
Estas semanas he escuchado la misma pregunta en la radio, en los periódicos y hasta en la sobremesa familiar: ¿la inteligencia artificial está arruinando la educación? El debate está en todas partes. Nueva York prohibió la IA generativa a los estudiantes de preescolar a octavo grado, Noruega la restringe en los primeros años y solo la permite supervisada hasta los 16; España, en cambio, decidió capacitar a sus maestros en lugar de prohibir. Cada país está tomando una decisión distinta sobre lo mismo y eso revela que nadie tiene todavía todas las respuestas.
Los datos más recientes de PISA le echaron leña al fuego y conviene mirarlos con calma, porque dicen algo más fino que los titulares. Sí, los estudiantes que usaron la IA para redactar sus trabajos obtuvieron peores resultados que quienes no la usaron. Pero el mismo estudio encontró algo que casi nadie citó: entre quienes la usan con frecuencia, aquellos que la emplearon para aprender —y a quienes se les enseñó a evaluar la calidad de lo que la IA responde— tuvieron mejor desempeño que los que fueron dejados a su suerte.
Ahí está toda la diferencia. No es la herramienta: es el cómo. Andreas Schleicher, responsable de educación en la OCDE, lo dijo con una frase que me quedó dando vueltas: la inteligencia artificial puede vaciar por dentro el proceso mismo de aprender. Y tiene razón, si permitimos que la máquina haga el trabajo que le toca hacer a la cabeza del estudiante. Porque lo que se atrofia no es el conocimiento, sino el músculo: la capacidad de dudar, de comparar fuentes, de distinguir un hecho de una opinión. Justo las habilidades que PISA reporta a la baja y que, paradójicamente, son las más necesarias en la era de la IA.
En la UVEG decidimos no ponernos de ninguno de los dos lados de esa falsa disyuntiva. No la prohibimos ni la endiosamos: la usamos, con reglas claras, maestros y estudiantes. Y quiero ser concreto sobre dónde hemos visto que sí mejora, porque en este tema las generalidades sobran.
Ha mejorado la forma de calificar. Los trabajos y las participaciones reciben hoy una retroalimentación más rápida, más pareja y más detallada. Antes, un asesor con cientos de estudiantes difícilmente podía explicarle a cada uno por qué obtuvo esa nota; hoy puede hacerlo, y puede dedicar el tiempo que la tecnología le libera a lo que ninguna máquina hace: acompañar a quien se va quedando atrás.
Y ha mejorado la comprensión. Cuando un estudiante no entiende un concepto a las once de la noche, ya no se queda solo con la duda hasta la siguiente sesión: puede pedir que se lo expliquen de otra manera, con otro ejemplo, a su propio ritmo. Eso no sustituye al maestro; lo prolonga.
La línea que no cruzamos es sencilla de enunciar y exigente de sostener: la IA puede ayudarte a entender, nunca a fingir que entendiste. Por eso enseñamos a usarla, a cuestionarla y a verificar lo que responde, porque también se equivoca, también inventa y también tiene sesgos. Un estudiante que sabe eso está mejor preparado que uno a quien simplemente se le prohibió tocarla.
Prohibir es la salida fácil. Tranquiliza a los adultos, pero deja a los jóvenes solos frente a una herramienta que van a usar de todos modos, sin nadie que les enseñe a hacerlo bien. Nuestra responsabilidad como universidad pública no es protegerlos del futuro, sino prepararlos para él.
Que la inteligencia artificial nos ayude a enseñar mejor y a entender más. Que no piense por nosotros. Esa es, me parece, la única manera responsable de llevarla al aula.


