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El frente de guerra tecnológico y sus repercusiones globales

Inteligencia artificial, disputa interimperialista y nuevas formas de control social.

La transformación contemporánea del orden mundial se desarrolla sobre una multiplicidad de dimensiones que desbordan los ámbitos tradicionalmente asociados con la competencia entre las grandes potencias. La disputa por mercados, recursos energéticos, rutas comerciales, capacidades financieras y posiciones militares se encuentra cada vez más articulada con una competencia científico-tecnológica en la que la inteligencia artificial (IA) ocupa un lugar estratégico. En este contexto, la IA no puede ser considerada únicamente una innovación científica destinada a incrementar la productividad o automatizar determinadas actividades. Su desarrollo se encuentra directamente vinculado con la capacidad económica, militar, política y geopolítica de los Estados y de las grandes corporaciones tecnológicas.

El problema fundamental reside en que la inteligencia artificial se desarrolla sobre una estructura material altamente concentrada: datos, centros de cómputo, semiconductores, energía, redes, conocimiento científico, capital financiero y trabajo especializado. El control de estos elementos proporciona ventajas que trascienden el ámbito estrictamente tecnológico y pueden traducirse en posiciones dominantes dentro de la economía mundial y en nuevas capacidades de intervención militar, vigilancia y control social. La competencia tecnológica, por tanto, constituye también una disputa por el control de las fuerzas productivas contemporáneas.

El presente texto sostiene que la inteligencia artificial está configurando un nuevo frente de confrontación estratégica dentro de la reestructuración del orden mundial. La hipótesis central es que la disputa por la IA expresa simultáneamente la competencia entre las grandes potencias, la concentración del capital tecnológico y la lucha por controlar las nuevas fuerzas productivas basadas en datos, algoritmos e infraestructura computacional. En consecuencia, el problema decisivo no consiste solamente en determinar quién desarrolla los sistemas de IA más avanzados, sino quién controla sus condiciones materiales de producción, quién define sus finalidades y quién se apropia de sus beneficios y capacidades estratégicas.

Inteligencia artificial y transformación de las fuerzas productivas

La importancia histórica de la inteligencia artificial puede comprenderse mejor si se la relaciona con el desarrollo de las fuerzas productivas. En la tradición de la economía política, las fuerzas productivas comprenden los medios de producción, los conocimientos, las capacidades técnicas y el trabajo mediante los cuales las sociedades producen sus condiciones materiales de existencia (Marx, 1971, 1975).

A la luz de este planteamiento, la tecnología no constituye una esfera independiente de las relaciones sociales, sino una expresión material de determinadas formas históricas de producción y apropiación.

La IA introduce una transformación cualitativa porque incorpora capacidades de procesamiento, clasificación, predicción, reconocimiento y generación de información que anteriormente dependían en mayor medida de actividades humanas directas. Pero estas capacidades no existen de manera abstracta. Requieren una compleja infraestructura material compuesta por datos, algoritmos, modelos, semiconductores, centros de datos, redes, energía, capital y conocimiento especializado.

Por ello, puede proponerse la categoría de fuerzas productivas algorítmicas para identificar el conjunto integrado de capacidades materiales, científicas y laborales que hacen posible la producción basada en inteligencia artificial. No se trata solamente del algoritmo, sino de toda la arquitectura económica y tecnológica que permite su existencia.

Partiendo de esta consideración permite superar el denominado tecnofetichismo: la tendencia a considerar que la tecnología posee una capacidad autónoma para transformar la sociedad con independencia de las relaciones económicas y políticas. Un sistema de inteligencia artificial puede ser técnicamente extraordinario, pero su función social dependerá de las instituciones que lo controlan, de los objetivos para los cuales fue diseñado y de las relaciones de propiedad dentro de las cuales opera.

El problema adquiere especial importancia porque las fuerzas productivas algorítmicas se encuentran altamente concentradas. Los datos recientes muestran que la industria tecnológica produjo la gran mayoría de los modelos de frontera más relevantes durante 2025, mientras las capacidades de infraestructura computacional, inversión y fabricación de semiconductores permanecen fuertemente concentradas en determinados países y empresas (Stanford HAI, 2026). La aparente universalización de la IA coexiste, así, con una concentración extraordinaria de las condiciones materiales que permiten producirla.

