“Pensó que debía ser como surfear; había que tomar la ola en el momento exacto y aprovechar el impulso. De otro modo, la fuerza del mar, lo revuelca a uno.” Isabel Allende
“Uno puede fingir muchas cosas, incluso la inteligencia, lo que no se puede fingir es la felicidad.” Jorge Luis Borges
“Existo… En miles de agonías — existo. Fiódor Dostoyevsky
“Estoy sola, pero no todo el mundo es suficiente. No sé por qué, algunas personas llenan los vacíos y otras enfatizan mi soledad. En realidad, los que me satisfacen son aquellos que simplemente me permiten vivir con mi “idea de ellos.” Anaïs Nin
“Cada día tengo más claro que no se puede ser feliz en la tierra, más que en la medida en que uno se aleje de las cosas y se acerque a sí mismo.” Jean Jacques Rosseau
“Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino.” Gabriela Mistral
“Lo más difícil, creo, es vivir intensamente en el presente, sin dejar que lo mancille o estropee el temor al futuro o los remordimientos por un pasado mal llevado.” Sylvia Plath
“Tu personalidad es tu destino.” Heráclito
“Los recuerdos tardan mucho en desaparecer. Pero nada es suficiente para que vuelvan: una voz, un sonido, una imagen, un perfume, un olor. Giorgio Faletti
“Aquellos que llevan flores en su equipaje no sienten el peso de la vida.” Edna Frigato
“Uno siempre está sólo… pero a veces está más sólo.” Idea Vilariño
“Sufrir es la manera de estar activo sin hacer nada.” Emil Cioran
“La vida pertenece a aquellos individuos raros y excepcionales, que se atreven a ser diferentes.” Oscar Wilde
“Todos nosotros, entre las ruinas, preparamos un renacer. Pero pocos lo saben.” Albert Camus
“En marzo me sentiré descansada, arrebatada y humana.” Sylvia Plath
“Hay una gran diferencia entre haz lo posible y hazlo posible…” CW
“Las mujeres que se comportan bien, rara vez hacen historia, porque los cambios verdaderos nacen de quienes se atreven a romper las reglas impuestas por la costumbre.” Laurel Thatcher Ulrich
Lo deseado, aquello que se anhela o se echa de menos, remite directamente a hablar de los anhelos. En filosofía, desiderata se refiere a una lista de requisitos, ideales, virtudes o metas orientadas a alcanzar una vida plena, la paz interior y la felicidad; es decir, una guía ética para el buen vivir.
Cada época tiene sus valores, que se jerarquizan sobre la base material de la organización social de la producción y sobre la superestructura cultural e ideológica. En ese entramado se configura la manera en que las personas viven o sobreviven.
Ahí surgen dilemas que colocan a los seres humanos frente a disyuntivas humanistas o existenciales, como aquella que dicta: “Si haces lo que necesitas, estás sobreviviendo; si haces lo que quieres, estás viviendo”. Se trata de una contradicción que no se resuelve desde la voluntad individual y que solo adquiere dimensión y profundidad desde la conciencia de sí, y desde la conciencia de ser y de estar en el mundo.
En el plano personal, todos y todas buscamos la felicidad —experiencia, sensación, emoción y sentimiento— que se persigue en la lógica de la espera y mediante un deseo proyectado en el otro, en los otros. La felicidad es un bien que solo existe en los hechos y en relación con los demás. Jorge Luis Borges decía que la felicidad se parece más a la tranquilidad, y la tranquilidad se construye; es decir, se crean condiciones para sentirnos seguros y seguras, con ciertas certezas, pero también dispuestos a vivir lo que la vida trae en sus manos.
Keanu Reeves expresó: “Mi vida entera se puede resumir en una frase: Nada salió como había planeado, y está bien. He aprendido que la vida no sigue un guion perfecto, que siempre habrá giros inesperados, pérdidas y sorpresas. Pero en cada desvío encontré algo valioso: crecimiento, amor, lecciones. Aceptar lo inesperado es parte del viaje, y eso es lo que realmente nos hace avanzar”.
Entender lo que implica la incertidumbre y vivir desde la perspectiva de la complejidad —esa que concibe la vida como un todo indivisible— supone reconocer que no podemos comprender la realidad únicamente desde la parcialidad.
