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	<title>Velia María Áurea Hontoria Álvarez &#8211; Platino News</title>
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	<description>Siéntete Platino</description>
	<lastBuildDate>Sun, 16 Aug 2026 18:23:30 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Cuidar el futuro</title>
		<link>https://platino.news/cuidar-el-futuro/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 16 Aug 2026 18:23:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Esta semana falleció don Miguel Mancera Aguayo a los 93 años. No tuve la oportunidad de conocerlo y, por lo tanto, no tengo la pretensión de escribir sobre el hombre. Quiero, este domingo, hacer una reflexión sobre su legado y, sobre todo, sobre la importancia de las instituciones que ayudó a construir. Miguel Mancera dedicó [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Esta semana falleció don Miguel Mancera Aguayo a los 93 años. No tuve la oportunidad de conocerlo y, por lo tanto, no tengo la pretensión de escribir sobre el hombre. Quiero, este domingo, hacer una reflexión sobre su legado y, sobre todo, sobre la importancia de las instituciones que ayudó a construir.</p>
<p>Miguel Mancera dedicó prácticamente toda su vida profesional al Banco de México. Fue una figura fundamental en la construcción de su autonomía y, cuando esta entró en vigor en 1994, se convirtió en el primer gobernador del Banco de México autónomo.</p>
<p>Autonomía. Parece una palabra lejana y técnica, pero representa una de las decisiones institucionales más importantes para la estabilidad económica de nuestro país. Podríamos preguntarnos por qué debería importarnos si es tema de economistas, empresarios o funcionarios y que la labor del banco central poco tiene que ver con nuestra vida cotidiana. Y, ahí creo debemos puntualizar: la labor del Banco de México se hace presente en el día a día: cuando vamos al supermercado y nos alcanza o no para comprar lo de siempre; cuando intentamos ahorrar para una casa; cuando una familia hace cuentas para llegar a fin de mes, o cuando vemos que nuestro dinero pierde o conserva su poder adquisitivo -es decir vale  lo mismo hoy que dentro de diez años-</p>
<p>Ahí radica la  relevancia de un banco central: procurar la estabilidad del poder adquisitivo de nuestra moneda. Porque cuidar el valor del dinero significa defender el fruto del trabajo y del ahorro de millones de mexicanos.</p>
<p>Miguel Mancera habló de “la estabilidad como prerrequisito del desarrollo”. La idea conserva toda su vigencia pues sería  muy difícil construir el futuro si familias y empresas no tienen una certeza razonable sobre cuánto valdrá mañana el dinero que hoy ganan, ahorran o invierten.</p>
<p>Quienes vivimos las crisis de los años setenta y ochenta sabemos bien lo que sucede cuando la política monetaria queda subordinada a necesidades financieras o políticas de corto plazo. México conoció devaluaciones, inflación descontrolada y periodos en los que los ahorros y el patrimonio de las familias se esfumaron rápidamente.</p>
<p>Por eso la autonomía del Banco de México no nació de una ocurrencia. Surgió de las dolorosas lecciones que dejaron aquellas crisis y de la necesidad de contar con una institución capaz de tomar decisiones técnicas e independientes, con la mirada puesta no solo en las urgencias del presente, sino también en la estabilidad del futuro.</p>
<p>La economía requiere confianza y certidumbre de largo plazo para invertir, abrir un negocio, generar empleo, adquirir una vivienda o simplemente trabajar y ahorrar con tranquilidad. Para ello, necesitamos saber que ciertas reglas fundamentales no cambiarán arbitrariamente según las necesidades políticas del momento.</p>
<p>Por eso, la independencia de un banco central no es una postura en contra del gobierno. Todo lo contrario: una institución independiente protege incluso a los propios gobernantes de la tentación de resolver un problema inmediato mediante decisiones que pueden generar una crisis mañana. Pero, sobre todo, nos protege a nosotros.</p>
<p>Cuando se defiende la estabilidad monetaria, se protege algo mucho más concreto que una cifra,  se resguarda el salario ganado, el ahorro de toda una vida, la jubilación y el patrimonio que cada familia intenta construir.</p>
<p>Miguel Mancera entendió algo clave: la responsabilidad no consiste solo en resolver los problemas del presente, sino en evitar que las decisiones de hoy se conviertan en los problemas del mañana. Quizá ese sea el sentido más profundo de las instituciones sólidas: poner límites al presente para cuidar el futuro. Gracias, don Miguel. Descanse en paz.</p>
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		<title>Pensar ya no cotiza</title>
		<link>https://platino.news/pensar-ya-no-cotiza/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Aug 2026 16:09:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
