención, puedes oír los ecos de tu propio silencio.” Gaby Castellanos
Así inicia un poema de Jaime Sabines: “Yo no lo sé de cierto. Lo supongo”. Y despliega una serie de certezas improbables sobre el futuro, sobre lo que vendrá, sobre lo que encuentran un hombre y una mujer.
Así nos pasa con el porvenir: esa terrible necesidad de querer saber lo que sucederá, ese oráculo permanente que deseamos llevar en la mente, como si nos diera certezas infalibles y como si tuviéramos el control total de la realidad, incluidos nuestros impulsos, pasiones, emociones y sentimientos. Pretendemos, además, utilizar la inteligencia para tener una mente ordenada y eficaz que nos conduzca a vivir con seguridad. Y en ese afán, se nos escapa la vida y la felicidad.
Querer saber lo que nos depara el futuro es negarnos a aprender de lo vivido, del pasado, a aceptar y reconocer que es imposible prever lo que sucederá. La cantidad de variables, circunstancias, condiciones, factores, estados de ánimo e incluso el clima, entre otras consideraciones, hacen impredecible la respuesta humana —individual, grupal y social— ante los sucesos que se van presentando.
El pasado establece referencias en nosotros. Las experiencias condicionan, enseñan, nos moldean de una u otra manera, crean antecedentes, hacen historia y configuran la forma de pensar; generan un lenguaje en pretérito.
La filósofa Simone Weil escribió: “Sería inútil alejarse del pasado para no pensar nada más que en el futuro. El futuro no nos trae nada, no nos da nada; somos los que lo construimos, debemos darlo todo, darle nuestras propias vidas. Pero para dar debes poseer, y nosotros no poseemos otra vida, otra savia, sino los tesoros heredados del pasado y digeridos, asimilados, recreados por nosotros. De todas las necesidades del alma humana, no hay ninguna más vital que el pasado. (…) La pérdida del pasado, colectivo o individual, es la gran tragedia humana, y desechamos la nuestra como un niño despliega una rosa. Es ante todo evitar esta pérdida que el pueblo se resiste desesperadamente a la conquista.”
La historia se repite: genocidios como los de Ruanda, la Segunda Guerra Mundial, y ahora en Gaza con el pueblo palestino. Presenciamos la caída del Imperio norteamericano y todo lo que arrasa a su paso como una hecatombe. Otros imperios han sucumbido ante la codicia de la riqueza y la seducción del poder. También vemos la fragilidad humana, su muerte y sufrimiento ante la fuerza de la naturaleza, junto con nuestra absurda pretensión de controlarla, de querer predecir huracanes, ciclones, terremotos, epidemias, sequías e inundaciones, fenómenos ahora acelerados por el cambio climático.
Vivir en el presente no es fácil. Estar aquí y ahora, asumiendo nuestro pasado, sus procesos y las lecciones dadas por la realidad, se ve distorsionado por los filtros de las pantallas, por la fantasía de una imaginación lejana de lo real, por el juego de identidades múltiples, fragmentadas y líquidas que crean ideologías, se anclan en creencias ficticias y se adscriben a cánones religiosos que niegan lo humano de formas abusivas y fuera de la razón. Se ha vendido la idea del éxito individual anteponiéndolo al bienestar colectivo, y se ha rebajado la moral a un “todo se vale” en el amor y en la guerra, donde la ética carece de importancia al momento de decidir acciones arbitrarias, inhumanas y abusivas, sin asumir la responsabilidad de sus consecuencias.
El aprendizaje que deberíamos hacer es comprender que “Lo más difícil de sanar no es olvidar el pasado. Es dejar de usarlo para predecir el futuro”, como afirma la psicóloga María Dolores. Esto aplica tanto a las decisiones personales como a las colectivas. Anna Dalton escribió: “No podemos conocer las consecuencias exactas de cada decisión que tomamos ni sopesar todos los pros y los contras; no tenemos el don de predecir el futuro. Lo único que podemos hacer es vivir nuestras decisiones con serenidad, sin mirar atrás”.
