La caracterización contemporánea, por parte del gobierno de Estados Unidos, de determinadas expresiones políticas como formas de “terrorismo de izquierda” no constituye únicamente una modificación terminológica dentro de su doctrina de seguridad. Desde una perspectiva histórico-política, dicha categoría puede ser interpretada como parte de un proceso más amplio de redefinición del enemigo interno y externo, mediante el cual el imperialismo estadounidense procura actualizar sus dispositivos de dominación, legitimación ideológica y control geopolítico.
La importancia de esta formulación radica precisamente en que desplaza el campo de confrontación desde el terrorismo entendido como fenómeno estrictamente asociado con organizaciones armadas hacia un universo político considerablemente más amplio: movimientos de izquierda, organizaciones revolucionarias, expresiones anticapitalistas y sectores que cuestionan el orden político y económico dominante. En este sentido, la categoría adquiere una dimensión eminentemente política, pues establece una frontera entre aquellas fuerzas consideradas legítimas dentro del orden vigente y aquellas que son construidas discursivamente como amenazas.
El fenómeno no puede comprenderse de manera aislada. Debe situarse en el contexto de una transformación de la correlación internacional de fuerzas, caracterizada por el ascenso de nuevas potencias, el cuestionamiento de la hegemonía estadounidense y la disputa por recursos estratégicos, mercados, territorios y áreas de influencia. La convocatoria promovida por Marco Rubio en 2026 contra lo que la administración estadounidense denomina “terrorismo político de extrema izquierda”, con participación de representantes de decenas de países, constituye una expresión concreta de esta reorientación discursiva y política.
Desde esta perspectiva, el anticomunismo no aparece como una reminiscencia de la Guerra Fría, sino como una categoría política susceptible de ser reactivada y adaptada a las condiciones del capitalismo contemporáneo.
I. La construcción del enemigo político
El capitalismo, particularmente en sus fases de crisis, requiere mecanismos ideológicos que permitan presentar las contradicciones sociales como problemas de seguridad y no como expresiones de las propias estructuras económicas y políticas. En este marco, la construcción del “enemigo” cumple una función estratégica: desplaza el debate sobre las causas de la desigualdad, la explotación y la concentración de la riqueza hacia la identificación de sujetos considerados peligrosos para el orden establecido.
El concepto de “terrorismo de izquierda” puede ser analizado precisamente desde esta perspectiva. Su relevancia política no radica solamente en los sujetos que eventualmente pudieran ser incluidos dentro de dicha categoría, sino en la posibilidad de ampliar el campo de aplicación de los dispositivos contrainsurgentes mediante una definición suficientemente flexible del adversario.
La operación ideológica consiste en producir una equivalencia entre radicalidad política, oposición al capitalismo y amenaza terrorista. Bajo esta lógica, una organización revolucionaria deja de ser interpretada primordialmente como actor político y pasa a ser considerada un problema de seguridad; una movilización anticapitalista deja de ser comprendida como expresión de conflicto social y puede ser incorporada al lenguaje de la amenaza; y la crítica estructural al capitalismo puede ser presentada como una forma de extremismo.
Esta transformación resulta particularmente significativa porque el propio imperialismo estadounidense había difundido durante décadas la idea de que el marxismo constituía una doctrina superada, incapaz de responder a las condiciones contemporáneas. La reaparición del anticomunismo como eje explícito de la política exterior y de seguridad revela, paradójicamente, que aquello que se pretendía sepultar continúa siendo considerado un referente político capaz de disputar el orden dominante.
El problema, por tanto, no reside únicamente en la existencia de organizaciones revolucionarias, sino en la capacidad de las ideas anticapitalistas para proporcionar una interpretación estructural de las relaciones sociales. El marxismo no se limita a denunciar determinados abusos del capitalismo: plantea una crítica de sus relaciones de producción, de sus mecanismos de apropiación y de las formas de poder que las reproducen.
II. De la Guerra Fría a la actualización del anticomunismo
La desaparición de la Unión Soviética y la desintegración del campo socialista modificaron profundamente la correlación internacional de fuerzas. Durante la década de 1990, la hegemonía estadounidense pareció alcanzar una posición prácticamente incontestable. El discurso del “fin de la historia” presentó al capitalismo liberal como horizonte definitivo de la humanidad y redujo el socialismo a una experiencia histórica supuestamente clausurada.
Sin embargo, la desaparición de un determinado equilibrio internacional no significó la desaparición de las contradicciones que habían dado origen a la lucha de clases. Tampoco eliminó las condiciones materiales que producen desigualdad, concentración de la riqueza, explotación laboral, dependencia económica y subordinación geopolítica.
Por ello, la cuestión fundamental del siglo XXI no consiste en determinar si la Guerra Fría regresó exactamente en los mismos términos, sino en analizar cómo determinadas categorías de aquella confrontación están siendo reconstruidas bajo nuevas condiciones.
