“Vi muchos árboles, pero uno solo captó mi atención. Estaba apartado, sin amigos ni vecinos, y sin embargo parecía pleno de dignidad. Comprendí que la soledad no siempre es tristeza; a veces es enseñanza.” Antoine de Saint-Exupéry
“A poca gente quiero de verdad y de muy pocos tengo buen concepto. Cuanto más conozco el mundo, más me desagrada. Y el tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter humano y en lo poco que se puede uno fiar de las apariencias de bondad o inteligencia.” Jane Austen
“Al final del día, todos somos un poco náufragos buscando una orilla donde descansar.” Alejandro Dolina
“Quédate con aquel que se enamore de tus inviernos, que la frialdad no sea problema y te abrace con más fuerza cuando todo se vuelva difícil.” Sierra Villanueva
“Tan solo tienes que dejar al suave animal de tu cuerpo amar lo que ama.”Mary Oliver
“Que el viento sople a mi favor y si no, que me enseñe a volar.” Lía Risco
“Ella quería decirle, no me dejes, pero no podía hacerlo. No otra vez. Estaba tan cansada de rogarle a la gente que la amará.” Kristin Hannah
“Sigue algún camino, por estrecho y tortuoso que sea, por el que puedas caminar con amor y reverencia.” Henry David Thoreau
“Ella quería decirle, no me dejes, pero no podía hacerlo. No otra vez. Estaba tan cansada de rogarle a la gente que la amará.” Kristin Hannah
“Hoy haría lo incorrecto con la persona adecuada.”Lil Wayne
“Llega un momento de tu vida en el que ver el menor número de seres humanos posible se convierte en uno de los objetivos semanales más apetecibles.” Gaby Castellanos
“No creo que exista el olvido, ni que deba existir. La vida se hace de escombros y de cenizas que siguen ardiendo.” Joaquín Sabina
“Si eres un océano, sé un océano. No te conviertas en un pantano, solo porque la gente, tiene miedo de tu profundidad.” Teal Swen
“Bebe el té con respeto. Hizo un largo viaje desde la tierra hasta tu boca.” Ikkyu Shin
“Este día no volverá jamás, y quien no lo saboree ni perciba su olor, no lo tendrá por segunda vez en toda la eternidad.” Hermann Hesse
“Eso de amar sin esperar nada a cambio es bonito en los cuentos de hadas. Pero en la vida real un amor maduro exige un delicado equilibrio entre dar y recibir, porque todo aquello que no es mutuo, resulta ser tóxico.” Bert Hellinger
“…y no me fui tan lejos. Me bastó con cerrar los ojos, tapar mis oídos y no pronunciar palabra. Y llegué ahí, al lugar de mis silencios…” Graciela Albores Jiménez
¿Cómo poder ir encontrando en las formas más sutiles de la vida esas pistas que son como soplos de vida para existir con un mínimo de dignidad?
Estamos en la sociedad del cansancio. La productividad no acepta descanso, la autoexigencia es el imperativo que se asocia al éxito económico, lo demás es desechable, incluidas las relaciones amorosas, los vínculos afectivos, los lazos familiares son medios, la lealtad a la identidad es sacrificable, el esfuerzo es solo medida de autoexplotación y el consumo es el dios de los nuevos milagros y de la felicidad, incluido el ocio, que solo es válido si tiene un costo. No hacer nada es imperdonable, pensar está prohibido, sentir solo es admisible si sirve para alentar la banalidad, lo superfluo, el lujo o la extravagancia es sinónimo de original, de autenticidad, siempre y cuando sentir no implique asumir responsabilidades y compromisos.
Cuando el éxito se ubica solamente en el plano personal, algo está mal en la sociedad; cuando la salud, incluida la salud mental, se reduce a lo individual, algo está mal en la construcción con responsabilidad social del bien común. Cuando seguir a líderes que venden falsas utopías y valores que niegan los derechos humanos de las personas, el estado de derecho y se mueven bajo el amparo del poder para obtener ganancias inmorales, indebidas e ilícitas, algo está muy mal.