La cultura occidental nos colocó en el dilema del futuro: ante la finitud de la vida, ante la única certeza de lo venidero —la muerte— hemos construido paliativos para mitigar la zozobra de la duda. Sin embargo, las preguntas acechan, como las formula José Sbarra: “¿En qué infierno acabaremos los equivocados, los que no fuimos genios, los que no fuimos dioses, los que sobrevivimos de prestado, que conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras? ¿Qué será de los vencidos ilesos? ¿Qué será de los que lloramos a escondidas? ¿Habrá piedad para los que escuchamos a todos y no entendimos a nadie; para los que la soledad no nos dio un jaque de muerte ni el amor nos dio un golpe de vida?”
Somos lo que hacemos, más que lo que decimos; pero también somos lo que pensamos, desde y con nuestro sistema de creencias, saberes, ideas, experiencias y conocimientos que influyen en la vida de cada persona. Sin embargo, lo que deseamos profundamente suele dirigirla, pese a la voluntad. El inconsciente es donde habita y se mueve el deseo, porque lo que buscamos es saber —tener consciencia— si ocupamos un lugar o si solo queremos llenar un vacío.
Lucio Anneo Séneca, Séneca el Joven, filósofo romano, dijo: “A algunos les invade el hastío de realizar y contemplar las mismas cosas, no el odio, sino el tedio de vivir, al cual nos abandonamos a impulsos de la propia filosofía al tiempo que decimos: ‘¿Hasta cuándo las mismas cosas?’ Es decir: me despertaré, dormiré; comeré, tendré hambre; sentiré frío y calor. Ninguna cosa tiene final, sino que todas enlazadas en círculo se alejan y vuelven; al día lo oculta la noche, a la noche el día, el verano termina con el otoño, al otoño lo persigue el invierno, al cual detiene la primavera; todo pasa para luego volver. No hago nada nuevo, ni contemplo nada nuevo; ello, al fin, me produce náuseas. Son muchos los que no consideran la vida penosa, sino superflua.”
Situarnos en el presente es darle valor a lo que está frente a nosotros, a lo que nos envuelve como principio de realidad. Es entender que no puede haber acción pasiva, ni caer en la desidia personal ni en la anomia social. La vida debe vivirse con sorpresa, curiosidad, capacidad de pensar y de comprender la responsabilidad de la inteligencia y la sensibilidad humana, para vivir con plena consciencia de ser y estar en el mundo, aquí y ahora, en el presente. Sin futuro cierto, pero con la certeza de asumir la responsabilidad de nuestros actos, de nuestra conducta y de la forma en que expresamos, compartimos y dialogamos sobre los hechos y sobre la vida misma. Como escribió José Saramago: “Porque la vida se ríe de las previsiones y pone palabras donde imaginábamos silencios y súbitos regresos, cuando pensábamos que no volveríamos a encontrarnos.”
La vida también se mueve en la esperanza, distinta de imaginar el futuro, porque en ella está instalada la idea de cambio: pensar reflexivamente y aprender en el movimiento que implica vivir día a día. Octavio Paz escribió: “Quien ha visto la esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres, y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde. En cada hombre (y mujer) late la posibilidad de ser, o más exactamente, de volver a ser otro hombre (otro ser humano -diferente-).”
“Yo no lo sé de cierto. Lo supongo” ante el futuro. Y como escribió Fiódor Dostoyevski:
“Somos así:
soñamos con volar,
pero le tenemos miedo a la altura.
Para volar, hay que tener el coraje
de enfrentar el terror del vacío,
porque solo en el vacío
se realiza el vuelo.
El vacío es el espacio de libertad,
la ausencia de certeza,
pero esto es lo que tenemos:
la incertidumbre.
Así que cambiamos vuelos
por jaulas.”