Disputa interimperialista y concentración tecnológica

La competencia tecnológica debe situarse dentro de la transformación de la correlación mundial de fuerzas. Estados Unidos mantiene una posición dominante en inversión privada, infraestructura computacional y desarrollo de determinados modelos de frontera, mientras China ha construido importantes capacidades científicas, industriales y tecnológicas, particularmente en publicaciones, patentes y desarrollo de modelos. La diferencia entre ambos países en determinadas capacidades de IA se ha reducido considerablemente, configurando una competencia tecnológica cada vez más estrecha (Stanford HAI, 2026).

Esta disputa no debe interpretarse como una simple competencia empresarial. Constituye una confrontación por el dominio de sectores estratégicos de la economía mundial. Los semiconductores, los centros de datos, los sistemas de nube, las plataformas digitales, los modelos de IA y las redes de telecomunicaciones constituyen infraestructuras críticas para el funcionamiento de múltiples ramas productivas.

En términos de economía política, la concentración tecnológica representa una nueva dimensión de la concentración del capital. Los grandes conglomerados tecnológicos disponen de ventajas acumulativas: mayor capacidad financiera permite construir más infraestructura; esta infraestructura permite procesar más datos; el procesamiento de datos posibilita desarrollar modelos más sofisticados; estos modelos fortalecen la posición de mercado y permiten atraer mayores cantidades de capital. Se genera así un proceso de concentración autorreforzado.

La disputa por la inteligencia artificial es, por tanto, también una disputa por la dirección futura del capitalismo mundial.

La noción clásica de imperialismo adquiere bajo estas condiciones nuevas expresiones. Si anteriormente el dominio económico se encontraba asociado fundamentalmente con el control de territorios, materias primas, mercados y capital financiero, en la actualidad adquiere creciente importancia el control de infraestructuras digitales, conocimiento, datos y capacidades algorítmicas. Esto no significa que las formas tradicionales de dominación hayan desaparecido; significa que se articulan con nuevas estructuras tecnológicas.

La inteligencia artificial puede convertirse así en un instrumento de reproducción de las relaciones de poder existentes y, simultáneamente, en un factor capaz de modificar la correlación internacional de fuerzas.

Militarización de la IA y transformación de la guerra

La dimensión militar constituye una de las expresiones más críticas de esta transformación. La inteligencia artificial está siendo incorporada progresivamente a tareas de vigilancia, inteligencia, reconocimiento, logística, análisis de información, planificación y sistemas de armas. El Comité Internacional de la Cruz Roja ha advertido que la incorporación de IA al ámbito militar plantea riesgos relacionados con la aceleración de las operaciones, la imprevisibilidad de determinados sistemas y la reducción del control humano sobre decisiones que pueden producir consecuencias letales.

La cuestión central no es simplemente la automatización de determinadas funciones. El problema aparece cuando la velocidad de procesamiento algorítmico comienza a superar la capacidad humana de deliberación, supervisión y evaluación contextual. Cuanto menor sea el tiempo entre la identificación de un objetivo y la ejecución de una acción, mayor será el riesgo de errores y de decisiones adoptadas sobre información incompleta o incorrecta.

Esto plantea un problema fundamental de responsabilidad. Una máquina no puede convertirse en sujeto último de responsabilidad jurídica o política. La responsabilidad permanece en quienes diseñan, autorizan, despliegan y utilizan los sistemas.

La guerra contemporánea, además, ya no se limita al campo de batalla convencional. Redes de comunicación, sistemas financieros, satélites, infraestructura energética, cadenas logísticas, bases de datos y sistemas industriales constituyen nuevos espacios de confrontación. La frontera entre guerra económica, guerra cibernética, guerra política y guerra militar se vuelve progresivamente más difusa.

La IA amplifica esta transformación al permitir analizar grandes cantidades de información, identificar patrones, automatizar determinadas respuestas y coordinar operaciones complejas. En consecuencia, la superioridad tecnológica puede transformarse en una ventaja estratégica transversal.

El desarrollo de la inteligencia artificial militar plantea, por ello, una contradicción entre capacidad técnica y control político. Cuanto mayor sea la autonomía operativa de los sistemas, mayor deberá ser la capacidad institucional de supervisión y responsabilidad humana.

Vigilancia algorítmica y nuevas formas de control social

La militarización no constituye la única dimensión problemática. La expansión de sistemas de vigilancia algorítmica puede transformar también las relaciones entre Estado, empresas y ciudadanía.

