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Con eso del tiempo actual

“Solo una cosa le hacía falta para ser tan única como un girasol, dejar de mirar hacia el lado equivocado, dar la espalda a la oscuridad que opacaba su belleza y dejar entrar la luz del sol a su interior.” Tapia
“Usted es una de las pocas razones por las que estoy contento de haber vivido en este tiempo.” Julio Cortázar
“A veces la vida cruza en tu camino cosas maravillosas, que no buscas y sin embargo encuentras. En tu mano está entonces aprender a valorarlas como se merecen. A veces se trata de personas, a veces de pequeñas cosas, a veces momentos fugaces.” Ángela Becerra
“Conmoverse no significa necesariamente llorar. Conmoverse significa moverse junto con las cosas, teniendo el mismo ritmo, el mismo paso, el mismo pulso.” Pierluigi Cappello
“El amor más grande nunca será aquel que se puede expresar mediante palabras limpias y dulces. El amor más grande tampoco será aquel que se expresa frotando suavemente una mano contra otra. El amor más grande es aquel que no puede expresarse, del que ni siquiera se puede hablar.” Fernando Pessoa
“No siempre los sueños van pegados a los recuerdos y mucho menos a la realidad, a veces se quedan en una noche, en un recuerdo vagó y en lo más profundo de la mente, cómo sí al final solo fueran fantasías cubiertas de realidades inexistentes de deseos vanos.” L.
“Las personas, simplemente, aman o no aman. Los que aman, lo harán siempre a todas horas, intensa y apasionadamente. Los que no aman, jamás se elevarán ni un centímetro del suelo. Hombres y mujeres grises, sin sangre.” Chavela Vargas
“La única manera de que no te atrapen la monotonía, la apatía y la tristeza, es adelantarse en el camino y dejarlas atrás. Y aunque una copa ayuda, lo único que hay tener claro es que no hay destino, sino que es uno mismo quien lo labra.” Jack Kerouac
“No sabes bien si la vida es un viaje, si es un sueño, si es la espera, si es un plan que se desarrolla día tras día, y no te das cuenta si no mirando hacia atrás. No sabes si tiene sentido. En ciertos momentos, el sentido no cuenta. Cuentan los lazos.” Jorge Luis Borges
“Aunque algo quede sin hacer, todos debemos tomarnos un tiempo para sentarnos en calma y observar cómo cambian las hojas.” Elizabeth Lawrence
“La verdadera forma de vivir es disfrutar de cada instante a medida que pasa; sin duda, la belleza de la vida reside en las cosas cotidianas que nos rodean.” Laura Ingalls Wilder
“El cerebro puede seguir consejos, el corazón no. Y el amor, al no tener geografía, no conoce fronteras.” Truman Capote
“Uno tiene que ir muy lejos, para saber hasta dónde se puede ir.” Heinrich Böll
“¿Quiénes somos, quien es cada uno de nosotros, sino una combinación de experiencias de información, de libros leídos, de cosas imaginadas? Italo Calvino

La edad que uno va acumulando no son solo los días y las horas transcurridas, ni los meses o los años. Tal vez consiste en comprender la paradoja de que el tiempo no se detiene, mientras nosotros nos aferramos a reunir recuerdos, objetos y evidencias de nuestra presencia en el mundo. Nos importa saber si hemos sido importantes para alguien, si nos han amado, si hemos habitado sus pensamientos y su corazón, y si hemos sido capaces de amar con todo lo que ello implica. El verdadero desafío es, como escribió Fernando Pessoa, amar y estar presentes en el día a día de la vida:

“Yo amo lo que fue. Todo lo que ya no es. El dolor que ya no me duele, la antigua y errónea fe, el ayer que dolor dejó, el que dejó alegría sólo porque fue, y voló y hoy es ya otro día”.

Son tiempos difíciles de comprender. Hay muchas preguntas, y las respuestas parecen encontrarse en la lógica de la acumulación de la riqueza sin escrúpulos y en la evidencia de que la humanidad no ha aprendido todavía a gobernarse desde la pluralidad, la justicia social y la equidad.