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					<description><![CDATA[Hubo una época en que pensar marcaba la diferencia. No era quien respondía más pronto, ni quien lo sabía todo o publicaba primero; era quien pensaba mejor. Se valoraba la presencia de una mente brillante. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Se valoran los dedos ágiles que tocan la pantalla para responder a lo primero que [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hubo una época en que pensar marcaba la diferencia. No era quien respondía más pronto, ni quien lo sabía todo o publicaba primero; era quien pensaba mejor. Se valoraba la presencia de una mente brillante.</p>
<p>Hoy ocurre exactamente lo contrario. Se valoran los dedos ágiles que tocan la pantalla para responder a lo primero que exige la economía digital, esa que no paga por pensar, sino por reaccionar.</p>
<p>Entonces las conversaciones mueren antes de empezar.</p>
<p>—¿Sabías que Cleopatra&#8230;?</p>
<p>—No era así, mira, aquí dice que&#8230;</p>
<p>—Ah, claro. Pero&#8230;</p>
<p>Los oídos ya se habían ido a otra red.</p>
<p>Las grandes plataformas digitales descubrieron hace tiempo que la reflexión genera poca interacción y que la reacción inmediata resulta mucho más rentable; mientras que los impulsivos somos una mina de oro constante y sonante. Publicidad. Ofertas. Ropa. Información. Más información. «Déjamelo a mí. Tú paga, robotito».</p>
<p>¿Recuerdas la última vez que hiciste una reflexión de fondo? ¿Qué recuerdos conservas como auténticamente tuyos? ¿Los titulares que lees los contrastas o simplemente los repites? ¿Compartes noticias cuya veracidad desconoces? ¿Aceptas propuestas sin conocer sus consecuencias? ¿Has cambiado tu forma de vestir o de peinarte porque un influencer te convenció?</p>
<p>Me parece que hoy las plataformas ya no compiten únicamente por tu tiempo. Compiten por tu atención. Y, mientras tanto, consumen horas sin que apenas lo percibas. La vida sigue embelleciendo el mundo a tu alrededor, pero tus ojos permanecen cautivos de una pequeña pantalla.</p>
<p>Todo esto lo observé porque tengo la costumbre de mirar el teléfono antes de ducharme mientras pongo mi música favorita. Empiezo leyendo un mensaje. Después aparece otro. Luego un vídeo. Otro más. Y otro. ¡Ay, el baño! Casi me lo pierdo.</p>
<p>No sé exactamente cuándo ocurrió, pero un día comprendí que el teléfono estaba entrando demasiado en mi vida. Noté que mis apreciaciones se volvían más rápidas y menos razonadas.</p>
<p>¿De verdad diez mil «me gusta» merecen mi atención? ¿Y este atardecer que tengo delante? Espera&#8230; mejor voy a ver cómo se ve el de Bali, aunque yo esté aquí.</p>
<p>Todo está diseñado para provocar una reacción inmediata.</p>
<p>Indignación.</p>
<p>Miedo.</p>
<p>Euforia.</p>
<p>Envidia.</p>
<p>Nunca curiosidad.</p>
<p>Porque la curiosidad necesita tiempo.</p>
<p>La indignación necesita dos segundos.</p>
<p>¿Quién gana más dinero con mis impulsos? ¿Quién consigue quedarse con mi capacidad de pensar?</p>
<p>Dicen que la información es poder. Pero ahora, aparentemente, todos sabemos de todo, gratis y al instante. ¿De verdad sabemos? ¿Honradamente entendemos lo que leemos? ¿Quién está pensando por nosotros mientras creemos que pensamos por nuestra cuenta?</p>
<p>Demasiadas poses, selfies y consejos de expertos a los que ni siquiera conozco. Gurús por todas partes que, en diez pasos, me dicen qué comer, cómo vestir y hasta qué pensar.</p>
<p>Y, en esta carrera por la velocidad, termino pareciéndome a los propios algoritmos: respuestas inmediatas, compras inútiles, opiniones sin argumentos y consultas hechas a toda prisa. Termina un vídeo y, sin haberlo digerido, comienza otro completamente distinto. Mi mente se dispersa y, con ella, también mi capacidad de reflexionar sobre lo que realmente necesito, sobre lo que quiero y sobre lo que me hace bien.</p>
<p>La ironía es brutal. Nunca tuve tanta información al alcance de la mano. Nunca retuve tan poco.</p>
<p>Porque pensar exige silencio.</p>
<p>Exige pausa.</p>
<p>Así se toman las buenas decisiones.</p>
<p>Pero eso no genera ingresos.</p>
<p>Quizá hoy el verdadero lujo ya no sean las posesiones. Quizá el verdadero lujo consista en poder sentarse unos minutos con una sola idea, sin tocar el móvil y sin pedir permiso a los miles de «me gusta».</p>
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		<title>Ciudades ideales en cuerpos enfermos</title>
