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Cerca y lejos

“Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.” Bertrand Russell
“A veces creemos que el impulso nace de tocar tierra/fondo, pero es el corazón quien encuentra la fuerza para elevarnos. Los pies encuentran el suelo; el deseo encuentra el vuelo.” Grecia Avalos
“Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo.” Amado Nervo
“Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada.” Antonio Porchia
“El secreto es saber si ocupas un espacio o llenas un vacío.” Fredy Herrera
“No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.” Oscar Wilde
“Aparte de mis numerosas amistades aún tengo un confidente íntimo: mi melancolía. Constantemente me hace señas en medio de mis alegrías o de mis trabajos, y entonces me llama a un lado y la obedezco, aunque corporalmente continúe en mi sitio. Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido. ¿Qué tiene, pues, de extraño que la corresponda con todo mi amor?” Søren Kierkegaard
“Empezó a ser ella, a querer cada una de sus imperfecciones, entendió que su locura, hace juego con su cordura, y que no será “la mujer maravilla”, pero sí, “una maravilla de mujer.” Roberth Colmenárez
“El peor sentimiento, es no saber si esperar un poco más o rendirse.” Julio Cortázar
“En la sociedad de consumidores, cualquier idea de felicidad termina en una tienda.” Zygmunt Bauman
“La palabra normal siempre me asusta. Parece que, si tienes pasión por algo, asustas a la gente. Eres considerado bizarro o excéntrico. Para mí, simplemente es que sabes quién eres.” Tim Burton
“Cuenta tu edad por amigos, no por años. Cuenta tu vida por sonrisas, no por lágrimas.” John Lennon
“Un día te despertarás y verás un bello día. Habrá sol, y todo será nuevo, cambiado, límpido. Aquello que primero te parecía imposible será simple, normal. ¿No me crees? Yo estoy seguro. Y muy pronto. Quizás mañana.” Fiódor Dostoievski
“Lo tienes ahora, y ese ahora es toda tu vida. No existe nada más que el momento presente. No existe ni el ayer ni el mañana. ¿A qué edad tienes que llegar para comprenderlo?” Ernest Hemingway
“Este corazón, única cosa de la que estoy orgulloso, única fuente de toda fuerza, de toda felicidad y de todo infortunio. Lo que yo sé, cualquiera puede saberlo, pero mi corazón es solamente mío.” Johann W. Goethe
“Los hombres no son presos del destino; solo son prisioneros de sus propias mentes.” Franklin D. Roosevelt
“Nunca hubiera podido imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia.” Ana María Matute
“El amor es el anhelo de abrazar a una persona con fuerza y estar en el mismo lugar que ella. El deseo de abrazarla dejando fuera al mundo entero. La nostalgia del alma de encontrar un refugio seguro.” Orhan Pamuk
“El deseo, una vez apaciguado, resultó ser un vacío.” Annie Ernaux

La vida, en un sentido metafórico, es como pintar un cuadro. Se requiere estar lo suficientemente cerca del lienzo para lograr la precisión de la mirada y del trazo; encontrar, con el pincel, el color que corresponda a nuestra visión y permitir que la forma vaya apareciendo sobre la superficie. Pero también es necesario tomar distancia para apreciar lo que estamos plasmando. A veces bastarán unos centímetros; otras, habrá que dar varios pasos hacia atrás para observar el conjunto y preguntarnos si nos gusta lo que vemos o si es necesario intervenir nuevamente: ajustar un color, corregir una línea, dar profundidad, incorporar luz o sombra, agregar nuevos elementos y dejar que el deseo, la creatividad y su condensación emocional vayan tomando la forma de la imagen que queremos pintar.

Es una distancia íntima. Es jugar con la perspectiva y con la sensibilidad que brindan el color, el trazo y las emociones expresadas en aquello que se desea crear. Es un ejercicio permanente de cercanía y lejanía que nos ayuda a descubrir si estamos logrando aquello que buscamos.