Vemos cómo las ideologías atrapan al mundo, particularmente el resurgimiento de expresiones fascistas que se sostienen en creencias desprovistas de argumentos, en mitos construidos para perpetuar una pedagogía del miedo, en el control de narrativas falsas y en la negación de la historia.

Estos días, marcados por revueltas sociales protagonizadas por jóvenes en distintos países, dejan en claro que vivimos un reordenamiento geopolítico atravesado por intereses principalmente económicos. En este contexto, numerosos gobiernos de la Unión Europea han incrementado los recursos destinados al gasto militar y a la preparación para la guerra, sacrificando recursos que antes fortalecían el bienestar social: educación, salud, vivienda, transporte y programas dirigidos a la infancia, las personas mayores, las pensiones y las jubilaciones. También se han debilitado las acciones orientadas a enfrentar la pobreza, la migración, la marginación y la exclusión social. Todo ello ocurre en paralelo con la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y el crecimiento del desempleo.

Las expresiones de inconformidad social ocupan su lugar pese a la dureza de las acciones represivas de muchos Estados y al uso excesivo de la fuerza. La confrontación social surge como una respuesta frente a un poder que, aun teniendo la obligación de garantizar los derechos sociales y humanos de los pueblos, continúa subordinado a lógicas impuestas por corporaciones y élites económicas supranacionales. Estas buscan asegurar la máxima rentabilidad y la explotación de los recursos naturales, sin consideración ética alguna por la calidad de vida de las personas ni por la preservación de la naturaleza.

A veces, sin ser ajenos a la realidad, lo que nos queda es librar la lucha en el plano individual y, al mismo tiempo, en el colectivo, para transformar las circunstancias sociales en favor de la humanidad en su conjunto. No se trata de parcializar, fragmentar o aislarnos de los contextos sociales en los que estamos insertos, sino de asumir nuestra responsabilidad histórica frente a ellos.

Jorge Ratia reflexiona sobre la necesidad de recuperar un humanismo urgente desde la conciencia social:

“Nos hemos convertido en la generación que menos escucha y que más opina. También en aquella que se encierra en su burbuja intelectual y toma decisiones basándose en creencias previas, a pesar de la ingente información que la era digital ha puesto a nuestra disposición. El diálogo crea un fuerte vínculo de cooperación: estamos dispuestos a escuchar y a ser escuchados, a confesar las profundidades de nuestro pensamiento y a comprender las de nuestro interlocutor. En definitiva, a entender lo que significa ser humanos.”

Es cierto, como escribió Albert Camus, que existe una verdad que se vuelve más evidente con el paso de los años y que reivindica nuestra singularidad como personas:

“Cuánto más envejezco, más me doy cuenta que sólo se puede vivir con los seres que nos liberan, que nos aman, con un afecto tan ligero de llevar, como fuerte de sentir. La vida de hoy es demasiado dura, demasiado amarga, demasiado debilitadora como para soportar, además, el sometimiento de parte de quienes amamos.”

Sentir la vida y otorgarle valor a partir de lo que pensamos y experimentamos, desde una conciencia sentipensante, puede reafirmar nuestra dignidad como seres humanos. Implica reconocer el valor de la vida, de lo simple y de lo real; de aquello que poco a poco hemos dejado de ver, de sentir, de comprender y de apreciar. Como señaló Jiddu Krishnamurti:

“Es muy importante salir solo, sentarse bajo un árbol, no con un libro ni con un compañero, sino solo, y observar la caída de una hoja, oír el chapoteo del agua, el canto de los pescadores, observar el vuelo de un pájaro y observar tus propios pensamientos mientras se persiguen por el espacio de tu mente. Si logras estar solo y observar estas cosas, descubrirás riquezas extraordinarias que ningún gobierno puede gravar, ninguna agencia humana puede corromper y que jamás podrán ser destruidas.”

Solo desde el ejercicio de la libertad de conciencia y del pensamiento crítico podemos construir posibilidades para una vida mejor y para un mundo mejor. Se trata de abandonar la resignación, la anomia social y la falta de compromiso con los demás, y de asumir la rebeldía como una condición necesaria para transformar las estructuras injustas e inhumanas mediante las cuales la sociedad de mercado ha colonizado la vida y las conciencias.