El anticomunismo contemporáneo posee características diferentes. Ya no necesita necesariamente organizarse alrededor de una confrontación bipolar entre dos superpotencias. Puede funcionar como un dispositivo transnacional de clasificación política, mediante el cual Washington define determinados proyectos, movimientos o gobiernos como amenazas para la seguridad regional y los incorpora a una arquitectura más amplia de contención.
Desde esta perspectiva, la expresión “terrorismo de izquierda” constituye una actualización conceptual del enemigo. El término permite insertar dentro del lenguaje de la seguridad nacional aquello que anteriormente era identificado fundamentalmente mediante categorías político-ideológicas como comunismo, subversión o insurgencia.
III. América Latina como espacio estratégico
América Latina ocupa un lugar central dentro de esta reconfiguración debido a su importancia económica, geopolítica y estratégica. La región concentra recursos energéticos, minerales estratégicos, biodiversidad, agua, tierras productivas y una posición geográfica fundamental para la competencia mundial.
La creación en 2026 del denominado Shield of the Americas debe analizarse dentro de este contexto. La iniciativa estadounidense fue presentada oficialmente como una estructura de cooperación regional contra los cárteles y el crimen transnacional, pero diversos análisis han señalado que también incorpora una dimensión geopolítica vinculada con la disputa por la influencia estadounidense en el hemisferio y con la creciente presencia de otras potencias.
La cuestión central no consiste en negar la existencia del crimen organizado ni la necesidad de enfrentar sus consecuencias sociales, sino en examinar críticamente qué intereses acompañan la construcción de determinadas arquitecturas regionales de seguridad y cuáles son sus implicaciones para la soberanía de los Estados latinoamericanos.
La historia del continente demuestra que la doctrina de seguridad hemisférica ha sido utilizada en distintos momentos para legitimar intervenciones, golpes de Estado, operaciones contrainsurgentes y mecanismos de subordinación política. Por ello, toda nueva estructura hemisférica de seguridad debe ser examinada no únicamente por sus objetivos declarados, sino por las relaciones de poder que establece, los actores que la dirigen y las capacidades que concentra.
La preocupación adquiere mayor relevancia cuando las agendas de seguridad comienzan a converger con categorías ideológicas destinadas a identificar enemigos políticos.
IV. La disputa por la hegemonía mundial
La ofensiva estadounidense no puede explicarse únicamente por la política latinoamericana. Forma parte de una disputa internacional más profunda.
El mundo contemporáneo se encuentra atravesado por una transformación de la correlación de fuerzas. El ascenso económico, tecnológico y político de China; la persistencia de Rusia como potencia militar y energética; la consolidación de agrupamientos como los BRICS; y la búsqueda de mayores márgenes de autonomía por parte de distintos Estados del Sur Global cuestionan la estructura unipolar que predominó después de la desaparición de la URSS.
La competencia ya no se limita al control territorial. Se desarrolla alrededor de minerales críticos, cadenas de suministro, energía, tecnología, infraestructura, mercados financieros y posiciones geoestratégicas.
En este escenario, América Latina adquiere una importancia renovada. La disputa por recursos como litio, cobre, tierras raras, hidrocarburos y otros minerales estratégicos convierte al continente en un espacio de competencia entre proyectos de integración subordinada y proyectos de mayor autonomía.
De ahí que la política exterior estadounidense deba ser analizada simultáneamente en sus dimensiones económica, militar, política e ideológica.
V. México y la contradicción entre soberanía discursiva y dependencia estructural
Dentro de esta dinámica, México ocupa una posición particularmente compleja debido a la profundidad de sus vínculos económicos con Estados Unidos.
La ausencia mexicana de determinadas reuniones impulsadas por Washington no constituye, por sí misma, evidencia suficiente para afirmar una ruptura con la política estadounidense. La cuestión sustantiva debe buscarse en la estructura de las relaciones económicas, comerciales, financieras, migratorias y de seguridad que vinculan a ambos países.
La dependencia no necesariamente adopta la forma de una subordinación abierta. Puede expresarse mediante mecanismos institucionales, comerciales y financieros que condicionan el margen de decisión de un Estado.
En este sentido, la soberanía debe ser examinada no únicamente desde el discurso diplomático, sino desde la capacidad material de un país para tomar decisiones independientes.
El problema fundamental es, por tanto, la contradicción entre una narrativa política que reivindica la soberanía nacional y una estructura económica profundamente integrada y dependiente del mercado estadounidense. Esta contradicción limita objetivamente el margen de maniobra de cualquier gobierno mexicano, independientemente de su discurso político.
VI. El anticomunismo como política de clase
La vigencia del anticomunismo debe entenderse, finalmente, desde una perspectiva de clase.
El capitalismo no elimina las contradicciones sociales al transformar sus formas de acumulación. Por el contrario, genera permanentemente relaciones entre quienes poseen y controlan los medios de producción y quienes dependen de la venta de su fuerza de trabajo.