		<link>https://platino.news/ciudades-ideales-en-cuerpos-enfermos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 19 Jul 2026 20:21:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Durante mi visita al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología Leonardo da Vinci, permanecí largos minutos frente a la maqueta de la ciudad ideal concebida por el genio florentino. Un proyecto nacido de su obsesión por imaginar una ciudad salubre, ordenada y capaz de resolver los problemas de movilidad e higiene que padecía su tiempo. [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Durante mi visita al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología Leonardo da Vinci, permanecí largos minutos frente a la maqueta de la ciudad ideal concebida por el genio florentino. Un proyecto nacido de su obsesión por imaginar una ciudad salubre, ordenada y capaz de resolver los problemas de movilidad e higiene que padecía su tiempo. Su propuesta sigue siendo desafiante siglos después: avenidas amplias por donde circulan el aire y las personas; canales que limpian y renuevan; niveles pensados para que el caos no invada la vida cotidiana; una arquitectura donde la belleza nace de su funcionalidad.</p>
<p>Mientras contemplaba aquella ciudad perfecta, su cálida voz rompió el silencio.</p>
<p>—Nonna, ¿viste? No hay basura.</p>
<p>Pensé en responder que era una maqueta, que colocarla habría sido absurdo. Pero preferí callar y escuchar. Él continuó, con esa lógica que solo tienen los niños:</p>
<p>—Quizá es porque todos los que viven ahí aman su ciudad y no la maltratan.</p>
<p>Lo abracé y mi alma tembló. Porque, de pronto, comprendí que Leonardo había diseñado mucho más que edificios. Imaginó una comunidad donde el espacio público era el reflejo del respeto que las personas se profesaban entre sí participando. Mi pensamiento viajó a mi tierra, a mi amado pueblo; las preguntas azotaban:</p>
<p>¿Qué ocurre cuando una sociedad comienza a desmontar los espacios donde la ciudadanía puede participar? ¿Qué mensaje envía un gobierno cuando reduce o silencia a quienes representan el interés público?</p>
<p>La desaparición o el debilitamiento de los consejos ciudadanos no es un simple trámite administrativo. Es el síntoma de una democracia que limita sus instituciones, perdiendo su esencia fundamental: la participación de quienes deberían darles sentido. Sin ciudadanos, la gobernanza deja de ser un proyecto compartido para convertirse en un ejercicio de administración del poder.</p>
<p>Con frecuencia se argumenta que determinados proyectos corresponden exclusivamente al ámbito federal y, por ello, la participación ciudadana se vuelve secundaria, o incluso prescindible. Sin embargo, ninguna obra que transforme la vida de una comunidad debería construirse de espaldas a quienes habrán de vivir con sus consecuencias.</p>
<p>Y cuando escribo, no me falta barrio. El barrio no es una dirección; es una manera de mirar el mundo. Vive en la memoria heredada de quienes nos enseñaron que el progreso no consiste en levantar muros, sino en abrir puertas. Una ciudad se construye con piedra, se sostiene con palabra, escucha y responsabilidad compartida.</p>
<p>Mi abuela contaba que, cuando moría una persona muy querida y admirada en el pueblo, las calles se llenaban de hombres y mujeres de todos los oficios, de todos los vestidos para darle el último adiós. No acudían por obligación; iban por todo el bien que había prodigado. Hoy esa enseñanza parece desdibujarse. Nos cuesta reunirnos para cuidar el bien común con la misma generosidad con la que antes nos reuníamos para despedir a quienes lo habían construido.</p>
<p>Reconozco que las democracias no suelen deteriorarse de golpe. Comienzan debilitando los espacios donde la sociedad participa, cuestiona y observa. No porque esos órganos tengan un gran poder político, sino porque representan un principio incómodo: recordar que el Estado pertenece a los ciudadanos y no al revés.</p>
<p>Leonardo imaginó ciudades capaces de resistir epidemias. Cinco siglos después, quizá el desafío sea otro: curar las epidemias del poder que aíslan a los gobiernos de su propia gente. Entonces, la pregunta ya no es hacia dónde vamos, sino si quienes hoy gobiernan recordarán que ninguna ciudad será verdaderamente ideal mientras olviden que el poder no les pertenece, sino que les fue confiado y, por ende, nos pertenece a nosotros los ciudadanos.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La gran inversión</title>
		<link>https://platino.news/la-gran-inversion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Jul 2026 06:06:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Existen montañas que nadie nos obliga a subir; se escalan desde la intuición de quien anhela una mejor versión de sí misma. Puede ser por curiosidad, gusto por aprender o la inmensa satisfacción de descubrir de qué somos capaces. Muchas mujeres elegimos capacitarnos en áreas ejecutivas y trabajar en ellas por el reto de hacer. [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Existen montañas que nadie nos obliga a subir; se escalan desde la intuición de quien anhela una mejor versión de sí misma. Puede ser por curiosidad, gusto por aprender o la inmensa satisfacción de descubrir de qué somos capaces.</p>
<p>Muchas mujeres elegimos capacitarnos en áreas ejecutivas y trabajar en ellas por el reto de hacer. Nos gusta construir empresas, resolver problemas, dirigir equipos y crear patrimonio. No para competir con los hombres ni para demostrar que somos mejores, sino porque forma parte de entender y vivir la vida.</p>