La digitalización permite integrar información sobre identidad, movilidad, comunicaciones, consumo y actividades económicas. Cuando diferentes bases de datos son interconectadas y procesadas mediante sistemas algorítmicos, puede construirse una capacidad de identificación y clasificación poblacional de una magnitud desconocida para las formas tradicionales de vigilancia.

El problema no reside exclusivamente en la existencia de cámaras, registros o bases de datos. El salto cualitativo aparece cuando estas herramientas dejan de funcionar aisladamente y pasan a formar parte de una infraestructura integrada de observación, clasificación y predicción.

En este punto adquiere relevancia el concepto foucaultiano de vigilancia: el poder no necesita ejercerse permanentemente mediante la coerción directa si consigue establecer condiciones permanentes de observación y clasificación (Foucault, 1975). La IA puede ampliar considerablemente esta capacidad al automatizar procesos que anteriormente requerían grandes cantidades de trabajo humano.

El caso palestino plantea una expresión extrema de esta articulación entre tecnología, vigilancia y guerra. Más allá de las particularidades históricas y jurídicas del conflicto, el problema analítico consiste en comprender qué ocurre cuando tecnologías de identificación, recopilación de datos, clasificación y vigilancia se integran en operaciones militares y mecanismos permanentes de control poblacional.

La pregunta adquiere así una dimensión universal:

¿qué ocurre cuando la vigilancia deja de ser una capacidad excepcional del Estado y se convierte en infraestructura permanente de la vida social?

Esta interrogante resulta especialmente relevante para sociedades que, bajo argumentos de seguridad, combate al crimen o modernización administrativa, expanden sistemas digitales de identificación e interconexión de información. La existencia de una infraestructura tecnológica no implica necesariamente su utilización autoritaria; sin embargo, cuanto mayor sea su capacidad de concentración de información, mayor será la necesidad de controles jurídicos, institucionales y democráticos.

México y el problema de la soberanía tecnológica

México enfrenta este proceso desde una posición contradictoria. Por una parte, la digitalización del Estado puede mejorar servicios, fortalecer capacidades administrativas y facilitar la gestión de información. Por otra, la expansión de sistemas biométricos, reconocimiento facial, interconexión de bases de datos y otras tecnologías plantea interrogantes respecto de la privacidad, protección de datos, transparencia y concentración institucional de información.

El problema debe analizarse evitando tanto el tecnofetichismo como el determinismo tecnológico. No toda digitalización conduce inevitablemente a la vigilancia, pero tampoco puede asumirse que la tecnología es políticamente neutral. Su significado depende de las instituciones, relaciones jurídicas y estructuras de poder que determinan quién puede acceder a la información y con qué objetivos.

Para México, la cuestión tecnológica posee además una dimensión de soberanía. Utilizar tecnologías extranjeras no equivale a poseer soberanía tecnológica. Una sociedad puede consumir plataformas, modelos de IA y servicios digitales sin controlar los centros de datos, los semiconductores, los algoritmos, los estándares técnicos ni las condiciones de procesamiento de sus propios datos.

La soberanía tecnológica debe comprenderse entonces como capacidad de decisión. Implica desarrollar conocimiento científico, infraestructura, talento especializado, capacidades computacionales, sistemas propios de investigación, mecanismos de auditoría y capacidad regulatoria.

Para los países del Sur Global, este problema puede adquirir la forma de una nueva dependencia. La dependencia ya no se expresa exclusivamente mediante la importación de maquinaria, capital o bienes manufacturados, sino también mediante la dependencia de plataformas, servicios de nube, sistemas algorítmicos, propiedad intelectual, chips y capacidades de procesamiento.

De ahí que la soberanía tecnológica no deba confundirse con autarquía. Su objetivo no es aislar a los países, sino garantizar capacidad de negociación, decisión, adaptación y sustitución en áreas tecnológicas estratégicas.

La dirección social de las fuerzas productivas algorítmicas

A partir de los elementos anteriores puede formularse una categoría teórica que permite integrar el problema tecnológico con la cuestión política: la dirección social de las fuerzas productivas algorítmicas.

Esta categoría designa la capacidad de una sociedad para determinar quién posee la infraestructura tecnológica, quién controla los datos, qué objetivos persiguen los sistemas, bajo qué criterios son diseñados, quién supervisa sus resultados, quién responde por sus consecuencias y quién recibe los beneficios derivados de su utilización.

La importancia de esta categoría reside en que desplaza el centro del debate. La pregunta deja de ser únicamente:

¿qué puede hacer la inteligencia artificial?

y pasa a ser:

¿quién decide qué hará la inteligencia artificial?

