“A la chingada” no es el problema. Es el síntoma.
La presidenta municipal de Guanajuato Samantha Smith dijo “a la chingada” para referirse a Morena. No me sorprende el vocabulario. Es México. “A la chingada” lo decimos todos. Lo que sorprende es el motivo.
Discutir si una alcaldesa panista puede decir “a la chingada” es perder el tiempo. Puede. Es mexicana. El problema nunca fue la moralidad de la palabra. El problema es para qué la usa, y por qué ahora.
Ella representa a un partido que enarbola las “buenas formas” y las “buenas costumbres”. Esa doble moral es marca registrada del PAN: indignarse por un mural, pero callar ante el caos en el que tiene sometida a la ciudad. Persignarse en público, pactar en privado. Por eso sorprende que se dé la licencia de mandar a Morena “a la chingada”. Pero solo sorprende si no vemos el fondo.
Las y los guanajuatenses mandamos a la chingada a la inseguridad. A la chingada los homicidios diarios. A la chingada la extorsión que cierra negocios. A la chingada los baches, las obras mal hechas, los empleos de 7 mil pesos. A la chingada los cierres de calles, la corrupción que se fotografía en eventos y se niega en declaraciones.
La alcaldesa mandó a la chingada a un partido político porque la criticaron.
Esa es la distancia entre la calle y el Palacio Municipal. Nosotros usamos la palabra para nombrar el hartazgo de lo que no funciona. Ella la usa para defenderse de lo que sí funciona: la oposición, la crítica, el escrutinio.
El “a la chingada” ciudadano es un grito. El “a la chingada” del poder es un privilegio. Es darse licencia para enojarse por un señalamiento y no por el 68.7% de los capitalinos vivimos con miedo de acuerdo con el INEGI. Ya no es percepción: es rutina. A la chingada las balaceras en Marfil. A la chingada las ejecuciones en El Edén. A la chingada los asaltos en la Subida del Molino y los cristalazos en Pozuelos. A la chingada tener que mandar ubicación en tiempo real para cruzar la ciudad de noche. La capital dejó de ser “tranquila”. Ahora es trinchera.
Negocios con 40 años bajaron cortinas en Embajadoras, Sopeña y Alonso. No por la pandemia. Por el cobro de piso.
A la chingada los que cobran por dejarte trabajar. A la chingada los que ven y no hacen. A la chingada el miedo que se volvió parte del costo fijo de emprender aquí. El “centro vivo” que presumen está muriendo en abonos.
En Las Teresas, Cerro del Cuarto, Pastita, Lomas del Padre, la gente junta agua en tambos desde hace 3 años. A la chingada bañarse con jícara. A la chingada lavar ropa en la madrugada porque “a esa hora sí cae”. A la chingada los pozos que inauguran y a los dos meses ya no dan litros. A la chingada pagar el recibo completo por un servicio a medias. Patrimonio de la Humanidad sin agua en la llave.
A la chingada esperar 40 minutos el camión en Yerbabuena. A la chingada los 45 minutos para subir de la Central a San Javier. A la chingada los choferes que no completan la ruta. A la chingada gastar el 40% del salario mínimo solo en ir y venir. A la chingada un sistema que trata al usuario como rehén, no como ciudadano. Moverte en la capital es un acto de fe.
A la chingada el tapanco en el Jardín Unión cada que hay festival. A la chingada las calles que abren en mayo, parchan en junio y se inundan en julio. A la chingada los 8 meses que tardaron en Paseo de la Presa para que quedara igual. A la chingada los accidentes en la subterránea que ocurren cada lluvia como si fuera tradición. A la chingada los ríos de basura presentes en todos los callejones.
A la chingada los semáforos inútiles que solo alteraron la calidad de vida con esos absurdos aumentos en los tiempos de trayecto. Aquí no hay planeación: hay ocurrencias con moño.
A la chingada el tapanco en el Jardín Unión cada que hay festival. A la chingada las calles que abren en mayo, parchan en junio y se inundan en julio. A la chingada los 8 meses que tardaron en Paseo de la Presa para que quedara igual. A la chingada el socavón de Tepetapa que sale cada lluvia como si fuera tradición. Aquí no hay planeación: hay ocurrencias con moño. A la chingada convertir la ciudad en escenografía para el turista y en calvario para el que la sostiene.
No pedimos presidenta municipal de lenguaje impecable. Pedimos autoridades con prioridades impecables. Que se encabronen con la misma fuerza por una fosa clandestina que por un grito de un ciudadano que ejerce el derecho a no estar de acuerdo con ella y el gobierno que representa.
Porque mientras ella manda a la chingada a un partido, hay familias en Guanajuato que ya están ahí. Sin empleo, sin seguridad, sin agua. Y llegaron sin que nadie en el poder los mandara: los mandó el abandono.
Si la palabra va a usarse desde el poder, que sea para lo importante. Para mandar a la chingada a la impunidad. A la chingada la violencia feminicida. A la chingada los moches.
Y ahora se les están agotando las formas.
Lo vimos después. Su equipo de comunicación intentó convertir el insulto en chiste. Lo hicieron meme. Lo volvieron caricatura. “Es irónica”, dijeron. “Es auténtica”. Es el manual de crisis cuando ya no hay defensa posible: si no puedes negar, celebra. Si no puedes explicar, distrae.
Pero hacer caricatura de tu propio insulto revela algo más grave: ya no hay narrativa. Un gobierno con fondo hace política pública. Un gobierno sin fondo hace contenido. Y cuando el contenido ya ni siquiera indigna, solo da pena.
La forma también se agota. Primero insultas. Luego te ríes. Luego nadie te escucha.
No es un tema menor.
Que una alcaldesa panista rompa su propio molde de “buenas costumbres” no es anecdótico. Es diagnóstico. Es el momento en que el personaje se come a la persona porque el guion ya no da para más. Es la señal de que el proyecto político está vacío y solo queda el ruido.
No nos concentremos en si está bien o mal que lo diga. Concentrémonos en por qué lo dice ahora. Lo dice porque de seguridad no puede hablar. De empleo no puede hablar. De agua no puede hablar. Entonces habla de un partido. Y cuando eso ya no jala, hace memes.
A la chingada no se fue a Morena. A la chingada se fue el fondo. Y ahora van por las formas.
A los ciudadanos nos toca recordar que “a la chingada” lo decimos nosotros cuando se acaba la paciencia. Ellos lo dicen cuando se les acaban las ideas.
Lo demás es politiquería. Y de esa, Guanajuato ya está hasta la chingada.