Tenemos ideas acerca de quiénes somos y de lo que queremos para nuestra vida. La mayoría de las veces estamos tan inmersos en eso que llamamos vivir, tan adentro de lo que sentimos, experimentamos y pensamos, tan ensimismados, que dejamos de percibir con claridad lo que hacemos. Dejamos de revisar, calibrar, evaluar, corregir y asumir nuestra existencia con plenitud y conciencia. Entonces nos dejamos llevar por las circunstancias, por las inercias, por lo que otros dicen de nosotros o por las decisiones que renunciamos a tomar, posponiendo para después la reflexión sobre lo que estamos haciendo con la vida.

Cuesta mucho reconocer y valorar lo que hemos logrado. No siempre nos permitimos aceptar aquello que hacemos relativamente bien, proteger nuestros sueños, nuestros deseos, nuestros propósitos y nuestras metas. Tampoco resulta sencillo distinguir entre lo deseable y lo posible, ni aventurarse por los senderos de lo improbable, de lo incierto, de aquello que en la proximidad parece imposible. Sin embargo, cuando miramos desde la distancia que nos separa de la infancia, la adolescencia o los años de juventud, descubrimos que muchos de los sueños que parecían inalcanzables han tomado forma, aunque no siempre de la manera que imaginábamos.

Cerca y lejos: una paradoja constante, un desafío permanente entre los sueños y las realidades, entre lo que vamos siendo y aquello que hicieron de nosotros.

Simone de Beauvoir escribió: “El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacia cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir.”

Y es precisamente ahí donde aparece el poder de esa íntima lejanía con uno mismo, la capacidad de diseñar la propia vida desde la voluntad y desde el pensamiento crítico, sin caer en el determinismo ni en el fatalismo que implican aceptar resignadamente la realidad como algo inamovible. La vida es cambio permanente; la cuestión es saber si estamos dispuestos a advertir que nunca somos exactamente los mismos.

Existen preocupaciones existenciales inherentes a la condición humana, y Søren Kierkegaard planteó una de las más profundas:

“Así como, al decir de los doctores, no existen personas enteramente sanas, podría decirse también, conociendo bien al Hombre, que no existe uno solo que esté exento de la desesperación, que en cuyo fondo no habite una inquietud, una perturbación, una desarmonía, un temor a algo desconocido o a algo que no se atreve a conocer, un temor a una eventualidad externa o un temor a sí mismo; así como dicen los médicos sobre una enfermedad, el Hombre, así también, incuba en su espíritu un mal, cuya presencia interna, por relámpagos, en raras ocasiones, le revela un miedo inexplicable. En todos los casos, nadie ha vivido nunca y nadie vive nunca sin estar en la desesperación.”

Y tal vez, si aceptamos esa condición, tengamos la oportunidad de ajustar nuestra vida en ese ejercicio pendular entre proximidad y distancia que nos permita valorar la existencia mientras la vivimos.

Françoise Sagan expone una mirada que nos sitúa en el aquí y el ahora, frente a la cercanía de la finitud:

“A veces, acostada en mi cama, pienso que voy a morir, que los seres que me rodean van a morir, y me entran ganas de emprender mil cosas. Muchas veces, cuando escucho a personas hablar conmigo, pienso de repente que van a morir y eso me hace escucharlas de manera diferente. Las veo reducidas a lo que son, a lo que todos somos, y quiero librarles de su comedia, preguntarles por qué se agitan, por qué se toman en serio, por qué esos aires pretenciosos. Quiero decirles lo que es esencial para ellos; quiero que beban. Me encanta ese momento sutil y efímero en el que, después de unos tragos, la gente vacila, se suelta, en el que se deshacen de su ropa, de su teatro: todas las máscaras caen y, finalmente, dicen cosas verdaderas.”