Más allá del saldo civilizatorio que apunta a una hecatombe ominosa, el poder querer tener un respiro, poder sentir el aire fresco en la cara, caminar seguro sobre un sendero de libertad, se convierte en expectativas que, aun por simples, se convierten en casi imposibles de lograr, de sentir y de vivir. Aun así, necesitamos vivirlas para tener cierta sensatez, algo de cordura, esa conexión con la vida, y tal vez por eso es más urgente y necesario regresar a la lectura, a la poesía, al arte, a las ciencias sociales, a las humanidades, a la filosofía, al diálogo, a los conversatorios, al ágora, a la polis, a la ciudadanía activa, a la rebeldía, al aburrimiento, al juego y la interacción física, a tomar distancia de lo virtual, de las pantallas, crear compromisos cara a cara, a sonreír en la calle, a los abrazos, a los besos, a decir “te quiero”.
No podemos dejar de pensar en la realidad, y lo que hacemos es desvirtuarla, crear distopías y utopías; ambas nos ponen en una distancia con lo real que anima y que paraliza, que crea expectativas de cambio o destinos inamovibles. Tensión por demás humana, que crea ilusiones y desesperanza o crea esperanza y testimonio.
Julio Cortázar nos animó a asumir que: “Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrir que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas.”
En lo humano que nos define, los hechos que trastocan la paz personal, está la decepción. Oriana Fallaci dice: “Nada duele, envenena, enferma, tanto como la decepción. Porque la decepción es un dolor que siempre viene de una esperanza desvanecida, una derrota que siempre viene de la confianza traicionada, eso es, al revés de alguien o algo en lo que creíamos. Y debajo de ella te sientes engañado, ridiculizado, humillado.” Tal vez por eso empezamos a ver en el mundo las reacciones en algunos contextos políticos y culturales de los cambios de posición y perspectiva en las creencias, convicciones y valores de muchas personas, y somos testigos y vemos el descrédito que tienen, por ejemplo, Milei y Trump, que ya no saben qué más mentiras tienen que crear para sostenerse en el poder y seguir en la disociación propia de la locura narcisista y de la esquizofrenia paranoica. Ojalá pronto la realidad cree otras respuestas y otras posibilidades para las personas, desde la justicia social, la dignidad de las personas y sus derechos.
La vida se sostiene con el aire y con la luz. Somos más que eso, pero somos necesariamente dependientes de los otros seres vivos para existir y para sobrevivir, y somos también agua, somos un poco más del 70 por ciento de agua en nuestra condición biológica. Margaret Atwood escribió: “El agua no ofrece resistencia. El agua fluye. Siempre va a donde quiere, y al final nada puede oponerse a ella. Las gotas de agua pueden erosionar la piedra. Recuerda que eres mitad agua. Si no puedes atravesar un obstáculo, rodéalo. Es lo que hace el agua.”
Son tiempos de buscar alternativas, de evitar el conformismo. Son tiempos de alinear la ciencia y la tecnología al servicio de la salud, de la educación, de la alimentación, a garantizar el acceso al agua, a la energía, la vivienda. Se requieren visiones de estado y decisiones de gobierno para poner prioridades nuevas centradas en las personas y ya no en el capital y sus ganancias, se requiere iniciar un proceso sostenido de redistribución de la riqueza y del territorio, más allá de las fronteras artificiales y legales que hemos creado, se requiere pensar en el desarrollo del potencial humano, en el ejercicio de la libertad y del progreso para crear bienes y servicios para todas y todos.