<p>Ina, una brillante CEO, compartió el más reciente informe del Foro Económico Mundial sobre liderazgo femenino. Leí cifras contundentes: las mujeres representamos el 41.7 % de la fuerza laboral mundial; pero ocupamos el 24.6 % de los puestos de alta dirección y solo el 19.1 % de las direcciones generales.</p>
<p>Lo que me hizo reflexionar no fueron los porcentajes, sino una de las causas que señala el documento: la “penalización por cuidados”. Subrayé que la maternidad y las “responsabilidades de cuidado” siguen siendo penalizadas en muchas organizaciones, limitando el acceso de numerosas mujeres a los espacios decisorios.</p>
<p>Entonces me miré entre los treinta y los cincuenta años viviendo a un ritmo imparable. Hijos, marido, empresa, clases, reuniones, casa&#8230;una vida sin pausas. Reconozco que jamás cargué con la familia ni pretendo vender una historia de heroísmo. Mi desarrollo se debe a una necesidad de independencia, la convicción de que la libertad también se construye.</p>
<p>Pero una cosa es aceptar un reto por elección y otra descubrir que el tablero nunca estuvo parejo. Trabajé el doble para demostrar la mitad.</p>
<p>Salí de un festival escolar por una emergencia logística inesperada. Revolver una olla mientras repasaba un estado financiero era costumbre. Ir los sábados con mami al mercado era un placer. Nunca sentí que una tarea disminuyera la otra; lo sorprendente fue descubrir que el mundo corporativo pensaba diferente.</p>
<p>La maternidad comienza a leerse como un riesgo laboral. Cuidar a un padre anciano se interpreta como falta de disponibilidad. Acompañar a un familiar enfermo parece una distracción. Tratamos el cuidado como si interrumpiera la productividad cuando, en realidad, la hace posible.</p>
<p>Sin embargo, ninguna empresa existiría si antes no hubiera alguien que alimentó, protegió y educó a otro ser humano. Ningún país construye ciudadanos responsables sin personas dispuestas a sostener la fragilidad humana. Ahí reside la paradoja: seguimos llamando &#8220;carga&#8221; a la actividad que permite que el mundo siga girando.</p>
<p>Me siguen incomodando frases como: &#8220;Dejó de trabajar por los hijos&#8221;, &#8220;Renunció a su carrera por amor&#8221;, &#8220;Decidió no ser madre para poder crecer&#8221;. Pero cuidar y desarrollarse no deberían ser caminos incompatibles. El talento no pide permiso para amar ni el cuidado debería convertirse en un impuesto al desarrollo profesional.</p>
<p>No hablo de privilegios ni de cuotas; las organizaciones deben promover al mejor talento. Siempre.</p>
<p>Pero resulta profundamente injusto que dos personas igualmente preparadas recorran caminos distintos porque una de ellas asumió una responsabilidad que beneficia a todos.</p>
<p>Quizá el verdadero desafío sea construir estructuras capaces de reconocer que cuidar también genera valor. Antes de ser líderes o científicos, fuimos niños que necesitaron unos brazos para sobrevivir.</p>
<p>La gran inversión de una empresa no siempre está en su maquinaria. La de un país tampoco comienza en su infraestructura. La primera inversión de toda civilización ha sido siempre una persona cuidando a otra. Todo lo demás —la ciencia, las empresas, los gobiernos y la prosperidad— llegó después. Ha llegado el momento de reconocer que el cuidado nunca fue una pausa en el desarrollo; ha sido, desde el principio, la condición que lo hizo posible</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Los hijos de la intemperie</title>
		<link>https://platino.news/los-hijos-de-la-intemperie/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Jul 2026 20:43:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>
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					<description><![CDATA[Papá: hace unos días pensé más en ti. Sentí ese escalofrió sentenciado el viejo augurio del ahora sí nos vamos a derrumbar. Entonces, respiré y, te miré bajar los lentes, levantando suavemente la mirada con esos ojos verde agua. —Son los tiempos que nos tocaron vivir&#8230; ahora nos toca inventar. Español de origen, y desde [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Papá: hace unos días pensé más en ti. Sentí ese escalofrió sentenciado el viejo augurio del ahora sí nos vamos a derrumbar. Entonces, respiré y, te miré bajar los lentes, levantando suavemente la mirada con esos ojos verde agua.</p>
<p>—Son los tiempos que nos tocaron vivir&#8230; ahora nos toca inventar.</p>
<p>Español de origen, y desde el Brasil llegaste a México lleno de ilusiones, decidido a no fallar. Sobre los años setenta, cuando tibias estaban las heridas del 68 reacomodándonos del orgullo de unas Olimpiadas, tu pensabas diferente y en esta hermosa Puerta de Oro del Bajío cuando hablar de acero sonaba a sembrar barcos en un maizal viste futuro donde los demás veían riesgo. Decidiste instalar el primer laminador del Bajío. No compraste una casa —seguimos de renta varios años más— y la charchina azul era nuestra calandria de lujo.</p>