En el proyecto humano, vivir es mucho más que transcurrir. Requiere hacer una pausa para reconocernos en lo cotidiano y, al mismo tiempo, preguntarnos quiénes vamos siendo y qué queremos alcanzar. Oliver Sacks lo formuló así:

“Para nosotros es insuficiente vivir el día a día; necesitamos trascender, extasiarnos, evadirnos; necesitamos sentido, conocimiento y explicación; necesitamos ver los patrones globales de nuestras vidas. Necesitamos esperanza, una sensación de futuro. Y necesitamos libertad (o al menos una ilusión de libertad) para ir más allá de nosotros mismos, ya sea con telescopios, con microscopios y con nuestra tecnología imparable, o mediante estados mentales que nos permitan viajar a otros mundos, trascender nuestro entorno inmediato. Necesitamos ser responsables de nuestra vida, pero también poder distanciarnos de ella.”

En una invitación intimista, Mario Benedetti lo plasmó en su poema Pausa:

“De vez en cuando hay que hacer

 una pausa

 contemplarse a sí mismo

 sin la fruición cotidiana

 examinar el pasado

 rubro por rubro

 etapa por etapa

 baldosa por baldosa

 y no llorarse las mentiras

 sino cantarse las verdades.”

Rafaela Rodríguez Maestre nos sitúa frente a la escena de pintar el cuadro, en la acción de ser:

“Quien busca resolver encuentra el modo. Al que prefiere postergar le basta un obstáculo. Y ‘algún día’ es el lugar donde mueren las intenciones. La distancia entre la idea y la realidad nunca la mide el tiempo, sino la determinación con la que te pones en marcha. El presente es el único espacio donde las cosas suceden.”

Y, sin embargo, como dijo Anna Martinenghi:

“Todos llegaremos a la meta desarmados

 con el camino en las piernas

 y en la mirada,

 libres de toda carga,

 finalmente, indefensos

 de nosotros mismos,

 con la ingenuidad de la juventud

 y la serenidad de los años;

 todo lo que no fue

 o pudo haber sido mejor,

 con la firme convicción

 de que, sin importar

 cuánto más largo sea el viaje,

 contribuimos

 a su grandeza.”

En este mundo tan cruel y, muchas veces, tan carente de sentido; un mundo que nos avasalla con la inmediatez, el consumo, la ideología, la mercantilización del amor y hasta de la felicidad, hago mías las palabras de Erika Mancini:

“Yo elijo la locura de seguir siendo yo misma incluso contracorriente; elijo la locura de asombrarme por una palabra, por una sonrisa; elijo la locura de emocionarme con los colores del cielo, el ruido del mar, una gota de rocío en una hoja, el perfume de una flor; elijo la locura de amar y poner pasión siempre y, sin embargo, en todo; elijo la locura de ser anticonvencional y no renunciar nunca. Sin la locura sentiría que muero sin haber vivido.”

Tal vez la tarea más importante consista en aprender a contemplar nuestra propia obra con honestidad. Ni demasiado cerca como para perder la perspectiva, ni demasiado lejos como para dejar de reconocer los detalles que nos constituyen. La existencia exige esa mirada capaz de integrar los errores y los aciertos, las luces y las sombras, los logros y las ausencias, comprendiendo que todos forman parte del mismo cuadro.

Porque nadie llega a ser plenamente quien es por simple inercia. La identidad se construye en la experiencia, en las preguntas que nos hacemos, en los vínculos que establecemos y en el coraje de modificar aquello que ya no expresa lo mejor de nosotros. Cada elección agrega una pincelada; cada renuncia, una tonalidad; cada encuentro y cada pérdida aportan nuevos matices a la obra en proceso que llamamos vida.

Al final, quizás vivir con plenitud signifique asumir simultáneamente la cercanía y la distancia: observarnos sin complacencia, pero también sin crueldad; reconocer nuestra fragilidad sin renunciar a nuestros sueños; aceptar que nunca concluiremos del todo el cuadro y que, aun así, vale la pena seguir pintándolo. Porque la vida no consiste en alcanzar una imagen perfecta, sino en encontrar el sentido de cada trazo y la belleza de haber participado conscientemente en la creación de nuestra propia existencia.