Evidentemente hay un plano personal, que es único, irrepetible, indeterminado e impredecible, que hace que lo humano sea el lugar para la creación de la experiencia humana existencial y que pasa por las interacciones afectivas y, siguiendo a Rainer Maria Rilke: “Sostengo que la tarea más alta de un vínculo entre dos personas consiste en que cada una proteja la soledad de la otra. … Amar a otro ser humano es quizá la tarea más difícil que se nos ha encomendado. El amor no consiste, al principio, en fundirse, entregarse o unirse al otro; es un estímulo para que cada uno madure, y llegue a ser un mundo en sí mismo por amor al otro.”
Es en el retorno a la posibilidad de sentir la vida, desde ese soplo que se requiere para vivir con consciencia, de apreciar la propia existencia y lo que la rodea, que “es tan raro que comprendamos la belleza y el misterio de las cosas cotidianas que, cuando finalmente lo logramos, a menudo nos conmueve hasta las lágrimas. Horrorizados por nuestra propia pobreza, despertamos maravillados ante un esplendor que jamás habíamos imaginado”, como dijo Belden C. Lane.
Y tenemos que aceptar que “de repente las cosas no tienen por qué tener sentido. Me satisfago en ser. ¿Tú eres? Estoy seguro de que sí. El sinsentido de las cosas me provoca una sonrisa de complacencia. Todo, sin duda, debe de estar siendo lo que es”, como lo pudo de alguna manera descifrar Clarice Lispector. Y en ese mismo sentido, tendríamos que seguir las enseñanzas de Séneca: “Para ser felices se necesita eliminar dos cosas: el temor de un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.”
Son tiempos en que tenemos que poner la vida como prioridad, a la persona humana como eje de la construcción social, económica, cultural y política de la sociedad del siglo XXI, y tendremos que comprender, más allá de los maniqueísmos y polarizaciones que se están fomentando, con estas renovadas formas de discriminación y del resurgimiento de clasismo y fascismo, que, como ha declarado la escritora española Rosa Montero, la sociedad tiene una real división que sirve para entender en mucho lo que pasa hoy: “Mira, a mi edad he llegado al convencimiento de que la gente no se divide entre ricos y pobres, negros y blancos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, moros y cristianos… No. En lo que se divide de verdad la humanidad es entre buena y mala gente. Entre las personas que son capaces de ponerse en el lugar de los otros y sufrir con ellos y alegrarse con ellos, y los hijos de puta que solo buscan su propio beneficio.”
La tarea, entonces, es recuperar esos soplos de vida que nos devuelven la dignidad: el asombro ante lo cotidiano, la capacidad de rodear los obstáculos como el agua, la valentía de proteger la soledad del otro mientras construimos vínculos auténticos. No se trata de esperar a que las estructuras colapsen o a que los líderes mesiánicos nos salven, sino de asumir la responsabilidad de crear, aquí y ahora, espacios de humanidad en medio del desierto del cansancio. Cada acto de rebeldía silenciosa —leer un poema, abrazar sin prisa, decir “te quiero” sin esperar nada a cambio— es una forma de resistencia frente a la maquinaria que nos quiere convertir en engranajes productivos. Es en esos gestos mínimos donde reside la posibilidad de abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, de descubrir que el paraíso no está en un futuro inalcanzable, sino a la vuelta de todas las esquinas, esperando a que tengamos el coraje de verlo.
Al final, la pregunta no es si podremos cambiar el mundo entero, sino si seremos capaces de cambiar nuestra relación con él, con nosotros mismos y con los demás. La división fundamental no está en las ideologías ni en las clases sociales, sino en la capacidad de empatía, en la disposición a ponerse en el lugar del otro, en la voluntad de construir desde la bondad y no desde el beneficio propio. Ese es el verdadero soplo de vida: reconocer nuestra interdependencia, aceptar nuestra vulnerabilidad, celebrar nuestra finitud. Solo así, fluyendo como el agua, protegiéndonos mutuamente de la soledad, abrazando el sinsentido, con una sonrisa de complacencia, es que podremos encontrar ese mínimo de dignidad que nos permite seguir siendo humanos en tiempos inhumanos. Y eso, en sí mismo, ya es una revolución.



