Claudia Sheinbaum volvió a Guanajuato. Ya parece costumbre. Y volvió a reunirse con Libia Dennise.
No es casual. Guanajuato es uno de los estados más visitados por la presidenta. Es territorio PAN, es la joya que Morena quiere disputar y es donde gobierna una mujer con aspiración propia.
Pero en cada visita se repite la misma escena incómoda: la guerra de porras.
Es evidente que de ambos lados —por acción o por omisión— hay línea para activarlas. Nadie las frena. Nadie dice “aquí no”. Y el acto institucional se parte en dos: ¡Presidenta! ¡Gobernadora!
Porras contra porras. Como si fuera un duelo de popularidad en lugar de un acto de gobierno.
Y la incomodidad es toda para ellas. Sobre todo, para la anfitriona. Libia tiene que sonreír mientras le gritan a la presidenta en su casa. Y Sheinbaum tiene que sonreír mientras su gente le responde a la gobernadora.
En medio de eso, dos gestos que lo dicen todo.
El de Sheinbaum abrazando a Libia para pedir que la escucharan es políticamente generoso. Muestra a una presidenta segura. No necesitaba hacerlo, lo hizo. El de Libia de seguir hablando a pesar de los abucheos muestra a una mujer incómoda, pero firme. No se enganchó. Siguió.
¿Cuál es el mensaje de fondo? Que no compiten. Cada una tiene su espacio. Hay intereses partidistas, claro que los hay, pero hasta ahora ha funcionado la coordinación y la coexistencia institucional.
Y hay que reconocerlo: no se han confrontado. Han buscado tejer desde otra posibilidad. La de dos mujeres en el poder, cada una en su espacio, tendiendo puentes de entendimiento.
Pero ha habido descortesías innecesarias de ambos lados, y pesan. Y no pesan igual.
La más grave y desmedida vino de la propia gobernadora, cuando se sumó a un grito que descalificaba al partido que representa a la presidenta. No fue su equipo, fue ella. Un error grave para la línea política que ella misma había trazado. Porque cuando eres anfitriona de la presidenta de todas y todos, no puedes celebrar que se insulte a su movimiento.
Y hay que decirlo: hasta ese momento, del lado de Claudia no había habido reacción. No había porra orquestada contra Libia. Después, sí, vino el acarreo, la porra desmedida, el no cuidar las formas frente a la gobernadora en su propio estado. También es una descortesía, pero ya como respuesta, no como origen.
Públicamente, ambas guardan las formas, y lo hacen bien. Porque el mensaje que intentan mandar es más potente que cualquier porra: dos mujeres en el poder pueden concurrir, coordinarse y disentir sin destruirse.
A la presidenta le quedan tres años. Hay consenso sobre ella: serenidad y formas cuidadosas. No necesita aplaudidores para validarse.
Libia es otra historia. Es gobernadora y seguramente tendrá otras aspiraciones. Hoy tiene que gobernar Guanajuato con mucho cuidado y atender algo esencial: ¿cuál es el sello de un liderazgo femenino?
Definitivamente no es incentivar a los aplaudidores.
Si algo distinguió a Libia siempre fue su serenidad. Hoy tiene que quedar claro que la que manda es ella y que manda desde esa serenidad. No desde el grito de su porra.
El problema son los alrededores. Los equipos que calientan. Los que creen que quedar bien con su jefa es gritar más fuerte que los otros.
Guanajuato no necesita una guerra de porras. Necesita la inteligencia de dos mujeres que entendieron que el país y el estado no se pueden dar el lujo de pelearse otros seis años.
La pregunta no es si ellas pueden coordinarse. Ya demostraron que sí.
La pregunta es si sus equipos lo entendieron también.