<p>Sin dudarlo, tomaste créditos de avío para traer góndolas de chatarra. De aquella basura hacías solera, que tu jurabas mantequilla. Junto a hombres de labranza, declaraste un nuevo principio de vida. Otros como tú se hacían empresarios empeñando la palabra y vendiendo el automóvil para completar una nómina. Matrimonios que trabajaban juntos, familias enteras atendiendo el negocio desde la limpieza hasta la cobranza; cocheras donde se aprendía a fabricar lo que importar resultaba imposible. Danzaban por las calles enormes portafolios de piel, hombres caminando bajo el sol tocando puertas una por una; sin celulares, sin Google maps, había ingenio, necesidad y ganas.</p>
<p>Tal vez por eso nunca aprendimos a esperar tiempos perfectos. Crecimos entendiendo que los tratados ayudan, los gobiernos facilitan y los mercados entusiasman, pero ninguna empresa se sostiene sobre decretos. Los cimientos siempre los termina poniendo alguien dispuesto a dormir poco, equivocarse mucho en un sempiterno volver a empezar.</p>
<p>Contigo y a los años conocí las devaluaciones cuando los periódicos aun olían a tinta fresca. Pagué tasas de interés como castigo divino. Viví la nacionalización de la banca, colapsos con nombre de semana, pandemias, apagones y carreteras bloqueadas. Y hoy, persisto en una inseguridad que insiste en ponerle precio al trabajo honrado.</p>
<p>No me educaste en algodones crecí en la lluvia y sin filtros solares. Sé arreglar un casete con un lápiz y, si algo se rompe, rendirse no es opción. Sé de insomnios eternos por esa máquina que no funciona o por esa persona que no suma, y entiendo perfectamente aquellos silencios en los que parecías irte a otra galaxia.</p>
<p>Me enseñaste a responder a mis obligaciones: cumplirle al cliente y atender las necesidades de mis colaboradores antes que las mías. Sé librar una batalla en el campo que me pongan.</p>
<p>Te forjaste en la tormenta y quizá por eso las vivo y respiro, pues sé que ningún barco llega a puerto porque el mar se conduela. Arriba porque alguien decidió no soltar el timón o se fue, como tú, con las botas puestas.</p>
<p>Reconozco al enemigo. No son los aranceles ni las firmas. Creo que te hubieras reído y habrías inventado chistes al respecto. Me dirías que el enemigo tiene otro rostro: el de la corrupción que ya parece icónica envuelta en esa fragilidad moderna, tan sofisticada como estéril.</p>
<p>Y sí, el viento afila sus dientes, más no esperaré a que deje de llover para sembrar, hundiré los brazos en el lodo, porque no nos heredaste certezas me diste cátedra para construir presente a la intemperie y porqué sé que no se puede extrañar a quien vive conmigo.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Certificado de paternidad</title>
		<link>https://platino.news/certificado-de-paternidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 20 Jun 2026 16:00:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Todo amor que protege enfrenta, tarde o temprano, una tentación muy humana: confundirse con el control. Nos pasa en casa, con las empresas y en la vida pública. Bajo el argumento de cuidar, orientar o de plano salvar al otro, terminamos administrando su libertad como si fuera un permiso que nos toca dar. Esa vigilancia [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Todo amor que protege enfrenta, tarde o temprano, una tentación muy humana: confundirse con el control. Nos pasa en casa, con las empresas y en la vida pública. Bajo el argumento de cuidar, orientar o de plano salvar al otro, terminamos administrando su libertad como si fuera un permiso que nos toca dar.</p>
<p>Esa vigilancia puede nacer de una soberbia sutil: creer que nadie más va a saber decidir, caerse o levantarse tan bien como nosotros ejercemos y dictamos, por eso queriendo proteger, ocupamos todo el espacio, asfixiamos. Lo más triste es que, casi sin darnos cuenta, terminamos repitiendo con exactitud el mismo patrón que alguna vez juramos jamás repetir.</p>
<p>La dependencia para quien la recibe es cómoda al principio, pero sale carísima para quien la otorga. Nos vuelve adictos, a sentirnos indispensables e inútiles. Por eso vemos gobiernos que reparten apoyos sin enseñar a trabajar, jefes que resuelven cada problema para que nadie aprenda a caminar sin ellos, y padres que pagan cada deuda, esquivan cada golpe y limpian el camino de piedras, hasta que forjan un “baby Frankenstein” adulto. Todo como si fuéramos eternos.</p>
<p>Definitivamente el poder tienta; es un alimento sutil al ego reconocer que el otro no puede vivir sin nosotros. Por eso la verdadera autoridad es tan difícil. No se trata de fabricar dependientes ni de moldear obedientes, sino de formar personas capaces de caminar firmes cuando la mano que los guía ya no esté presente o mejor aún mirando la otra orilla.</p>
<p>Los grandes padres entienden lo que a muchos políticos y jefes se les olvida: el éxito de la autoridad no se nota cuando te necesitan, sino cuando son capaces de seguir adelante&#8230; y eso lo observo en ti.</p>