En la dualidad propia de la experiencia humana, comprender el cambio implica aceptar que nada es para siempre. La poeta Sylvia Plath escribió:

“En todas partes, perceptible o imperceptiblemente, las cosas pasan, terminan, desaparecen. Y habrá otros veranos, otros conciertos, pero jamás será este, nunca más, nunca será como ahora. El año que viene no seré la misma de ahora; por eso me río de lo perecedero, de lo efímero. Me río, pero al mismo tiempo, como una niña con sus juguetes, me aferro y abrazo tiernamente unos cristales rotos, el agua que se escurre a través de mis dedos”.

Con esto del tiempo actual, comprender nuestra necesidad de seguir haciendo historia, una social y otra individual, supone narrarnos mediante las palabras, utilizar el lenguaje para dar sentido a las decisiones y compromisos que asumimos en la vida. Como lo describió Massimo Recalcati:

“Las palabras están vivas, entran en el cuerpo, perforan el vientre: pueden ser piedras o pompas de jabón, hojas milagrosas. Pueden hacer que nos enamoremos o herirnos. Las palabras no son sólo medios para comunicar, ni sólo un vehículo de información, sino cuerpo, carne, vida y deseo. No utilizamos simplemente las palabras; estamos hechos de palabras, vivimos y respiramos en ellas.”

Charlotte Gray expresó una idea que resume la huella que dejamos en los demás:

“Nunca pienses que has desperdiciado tu vida. Nunca sabrás las vidas que has tocado, las puertas que abriste, el consuelo que has dado. Una bondad irreflexiva, una palabra o una sonrisa pueden haber cambiado una vida para siempre. Lo bueno nunca se pierde.”

Cuidar lo que se dice es también una obligación ética. Implica pensar nuestras palabras y hacernos responsables de los efectos que producen. Haruki Murakami plantea una pregunta que merece acompañar a cada persona a lo largo de su existencia:

“He visto innumerables veces cómo personas “sensibles” herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a personas “francas y sinceras” esgrimir, sin darse cuenta, las excusas que más les convenían. He visto cómo personas que “leían el pensamiento de la gente” eran engañadas por los halagos más burdos. Todo ello me lleva a pensar: ¿qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?”

Con esto del tiempo actual, resulta pertinente asumir la reflexión de Peter A. Levine:

“He llegado a la conclusión de que los seres humanos nacen con una capacidad innata para superar el trauma. Creo no solo que el trauma es curable, sino que el proceso de sanación puede actuar como catalizador de un profundo despertar: un portal que se abre hacia una transformación emocional y espiritualmente auténtica. No me cabe duda de que, como individuos, familias, comunidades e incluso naciones, tenemos la capacidad de aprender a sanar y a prevenir gran parte del daño causado por el trauma. Al hacerlo, aumentaremos considerablemente nuestra capacidad para alcanzar tanto nuestros sueños individuales como los colectivos.”

La experiencia del tiempo termina por revelar que la historia no solo ocurre en los grandes acontecimientos políticos, económicos o culturales, sino también en las decisiones cotidianas de cada persona. La manera en que amamos, escuchamos, acompañamos y participamos en la vida colectiva constituye una forma concreta de intervenir en el mundo y de dotar de sentido nuestra existencia.

Frente a un presente atravesado por la incertidumbre, las desigualdades y las tensiones sociales, resulta imprescindible recuperar la capacidad de pensar críticamente, dialogar con los otros y sostener una ética basada en la dignidad humana. La defensa de la justicia social, de la solidaridad y de la conciencia colectiva sigue siendo una tarea vigente que exige compromiso, sensibilidad y responsabilidad.

Quizá, al final, vivir nuestro tiempo consista en aprender a habitarlo con lucidez y esperanza. Reconocer la fragilidad de aquello que somos no significa renunciar a la transformación; por el contrario, implica asumir que cada palabra, cada acto de cuidado y cada gesto de humanidad forman parte de una historia más amplia que nos trasciende. En esa tensión entre memoria, conciencia y porvenir radica la posibilidad de construir una sociedad más justa y una vida más plenamente humana.