Hay una forma silenciosa de derrota que comienza cuando normalizamos el descuido. Ocurre despacio, casi sin advertirlo: nos acostumbramos a esquivar baches como si fuesen accidentes geográficos inevitables; aprendemos a transitar por avenidas en penumbra, resignados a movernos entre sombras; pasamos de largo frente a camellones y banquetas tapizados de basura, pensando que ya nada se puede hacer. Respiramos polvo de cemento, sacudimos los zapatos y sentenciamos: «¡Así las cosas!».
Estos días compartí en mis redes algunas reflexiones sobre las condiciones de nuestra querida Celaya e imágenes que ustedes mismos me han enviado. No busco señalar culpables ni atizar el fuego de la confrontación. Me inquieta, me duele en el alma que hayamos aprendido a tolerar lo que antes nos habría parecido inaceptable.
Una amiga cercana me preguntó preocupada:
—¡Ay, Velia!, ¿y tú qué puedes hacer sola? Nadie te va a escuchar y te arriesgas a represalias, multas o trabas, como ya me ha pasado a mí.
Su advertencia me caló hondo, pero también me inspira a no ceder. Sé bien que el miedo paraliza y empuja a guardar silencio; el problema es que el vacío que deja ese temor lo termina ocupando la desidia. Y nuestros derechos no desaparecen porque sintamos miedo: hay que aprender a caminar con él, darle la mano. Por eso hago lo que está a mi alcance: escribo estas líneas, documento lo que veo y busco tender puentes sin levantar el puño. Toco la puerta del vecino, porque el polvo de uno termina en los pulmones de todos. Miro de frente, con la certeza de que cuidar la cuadra es tarea compartida. Sería injusto desconocer los trabajos de mantenimiento que hoy se realizan en algunos camellones, vialidades y glorietas. Los he visto y los celebro. Pero una ciudad no se recupera con parchecitos.
Hace falta mucho más, y hace falta que todos pongamos de nuestra parte. Y aquí empieza la parte que nadie puede hacer por nosotros. Exigir calles limpias también nos compromete a no arrojar basura desde el coche, la moto o simplemente al caminar. No se vale pedir banquetas dignas si mantenemos descuidado nuestro propio frente. Mucho menos podremos enseñar a nuestros hijos y nietos a querer Celaya si tratamos sus espacios como tierra de nadie. Barrer la banqueta, plantar y regar un árbol, recoger un papel del suelo o reportar una luminaria descompuesta parecen cosas pequeñas. Reclamar servicios es justicia social. Pero las ciudades no se abandonan de golpe ni se reconstruyen por decreto: ambas cosas comienzan con nuestros hábitos cotidianos.
A nuestras autoridades les corresponde garantizar servicios públicos dignos y eficientes. No son favores: son obligaciones. Pagamos impuestos y derechos para tener calles transitables, limpias e iluminadas. Exigir con respeto lo que falta y reconocer lo que se hace bien también es cumplir con nuestra parte. No necesitamos más pleitos. Necesitamos resultados. Basta de remiendos. Denunciemos y hagamos lo que nos toca, sin cómodas excusas.
Llevo casi tres décadas escribiendo en estas páginas. He visto tiempos difíciles, pero también conozco a los celayenses y sé de lo que somos capaces cuando nos proponemos salir adelante. Me niego a aceptar que la apatía, el miedo puedan más que el cariño por esta tierra donde hemos construido nuestras vidas, nuestras familias y tantos recuerdos.
Celaya es nuestra casa. Y una casa querida no se abandona, pero tampoco se arregla mirando sus goteras. Hay que tomar la escoba, señalar lo que está mal, ponerse a trabajar juntos para levantarla y, cambiar lo que se deba cambiar.
¿Y si esta semana empezamos por nuestro propio metro cuadrado de ciudad?
Yo ya empecé. Bonito y mágico domingo.



