Inicio Columna El error de “humanizar” la política, es convertirla en teatro

El error de “humanizar” la política, es convertirla en teatro

Aquí aparece un riesgo central: confundir humanización con personalización populista (...), el populismo construye emocionalmente al “pueblo”

Humanizar la política no es escenificar humildad ni teatralizar la cercanía. Es, ante todo, ejercer el poder con responsabilidad ética, coherencia simbólica y respeto irrestricto a la dignidad humana. Cuando la política confunde lo humano con la puesta en escena, no se humaniza: se deshumaniza, porque convierte a las personas —ciudadanos o colaboradores— en instrumentos narrativos.

Esta confusión no es menor. En la comunicación política contemporánea, marcada por la lógica del impacto visual y la viralidad, la tentación de “verse cercano” ha llevado a prácticas que erosionan la legitimidad institucional. La cercanía fingida no genera confianza; produce cinismo. Y el cinismo es hoy uno de los principales enemigos de la gobernabilidad democrática.

Desde una perspectiva normativa, humanizar la política implica reconocer que la dignidad humana no es un recurso retórico, sino un límite ético del poder. Como advertía Immanuel Kant, las personas deben ser tratadas siempre como fines y nunca solo como medios. Aplicado a la comunicación política, esto significa que nadie puede ser utilizado para construir una narrativa de poder, ni siquiera con la excusa de la cercanía o la empatía.

Cuando el discurso político instrumentaliza gestos cotidianos o roles que no corresponden, no acerca al gobernante a la ciudadanía: rebaja el valor de lo humano a una escenografía. En términos simbólicos, el mensaje no es igualdad, sino jerarquía encubierta.

La política se deshumaniza cuando sustituye el diálogo por la propaganda. Jürgen Habermas lo plantea con claridad: la legitimidad democrática surge del intercambio racional entre iguales, no de la manipulación emocional. Sin embargo, gran parte de la comunicación política actual privilegia el impacto sobre el sentido, la emoción sobre el argumento.

Aquí aparece un riesgo central: confundir humanización con personalización populista. Como explica Ernesto Laclau, el populismo construye emocionalmente al “pueblo”, pero lo hace desde una lógica instrumental que reduce la pluralidad. La emoción no es el problema; su uso estratégico para anular el pensamiento crítico, sí.

Uno de los aportes más claros al debate es el de Luis Felipe Polo G., quien sostiene que la política solo puede humanizarse desde el comportamiento concreto de quienes ejercen el poder. No desde la narrativa, no desde la estética, no desde el marketing.

Polo advierte que la crisis de confianza en la política no es solo comunicacional, sino ética. Cuando existe una brecha entre lo que se dice y lo que se hace, la comunicación deja de ser un puente y se convierte en un espejo roto. La ciudadanía no exige perfección; exige coherencia.

La deshumanización también opera a través de la polarización. El politólogo Mario López Martínez subraya que no puede hablarse de política humanizada mientras la violencia —incluida la simbólica— sea un método normalizado. La humillación, el desprecio y la descalificación son formas de violencia política que degradan el espacio público.

En la misma línea, Fernando Bermúdez López, quien es especialista en ética aplicada a la política, señala que la ética política es hoy un antídoto frente a la lógica de confrontación permanente. Cuando el adversario deja de ser persona y se convierte en enemigo, la política pierde su función civilizatoria.

Humanizar la política no es solo tarea de los gobernantes. Luis Ángel Aguilar Montero (filósofo político) lo plantea con claridad: una sociedad despolitizada facilita una política deshumanizada. Tratar a la ciudadanía como audiencia pasiva refuerza el espectáculo; tratarla como sujeto político fortalece la democracia.

Desde esta óptica, la comunicación política humanizada es aquella que informa para empoderar, explica sin simplificar en exceso y reconoce la capacidad crítica de las personas.

Finalmente, Zygmunt Bauman aporta el marco más amplio: la política moderna ha perdido rostro y responsabilidad en un mundo dominado por sistemas impersonales. Cuando el sufrimiento se vuelve estadística y las decisiones no tienen responsables visibles, la política se vuelve irrelevante para la experiencia humana.

Humanizar la política, en este contexto, es restituir la responsabilidad moral del poder, no simular cercanía.

Humanizar la política no es hacer roles que no corresponden ni escenificar humildad. Es comportarse como cualquier persona sin privilegios ni humillaciones delegadas, con coherencia entre discurso y práctica. Cuando la cercanía es auténtica, fortalece la confianza. Cuando es actuada, deshumaniza.

La política no se humaniza con teatralización ni tampoco con espectáculo y guiones frívolos.

Benjamín Segundo Ramírez
Benjamín Ramírez es comunicador y analista en comunicación política. Cuenta con experiencia en comunicación estratégica, manejo de medios y construcción de narrativas públicas en contextos institucionales y electorales. Actualmente colabora en Platino News con análisis orientados a comprender el discurso político, la opinión pública y los procesos de poder en el escenario local y nacional.