<p>Por eso los mejores padres no son los que nos dieron todo resuelto, sino los que mejor nos enseñaron. Los que nos dejaron caer para que aprendiéramos a levantarnos, y nos miraron tropezar. Aconsejaron sin imponer destino. Corrigieron firmes, sin aplastar ni humillar. Ellos, quienes entendieron que la disciplina no es amarrar, sino entrenamiento para volar, siguen aquí grabados, en esta memoria del corazón.</p>
<p>Muchos de nosotros seguimos escuchando esas voces con los años. No porque nos digan qué hacer, sino porque nos dejaron los criterios para decidir. Esa es la diferencia real entre la tutela y formar: uno crea dependientes, el otro construye personas en libertad.</p>
<p>Este Día del Padre honro a quienes entendieron esa frontera. A los que no vieron en sus hijos una propiedad. Y a ti&#8230; que sostienes con fuerza, pero tienes el valor de soltar.</p>
<p>Porque el verdadero certificado de paternidad no lo firma un juez, ni un registro civil, ni la biología. Lo otorga la vida diaria. Se gana cuando ves que tu hijo se sostiene solo, cuando vive la adversidad con dignidad, cuando decide y cuando, aun caminando solo, lleva consigo tus enseñanzas.</p>
<p>Educar es una paradoja que duele: dedicar la vida entera a preparar a alguien para que un día ya no te necesite. ¡Caray! Eso sí es amor. Definitivamente no hay un reto de amor más difícil, ni un legado más grande.</p>
<p>Indudablemente es lo mejor de ser papá: descubrir que el amor de verdad no retiene, sino que impulsa; no encadena, libera; no fabrica dependientes, sino que da alas y te enseña a reinventarte.</p>
<p>Feliz y mágico Día del Padre. Gracias por tanto amor.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La pertinencia de ser uno mismo</title>
		<link>https://platino.news/la-pertinencia-de-ser-uno-mismo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jun 2026 15:38:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Conocí a Meg sin buscarla; la vida me cruzó con alguien dedicado a un oficio extraño: acompañar a otros a encontrarse consigo. De presencia impecable —coleta rubia, cejas oscuras, mirada atenta—, tiene una voz directa, fresca, sin adornos innecesarios. Mientras la escuchaba por primera vez, algo dentro de mí comenzó a inquietarse. No era solo [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Meg sin buscarla; la vida me cruzó con alguien dedicado a un oficio extraño: acompañar a otros a encontrarse consigo. De presencia impecable —coleta rubia, cejas oscuras, mirada atenta—, tiene una voz directa, fresca, sin adornos innecesarios. Mientras la escuchaba por primera vez, algo dentro de mí comenzó a inquietarse. No era solo admiración; era una incomodidad fértil. Me pregunté si era posible convertirme en una mejor versión de mí misma o si existía alguna manera de limar ese terco &#8220;así soy&#8221;, justificador de miserias.</p>
<p>La historia de Meg no está hecha solo de triunfos; ha pasado por sus propios claroscuros. Sin embargo, hay algo que sobresale en ella: una constancia casi excesiva. Lo que algunos llamarían terquedad y otros perseverancia, a mí me suena a una fidelidad profunda hacia sí misma: la decisión de seguir avanzando incluso cuando el camino no promete recompensa.</p>
<p>Siete años de recorrer la vida cerca de ella —incluido su invaluable acompañamiento mientras transité por el laberinto del Guillain-Barré— me hicieron volver a la vieja pregunta: ¿Por qué alguien dedicaría su vida a ayudar a otros a convertirse en mejores personas? ¿Es una vocación genuina, una forma discreta de heroísmo o apenas otra manera de llenar los barrancos de una época confundida?</p>
<p>La duda no es menor. Durante años he asistido y observado cientos de cursos, talleres; consumiendo libros y videos que ofrecen respuestas de las que sales igual, o revivificando historias fallidas que rellenan ese hueco alejado de Dios. Como escéptica profesional, aprendí a desconfiar de las promesas rápidas, pues ni todo es sano ni todo es fraude. Pero en tiempos donde abundan las razones para señalar al mundo —la política, el dinero, el poder, la injusticia y toda la “porquería y media” que nos rodea—, mirar hacia adentro puede convertirse en un acto impostergable. Porque llega un momento en que ya no basta con preguntarnos quién está mal afuera; se vuelve valioso preguntar qué hago con aquello que duele.</p>
<p>Y, ante la duda, tengo una costumbre casi enfermiza: observar. Miro minuciosamente. Examino gestos, reacciones, contradicciones. Me miro con aumento. En ese escrutinio interminable aparece aquel hombre dócil transformado en ambicioso y rapaz, o el gigante titán inclinado, besando a quien le ofrece amor. Están los diamantes en bruto endurecidos en carbón por miedo a cambiar, mientras piedras arcillosas, contra todo pronóstico, deslumbran como medusas de luna en plena oscuridad.</p>
