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En algún lugar del IMSS

Si la influenza estacional no avisa, uno termina buscando consulta en el Seguro Social, esa institución que sigue en pie de lucha entre carencias, reclamos y esfuerzos cotidianos.

Los pasillos huelen a desinfectante y paciencia. «Ayer votamos por el no al incremento del 2.9 por ciento directo al salario, pero no hay paro de labores», me dice la recepcionista de mi consultorio 19 —ya dije—, y ellos exigen un aumento del 10%.

Traigo mi fólder de atenciones, pero olvidé la tarjeta. La solución está en Archivo: solicitar una vigencia, presentar mi INE y obtener el salvoconducto hacia la Unifila.

La burocracia tiene sus laberintos, pero más vale esto que ir al doctor Simi, aunque el humor de la botarga bailadora no quite la fiebre.

Como trabajo en Uber, no puedo darme el lujo de prolongar el gripón. No es cosa de andar haciéndola de tos frente a los usuarios, por más cubrebocas que lleve. Mi sustento depende de salir a la calle, y necesito recuperarme pronto.

Sobre la lucha de los trabajadores del IMSS, mi apoyo es total: también exigen medicamentos e insumos para atender dignamente a los derechohabientes. Detrás de cada receta hay alguien que necesita alivio y, detrás de cada consulta, personal que a veces tiene que hacer milagros con las manos vacías.

En el pasillo, un trabajador de intendencia y una empleada de PrevenIMSS cuestionan al sindicato. Recuerdan que el anterior dirigente llegó a diputado por Morena y que el actual es diputado suplente. «Más charros que el Charro Avitia», dicen, con una ironía que resume el reclamo: ¿cómo defender al trabajador cuando se camina tan cerca del poder político? No se puede servir a dos amos sin comprometer alguna lealtad.

A las 9:30 me mandan a la Unifila, ese territorio donde la paciencia también debería cotizar en el Seguro. Ahí buscan consultorio disponible; después vienen los nombres, las llamadas y la espera. El tiempo corre distinto en los pasillos de un hospital: cada minuto tiene el tamaño de una hora.

Y entonces recuerdo al Peje, cuando presumía que ya habíamos superado a Dinamarca y teníamos el mejor sistema de salud del mundo.

La mentira presidencial se estrella contra la realidad de los pacientes que peregrinan por una consulta o salen de Farmacia sin todas sus medicinas. Entre el discurso y el mostrador hay una distancia que no se mide en kilómetros, sino en recetas sin surtir.
Si faltan medicamentos, la culpa no es de quien los entrega en Farmacia.

El desabasto exige responsabilidades administrativas y políticas, no regaños al último eslabón de la cadena. Y ahora, si falta alguna medicina, habrá que solicitarla por oficio, según el mecanismo anunciado por Zoé Robledo. ¿Vendrá de la Megafarmacia? Quién sabe.

Mientras tanto, el paciente espera y la esperanza tampoco tiene hora fija.

Mientras espero, me llega una reflexión: el Seguro Social no es solamente un edificio, una nómina o una ventanilla; es un pacto entre quienes trabajan y quienes cotizamos. Si los asegurados nos unimos a los trabajadores de la salud para exigir medicamentos, insumos y mejores condiciones, quizá logremos que la atención deje de ser una carrera de obstáculos.

Porque la salud no debería depender de una promesa de campaña ni de la suerte que uno tenga en la Unifila. Es un derecho. Y los derechos, a diferencia de los discursos, tendrían que surtirse completos.