Aislar elementos, conceptos, categorías y unidades constituye un método particular para conocer, pero no permite comprender los procesos humanos y naturales con todas sus implicaciones, relaciones y consecuencias. Ese es uno de los mayores desafíos humanos: el reto y el compromiso de intentar comprender el mundo que nos tocó vivir, con todas sus contradicciones, representaciones y absurdos.
Ana Beck escribió que “la manera en que las personas se expresan es muy reveladora. Las palabras que escogen, los ejemplos que usan y cómo construyen sus argumentos son el resultado de un largo proceso de arquitectura de identidad, asimilación de valores y socialización; son el resultado del poder al cual han sido expuestos a lo largo de sus vidas”.
Asumir, de alguna manera, el proceso del autoconocimiento personal es integrar y aceptar que somos una construcción social circunscrita a un contexto y una cultura particulares; es reconocer que poseemos una cosmovisión única en la que la desiderata que podemos enunciar se convierte en un elemento singular y subjetivo que invita a expresar de manera explícita cuáles son los valores y principios morales en los que creemos, y cuál es nuestra postura ante la reflexión ética. Todo ello como un anhelo profundamente humano —desde la honestidad— de responder con conciencia social, dignidad, inteligencia y compromiso a los diversos problemas que enfrentamos, a las dudas y a la certeza de nuestra finitud.
Zygmunt Bauman, sociólogo y pensador de la modernidad, escribió en su libro Amor líquido acerca de establecer relaciones humanas: “Estar en una relación significa un montón de dolores de cabeza, pero sobre todo una perpetua incertidumbre. Uno nunca puede estar verdadera y plenamente seguro de lo que debe hacer, y jamás tendrá la certeza de que ha hecho lo correcto o de que lo ha hecho en el momento adecuado”.
Pensar en expresar nuestra desiderata es también reconocer, como dijo Humberto Maturana, que “nuestro problema como sociedad es que no conversamos. No conversamos porque tenemos ideologías, estamos aferrados a cierto modo de pensar y no reflexionamos”.
A veces estamos tan inmersos en la cotidianidad, en el hacer, en la productividad, en el trabajo, en generar dinero o simplemente en buscar la subsistencia, que lo importante se olvida, se deja en segundo plano, se pospone.
Idealizamos entonces la felicidad y la concebimos como un todo, aunque esta, como escribió Ernesto Sabato, “se da en pedazos, por momentos. Cuando uno es chico espera la gran felicidad, alguna felicidad enorme y absoluta. Y a la espera de ese fenómeno, se dejan pasar o no se aprecian las pequeñas felicidades, las únicas que existen”.
En esta posibilidad de pensar y desear lo que no se tiene —como sociedad humana— habría que incluir en la lista cosas que hoy parecen difíciles de alcanzar: eliminar el hambre; garantizar educación y salud para todas y todos; proporcionar vivienda y seguridad; erradicar las violencias contra niñas y mujeres; detener las guerras; hacer que la experiencia, la historia, el bien común, la justicia social y la inteligencia sean los criterios para gobernar; y comenzar a respetar al planeta, resarcir los daños causados a la naturaleza. Y entre todo eso —que es un anhelo— también dar cabida a la comunicación, a la esperanza, al amor, a la amistad, a la bondad, a la solidaridad y a la libertad.
Estamos en un momento de la historia de la civilización que reclama formular una desiderata personal y, a la vez, construir una colectiva: un guion que abra espacio a la utopía de la fraternidad y a la viabilidad de que los seres humanos podamos continuar en la Tierra.
Emil Cioran escribió: “La vida es realmente interesante y atractiva porque, por debajo de todo, no tiene sentido. Y, a este respecto, yo doy siempre este ejemplo: uno puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como un nihilista, y sin embargo caer enamorado como el más grande de los idiotas. Esta imposibilidad teórica de la pasión, que la vida real no cesa de burlar, hace que la vida tenga cierto encanto, indiscutible, irresistible. Uno sufre, uno se ríe de sus sufrimientos, uno hace lo que quiere, pero esta contradicción fundamental es quizá, finalmente, lo que hace que la vida valga aún la pena de ser vivida”.
Fiódor Dostoievski escribió: “El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que, mirándolo, no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como este pueda vivir tanta gente violenta y caprichosa?”.
Habrá que escribir entre todos y todas, una desiderata que declare el deseo lograr tener vida en plenitud, y que haga posible por fin, el poder vivir sin miedo.