<p>Entonces escucho a Meg: el trabajo interior sí produce cambios. Quizá invisibles, pero reales. Sin milagros instantáneos ni polvos mágicos capaces de domesticar a la sombra que cohabita en nosotros; pero reconocerla puede ser la tabla de salvación para navegar cuando lo inevitable sin aviso, llega a casa.</p>
<p>Los cambios auténticos no se acompañan con revelaciones místicas. Son la repetición obstinada de pequeñas decisiones: detenerse antes de reaccionar, poner límites sin culpa, aceptar que no podemos controlar las decisiones de otros, amar a las personas como son y no como deseo que sean. Implica asumir la responsabilidad de lo que hacemos, callamos y toleramos.</p>
<p>Es duro aceptar que, muchas veces, el principal obstáculo para nuestra paz lleva mi nombre y se señorea con mi apellido.</p>
<p>Quizá por eso personas como Meg persisten en lo que hacen. No porque tengan respuestas para todo ni porque prometan milagros, sino porque saben que crecer no consiste en evitar el sufrimiento, sino en aprender a atravesarlo sin perderse a uno mismo.</p>
<p>Al final, ser auténtico no debería significar justificarse, sino tener la honestidad de reconocer qué parte debe permanecer&#8230; y cuál lleva demasiado tiempo pidiendo transformarse.</p>
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		<title>¿Solo la envidia necesaria?</title>
		<link>https://platino.news/solo-la-envidia-necesaria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jun 2026 04:40:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días fui invitada a una relevante reunión de trabajo en León y debo confesar algo que no me enorgullece: sentí envidia. No la mezquina y ruin que busca el mal ajeno, sino esa otra, más incómoda y útil, la que aparece cuando uno descubre que lo posible existe, solo que en otra parte. Escuchar a espacios ciudadanos de primer nivel me aguijoneó; recorrer sus avenidas vivas e iluminadas y reconocer una infraestructura urbana sostenida por una sociedad que aprendió a pensar la ciudad más allá del trienio me dejó en un silencio incómodo.</p>
<p>El León de hoy no es un accidente. Aún permanece en mi memoria aquella ciudad que olía a azufre y curtiduría, asfixiada por la contaminación de su río, el desorden vial y una pobreza periférica que parecía intratable. No era la joya del Bajío; era un problema complejo.</p>
<p>¿Qué ocurrió? No fue magia ni obra de un mesías político. León entendió que el desarrollo no cabe en el calendario electoral. Mientras la política hacía piruetas, una parte decisiva de su sociedad —organismos empresariales, espacios ciudadanos, universidades e inversionistas— empujó proyectos de largo plazo y los blindó de las ocurrencias. Exigió, financió e insistió. Apostó por la continuidad.</p>
<p>Al regresar a mi amada Celaya, el contraste duele. Pasar de la iluminación leonesa a nuestras zonas en penumbra no es solo asunto de luminarias; es el reflejo de una desconexión más profunda. Celaya ha pagado un costo altísimo debido a los desafíos de seguridad que todos reconocemos. Sería injusto ignorarlo, pero tampoco es la explicación completa.</p>
<p>La parálisis que a veces se respira habla también de una comunidad cansada, golpeada por el desánimo, que lentamente cedió el espacio público, normalizó el deterioro y permitió que la desidia se acumulara igual que la basura. Pero la queja jamás ha construido un solo metro cuadrado de asfalto. El “hubiera” puede explicar el pasado, pero no edifica ciudades.</p>
<p>Se nos nombra Polo de Desarrollo por nuestra ubicación estratégica. Por lo que es momento de traducirla en dignidad urbana. Pues no basta con tener una posición envidiable; hay que convertirla en calles iluminadas, espacios públicos cuidados, seguridad cotidiana, limpieza, movilidad y condiciones de vida que estén a la altura de lo que Celaya debe y quiere ser.</p>
<p>Por eso, hoy el Observatorio Ciudadano Celayense puede marcar la diferencia si logra convertirse no solo en un espacio de diagnóstico, sino en una plataforma de seguimiento público, exigencia y continuidad. Cuenta con elementos valiosos: empresarios que siguen abriendo turnos, maestros que investigan, comerciantes que levantan cortinas y vecinos que todavía se organizan.</p>
<p>Sin embargo, los esfuerzos aislados no bastarán si seguimos dejando la responsabilidad en manos de unos cuantos. Es necesario continuar fomentando espacios de ciudadanía organizada, sin foco y con enfoque.</p>
<p>Porque la pregunta ya no es quién falló, sino qué estamos dispuestos a recuperar, cuidar y exigir como propio. Entonces, toca empezar por lo íntimo: la calle que habitamos, la luminaria que falta, la autoridad a la que dejamos de pedir cuentas, la reunión vecinal postergada, el prado frente al negocio, la necesaria denuncia y la basura que decidimos poner en su lugar.</p>
<p>Celaya no se rescata con discursos perfectos, sino con ciudadanos que vuelven a ocupar su lugar. ¿Estamos de acuerdo?</p>
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		<title>Una ciudad no se improvisa</title>
