“Tengo otro deber igualmente sagrado (que la responsabilidad): mi deber conmigo mismo.” Henrik Ibsen
“No se debe temer a la muerte sino a la vida vacía.” Bertolt Brecht
“Tenemos que reír. Porque la risa, ya lo sabemos, es la primera evidencia de libertad.” Rosario Castellanos
“La sonrisa de un niño es un amanecer con luz propia que se extiende por el ancho mar de la vida.” Olga Sain
“Hay días en que el silencio es necesario para reordenar los pensamientos, para darle al corazón tiempo para encontrarse a sí mismo.” Floriana Antonelli
“Que el sueño valga el desvelo.” Genaro Falen
“He aprendido a no intentar retener lo que se va. Pero no he aprendido a dejar ir sin que duela.” Alejandra Pizarnik
“No cedas; no bajes el tono, no trates de hacerlo lógico, no edites tu alma de acuerdo a la moda. Mejor sigue sin piedad tus obsesiones más intensas.” Franz Kafka
“Solo cuando eres extremadamente flexible Y suave, puedes ser extremadamente duro y fuerte.” Proverbio budista
“Todos los cambios, incluso los más deseados, acarrean cierta melancolía, porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos. Pero hay que morir en una vida antes de nacer en otra.” Anatole France
“La paciencia es una virtud calumniada, quizá porque es la más difícil de poner en práctica.” Sigrid Undset
“Amar es un acto de entrega total, de desnudar el alma y mostrar todas las partes de uno mismo, incluso las más oscuras y dolorosas, con la confianza de que la otra persona las aceptará y las amará también.” Isabel Allende
“No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse.” Hermann Hesse
“Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por las cosas que no lloró en su debido momento.” Mario Benedetti
“Todas las personas más duras y frías que conoces alguna vez fueron tan dulces como el agua. Y esa es la tragedia de la vida.” Iain S. Thomas
“Amar a otro es algo semejante a una plegaria y no puede ser planeado, solo caes en sus brazos porque tus creencias desarman tu incredulidad.” Anne Sexton
“Es la obsesión por las posesiones, más que cualquier otra cosa, lo que nos impide vivir con libertad y nobleza.” Bertrand Russell
“Allí donde no le entiendas, en los espacios blancos, en los huecos, pon: Te quiero.” Elena Poniatowska
Estamos en un parteaguas de época: una crisis civilizatoria que confirma la torpeza de quienes conducen el mundo material en lo económico y se empeñan en sostener estructuras que reproducen la desigualdad. Han creado el momento de mayor concentración de la riqueza y del poder en unas cuantas decenas de personas.
La fragilidad de los ecosistemas aumenta con la acción humana, impulsada por intereses económicos incapaces de prever las consecuencias en el futuro inmediato. Lo que autorizan Trump y Milei en sus países es la devastación del medio ambiente, con los argumentos más pobres jamás esgrimidos y con un cinismo que raya en la torpeza propia de la ignorancia y de la avaricia sin escrúpulos.
Es posible creer en el mundo; es posible imaginar que podemos rescatar lo humano y restablecer una nueva relación entre los seres humanos y la naturaleza. Podemos aspirar a instalar una ética planetaria, como lo han propuesto Hans Küng, Edgar Morin y Humberto Maturana. Sin duda, este es el mayor desafío humano que enfrentamos y también una de las tareas principales del pensamiento crítico y del humanismo, junto con el arte en todas sus expresiones y la capacidad de tomar conciencia de lo que sucede en la sociedad contemporánea.
No se trata de impulsar una utopía ciega ni de caer en la falacia de una fe religiosa ingenua, sino de generar una acción social ética y política frente a la pérdida de sentido, el vacío existencial y, sobre todo, las formas de control y dominación que organizan la vida cotidiana. Creer en el mundo implica resistir la negación de la experiencia y, al mismo tiempo, crear condiciones para que algo nuevo pueda suceder y revertir el fracaso de nuestra sociedad planetaria.
En este sentido, Deleuze afirmó:
“Creer en el mundo es lo que más nos falta; perdimos el mundo: nos lo quitaron. Creer en el mundo es también suscitar acontecimientos, aunque pequeños, que escapen del control, o entonces hacer nacer nuevos espacio-tiempos, incluso de superficie y volumen reducidos… Es en el nivel de cada tentativa que son juzgadas la capacidad de resistencia o, al contrario, la sumisión a un control.”
En el plano humano, en lo singular de cada persona, comprender que el miedo ha sido la fórmula para sostener las prácticas de dominación y explotación nos llevaría a revisar cómo actúa la ideología y cómo opera el sistema de representaciones sociales y culturales. Este sistema lleva, por ejemplo, a que los dominados, los explotados y los pobres defiendan y sostengan a las élites que abusan del poder, incluso idolatrándolas. El miedo se mantiene presente para evitar los cambios.
Rainer Maria Rilke escribió:
“Pero el miedo a lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo; la relación entre seres humanos también se ha visto limitada por él, como si la hubieran sacado del cauce de un río de infinitas posibilidades y la hubieran depositado en un lugar baldío en la orilla, donde nada sucede. Porque no es solo la inercia la responsable de que las relaciones humanas se repitan una y otra vez, indescriptiblemente monótonas e irrenovables: es la timidez ante cualquier experiencia nueva e imprevisible que uno no se cree capaz de afrontar. Pero solo quien está dispuesto a todo, quien no excluye nada, ni siquiera lo más enigmático, vivirá la relación con el otro como algo vivo y extraerá de su propia existencia todo lo que pueda.”