En momentos de crisis, las clases dominantes pueden recurrir a mecanismos de coerción más intensos para preservar las condiciones de reproducción del orden existente. Esto significa que todo régimen capitalista y que toda política de seguridad es fascista. Una caracterización rigurosa requiere analizar las condiciones históricas concretas, las instituciones, las formas de coerción, la relación entre Estado y clases sociales y el grado de supresión de las libertades políticas.
No obstante, sí resulta pertinente estudiar la creciente normalización de discursos autoritarios, militarizados y anticomunistas como parte de una transformación del campo político.
La experiencia histórica demuestra que el fascismo no surge exclusivamente como resultado de una doctrina previamente consolidada. Puede emerger como respuesta política de sectores dominantes frente a crisis profundas de legitimidad, acumulación y gobernabilidad, particularmente cuando los mecanismos ordinarios de dominación resultan insuficientes.
Por ello, el retorno de un discurso anticomunista agresivo no debe ser considerado un fenómeno anecdótico.
VII. Cuba y el símbolo de la resistencia
Dentro de esta confrontación, Cuba ocupa un lugar particular en la imaginación política latinoamericana.
Más allá de las valoraciones que puedan realizarse sobre el proceso cubano, su permanencia como Estado socialista constituye un hecho histórico de enorme relevancia. Su existencia demuestra que la desaparición del campo socialista europeo no significó la desaparición automática de experiencias políticas que reivindican el socialismo.
Por ello, Cuba continúa funcionando como un símbolo dentro de la disputa ideológica continental. Para el pensamiento revolucionario representa la persistencia de una alternativa histórica al capitalismo; para la política estadounidense constituye un problema geopolítico e ideológico cuya relevancia excede considerablemente sus dimensiones territoriales y económicas.
En este punto se encuentra una de las paradojas fundamentales del anticomunismo contemporáneo: cuanto más se afirma que el comunismo constituye una doctrina superada, mayor importancia política adquiere la necesidad de combatir sus expresiones existentes.
Conclusión: una nueva fase de la confrontación
La actual recuperación del lenguaje anticomunista y la construcción de categorías como “terrorismo de izquierda” deben ser estudiadas como parte de una transformación más amplia del sistema internacional.
No se trata simplemente del retorno mecánico de la Guerra Fría. El escenario contemporáneo es cualitativamente distinto: existe una mayor fragmentación del poder mundial, una competencia creciente entre potencias, una disputa por recursos estratégicos y una crisis de la hegemonía estadounidense que se expresa de manera diferenciada en Europa, Asia, Medio Oriente y América Latina.
En este contexto, Washington busca reconstruir mecanismos de influencia política, económica, militar e ideológica sobre el hemisferio occidental. El Shield of the Americas representa una de las expresiones institucionales de esta búsqueda de articulación hemisférica. La convocatoria internacional promovida por Rubio contra el denominado “terrorismo de extrema izquierda” representa, por su parte, una dimensión ideológica y securitaria de esa misma reorientación.
Desde una perspectiva crítica, el problema central no consiste solamente en determinar quiénes son incluidos dentro de la categoría de “terrorismo de izquierda”, sino en preguntar qué intereses de poder se encuentran detrás de esa definición, qué instituciones serán movilizadas para hacerla efectiva y cuáles serán las consecuencias para las organizaciones políticas, los movimientos sociales y los Estados que cuestionen la estructura de dominación existente.
La historia latinoamericana obliga a mantener una posición vigilante frente a cualquier intento de convertir conflictos políticos y sociales en problemas exclusivamente militares o de seguridad. La construcción de un enemigo ideológico puede servir para legitimar políticas que, bajo el lenguaje de la seguridad, terminen restringiendo derechos políticos, ampliando la militarización y reduciendo los márgenes de soberanía nacional.
En consecuencia, el desafío para las fuerzas democráticas, populares, progresistas, antiimperialistas y revolucionarias no consiste únicamente en responder discursivamente al anticomunismo. Requiere comprender las nuevas formas de dominación, estudiar objetivamente la transformación de la correlación internacional de fuerzas y construir alternativas políticas capaces de articular soberanía, justicia social, autodeterminación de los pueblos y cooperación internacional.
La disputa fundamental permanece abierta: no entre dos bloques idénticos a los del siglo XX, sino entre distintos proyectos de organización del poder mundial. El capitalismo continúa reproduciendo contradicciones estructurales y, mientras estas persistan, también persistirá la disputa por las alternativas históricas a su dominación.
En este sentido, el nuevo anticomunismo no debe ser interpretado como una simple anomalía ideológica del presente. Constituye, al menos potencialmente, un componente de la respuesta política de las fuerzas dominantes ante un mundo en transformación. Su estudio exige, por tanto, superar tanto la nostalgia de la Guerra Fría como la ilusión de que sus contradicciones desaparecieron con la caída de la URSS.
La historia no terminó. La lucha por definir el futuro de la humanidad continúa abierta