		<link>https://platino.news/una-ciudad-no-se-improvisa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Velia María Áurea Hontoria Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 23 May 2026 01:09:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
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					<description><![CDATA[Hay decisiones que no solo cambian una calle, un trayecto o una rutina. Hay decisiones que transforman la manera en que una ciudad respira, se mueve, trabaja y convive consigo misma. Por eso, cuando se habla de proyectos que impactarán durante años la vida cotidiana de miles de personas, la prisa nunca debería confundirse con [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hay decisiones que no solo cambian una calle, un trayecto o una rutina. Hay decisiones que transforman la manera en que una ciudad respira, se mueve, trabaja y convive consigo misma.</p>
<p>Por eso, cuando se habla de proyectos que impactarán durante años la vida cotidiana de miles de personas, la prisa nunca debería confundirse con visión, ni el entusiasmo con planeación.</p>
<p>Toda ciudad necesita avanzar. Necesita infraestructura, soluciones de movilidad y obras que respondan al crecimiento y a las nuevas necesidades urbanas. Indudablemente.</p>
<p>Pero una cosa es avanzar con rumbo y otra, muy distinta, avanzar desde la improvisación. Y esa diferencia importa, no por quién la propone, sino por las consecuencias que tendrá para el futuro común.</p>
<p>Cuando una obra de gran escala se presenta como sinónimo automático de progreso, conviene hacer una pausa. No para oponerse por sistema ni para frenar por miedo, sino para preguntar con seriedad lo que una ciudadanía responsable debe preguntar: ¿Se han evaluado cuidadosamente las rutas críticas?, en un diálogo abierto y honesto, ¿Se han identificado los costos reales, tanto económicos como sociales, urbanos y comerciales? Se pide confianza ¿Administrando obediencia? ¿Se ha dialogado con quienes verán afectado su patrimonio, su cotidianidad? ¿hay una planeación financiera sólida y calendarizada o solo una expectativa optimista?, ¿se ha valorado que hay negocios que no resisten quince días cerrados, mucho menos un año?</p>
<p>Considero que el problema no es la obra en sí, sino esa manía de pensar que todo anuncio espectacular equivale a buenas decisiones. Es importante entender que una ciudad puede pagar muy caro aquello que no se estudió con profesionalismo. Porque cuando se reprimen datos o se diluyen temas, se traiciona la responsabilidad pública.</p>
<p>La transparencia consiste en mostrarlo todo y sopesar las consecuencias. Quizá sería sano abrir la memoria, desenredar los cables de aquellos puentes que tardaron años en estrenarse, mientras se mascaban polvos de amargura. ¿Te acuerdas?</p>
<p>La pregunta de fondo no es si queremos desarrollo. La respuesta es afirmativa y segura. La verdadera pregunta es: ¿qué desarrollo vamos a aceptar? Hoy hace falta que brille la inteligencia, que fluya la información y que se sostenga un diálogo permanente.</p>
<p>No podemos confiar en que los problemas se resolverán sobre la marcha, en un simpático “ya veremos”, porque cuando se pretende resolver “sobre la marcha”, casi siempre significa que el costo lo absorberá la gente, esa por la que se dice luchar.</p>
<p>Entonces, exigir un esquema claro de transparencia y supervisión antes de instalar una piedra no es capricho ni resistencia ante la incomodidad: es una forma comprometida de validar la estructura.</p>
<p>Por eso deberíamos preguntarnos, como comunidad, si estamos participando de verdad en estas decisiones o si solo estamos siendo llamados a aceptarlas cuando ya están decididas. Importante cuestionar si nuestras autoridades están viendo la ciudad como un ente vivo o si solo la ven como un tablero donde mueven piezas, sin observar que las decisiones afectan profundamente a las familias.</p>
<p>Una obra mal calculada puede provocar daños irreversibles en tiempos, ingresos, traslados, comercios, hábitos y equilibrios que tardaron años en construirse. Tal vez, queridos ciudadanos y empresarios, sea momento de exigir una silla en el “cuarto de guerra”.</p>
<p>Una ciudad no se improvisa. No se improvisan sus rutas, ni sus prioridades, ni su relación con quienes la habitan. De hacerlo, amasamos “pueblotes” enmarañados. México exige que se gobierne desde una visión sostenida por método, escucha y responsabilidad. Es prioritario activar fideicomisos mixtos de infraestructura, sin vacilar y desde la honradez.</p>
<p>Quizá ya no venga bien aplaudir automáticamente. Tal vez ha llegado el momento de exigir algo más difícil y necesario: claridad, planeación y sentido de largo plazo. Porque cuando una ciudad se transforma sin preguntas, el riesgo no es solo equivocarse; el riesgo es olvidar que decidir sin pensar puede terminar no solo en desastre, sino en obra negra.</p>
<p>¿Usted qué opina?</p>
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