Creer en el mundo es también aceptar nuestra propia historia y comprender los mecanismos de construcción de la sociedad, de sus valores y condiciones. Ser seres sociales implica reconocer que aprendemos dentro de las estructuras económicas, interiorizamos conductas y avalamos creencias que no se cuestionan, que se normalizan y se viven como hechos naturales inmodificables.
En Un mundo feliz, Aldous Huxley escribió:
“Nuestra sociedad occidental contemporánea, a pesar de su progreso material, intelectual y político, ayuda cada vez menos a la salud mental y tiende a socavar la seguridad interior, la felicidad, la razón y la capacidad para el amor del individuo; tiende a convertirlo en un autómata que paga su frustración como ser humano con trastornos mentales crecientes y una desesperación que se oculta bajo un frenético afán de trabajo y supuestos placeres.”
Estamos atrapados en la idea de progreso tecnológico y en las destrezas de la ciencia. Más aún ahora, con la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en la vida cotidiana, se crea una paradoja de pereza cognitiva: una renuncia al esfuerzo intelectual y la pérdida de prácticas que han sustentado el desarrollo humano, incluida la invención de la propia IA. Leer, escribir, razonar aritméticamente —desarrollar el pensamiento abstracto, usar la lógica, manejar el tiempo— son capacidades que sostienen la comunicación, la socialización desde el respeto y la dignidad, y la construcción de vínculos socioafectivos satisfactorios.
Creer en el mundo es también darnos a la tarea de construirlo con los demás. Implica tener los arrestos y la energía de soñar despiertos, revertir las lógicas del poder patriarcal y transformar las formas de convivencia para vivir mejor. Significa ser capaces de poner la inteligencia como valor humano en la toma de decisiones, integrando la historia de la humanidad para aprender con conciencia ética, con visión ecológica, planetaria y hasta cósmica.
No hay ruta definida ni camino único; lo cierto es que el tiempo se agota. Los límites del desarrollo han marcado la frontera, el punto de no retorno, y no queremos aceptarlo. El colapso civilizatorio está a la vuelta de la esquina. Habrá que hacer nuestras las palabras de Giorgio Faletti, porque no hay de otra si queremos creer en el mundo:
“Pero el coraje también era eso. Era la conciencia de que el fracaso seguía siendo el resultado de un intento. Que a veces es mejor perderse en el camino de un viaje imposible, que no irse nunca.”
Y también las palabras de Ingmar Bergman:
“Nuestro tiempo en este mundo es muy corto y no podemos dar marcha atrás. No hagan como yo, que aprendí tarde y estoy solo. Aprovéchenlo al máximo. Pidan perdón a tiempo, amen todo lo que puedan. El pasado no se puede cambiar. La mayoría de las oportunidades no vuelven jamás.”
Creer en el mundo es creer en un yo y en un nosotros. Se necesita sentir el mundo, abrir los ojos, la mente y el corazón. Se necesita aceptar que lo que sucede con los seres humanos duele, que hay hechos inaceptables, y que desde la inconformidad debemos recuperar la conciencia social mientras construimos un nuevo mundo posible.
Gaba Robin dice:
“Cotizo mi silencio. Veo gente muy aturdida sin poder sentir el ruido de su propio corazón. Sin suprimir ni agregar se puede cambiar la perspectiva de la existencia. La vida fue y será un caos, hay que aprender a armarse una cueva íntima en medio de esto. Hay que aprender a cuidarse de los ladrones externos y de los ladrones emocionales, que también te dejan en bolas y que también te cuesta mucho recuperar lo perdido: la sonrisa, las ganas, las lágrimas, las heridas que cuesta coser, soldar o cicatrizar. Hay que dejar de pedir consuelos mágicos.”
Hago mías las palabras de Laura Redondo Sánchez:
“No soportaría habitar el mundo de lo posible. Vivo en lo inalcanzable, me mueve aquello que me conduce a provocar la ruptura de mis límites, revivo en la idea de lo desconocido, de lo etéreo, de lo sublime. No me conformo con menos que morir siendo yo y habiendo vivido sin caer en la mediocridad de ceder un ápice ante nada ni nadie. No soportaría dar tristemente por cierta la errónea idea de que lo improbable es imposible.”
Y tal vez podamos empezar a creer en el mundo si compartimos la literatura y la poesía:
“He visto poemas salvar vidas sin que lo supieran, ni los poemas ni las vidas.” Eduardo Milán
Víctor Hugo escribió:
“Te deseo primero que ames, y que, amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que, si es, que sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas.
Y que, entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil, mas no insustituible. Y que, en los momentos malos, cuando no quede más nada, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante, no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que, haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no madures demasiado deprisa, y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que influyan en nosotros.
Te deseo de paso que estés triste, no todo el año, sino apenas un día. Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal, porque de esta manera, te sentirás bien por nada.
Deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuántas vidas está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico. Y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero frente a ti y digas: “Esto es mío”, sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.
Te deseo también que ninguno de tus afectos muera, pero que, si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que, siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estén exhaustos y sonrientes, hablen sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo más nada que desearte.”