Esta diferencia resulta fundamental.

La discusión tecnológica contemporánea suele concentrarse en la eficiencia, velocidad y capacidad de los sistemas. Sin embargo, desde una perspectiva de economía política, debe analizarse también la propiedad, el control y la apropiación.

La IA puede incrementar extraordinariamente la capacidad productiva de la humanidad, pero también puede profundizar la concentración económica y política si sus capacidades quedan subordinadas exclusivamente a intereses corporativos, militares o geopolíticos.

Por ello, la contradicción fundamental no se encuentra entre humanidad y tecnología, sino entre las enormes posibilidades materiales abiertas por el desarrollo tecnológico y las relaciones sociales bajo las cuales esas posibilidades son apropiadas.

La cuestión histórica es, entonces, quién tendrá la capacidad de orientar las nuevas fuerzas productivas hacia determinados fines sociales.

Desde una aproximación hermenéutica y crítica a la letra libre, la inteligencia artificial constituye uno de los principales campos estratégicos de la transformación mundial contemporánea. Su importancia no deriva únicamente de sus capacidades técnicas, sino de su creciente integración con la economía, el Estado, las estructuras militares y los sistemas de vigilancia.

La disputa por la IA debe comprenderse como una disputa por el control de nuevas fuerzas productivas. Los datos, algoritmos, modelos, semiconductores, centros de datos, energía, conocimiento científico y trabajo especializado forman una arquitectura tecnológica cuya concentración puede producir nuevas formas de poder económico y geopolítico.

La competencia entre Estados Unidos y China-Rusia muestra que la inteligencia artificial se ha convertido en un componente de la disputa por la hegemonía mundial. Al mismo tiempo, la concentración empresarial plantea el riesgo de que capacidades fundamentales para el desarrollo social queden bajo control de un reducido número de corporaciones.

La militarización de la IA agrega una dimensión particularmente grave: la posibilidad de acelerar decisiones militares, ampliar capacidades de vigilancia y reducir los márgenes temporales de intervención humana. La cuestión de la responsabilidad, por tanto, no puede ser desplazada hacia la máquina; permanece en las instituciones y sujetos que deciden su utilización.

La expansión de la vigilancia algorítmica plantea un problema igualmente profundo. Cuando los datos sobre identidad, movilidad, comunicaciones y comportamiento pueden ser integrados y procesados automáticamente, la vigilancia puede transformarse en infraestructura permanente de la vida social.

Para México y el Sur Global, estos procesos plantean el desafío de construir soberanía tecnológica. No basta con consumir tecnologías desarrolladas en otros centros de poder. Es necesario desarrollar capacidades científicas, infraestructura, conocimiento, regulación y mecanismos de cooperación que permitan reducir la dependencia.

En este sentido, la categoría de fuerzas productivas algorítmicas permite comprender la dimensión material del nuevo poder tecnológico, mientras que la categoría de dirección social de las fuerzas productivas algorítmicas permite formular la pregunta política decisiva.

El futuro de la inteligencia artificial no estará determinado únicamente por su evolución técnica.

Estará determinado por las relaciones sociales dentro de las cuales esa evolución tenga lugar.

Por ello, la pregunta fundamental del siglo XXI no consiste solamente en saber quién desarrollará la inteligencia artificial más poderosa, sino quién controlará las fuerzas productivas algorítmicas, bajo qué principios, con qué mecanismos de responsabilidad y en beneficio de quién.

En última instancia, la disputa tecnológica es una disputa por el tipo de sociedad que habrá de emerger de esta transformación histórica. La inteligencia artificial puede convertirse en un instrumento sin precedentes de concentración del poder o en una herramienta para ampliar las capacidades colectivas de la humanidad. La resolución de esta contradicción dependerá menos de la tecnología considerada en abstracto que de las relaciones económicas, políticas y sociales que determinen su dirección histórica.

Referencias

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Foucault, M. (1975). Surveiller et punir: Naissance de la prison. Gallimard.

Harvey, D. (2003). The new imperialism. Oxford University Press.

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Lenin, V. I. (1975). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Progreso. (Trabajo original publicado en 1917).

Marx, K. (1971). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), 1857–1858. Siglo XXI.

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Muldoon, J., & Wu, B. A. (2023). Artificial intelligence in the colonial matrix of power. Philosophy & Technology, 36, 80.

Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence. (2026). The AI Index Report 2026.

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