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Pensar y sentir; Ser y tener

“La vida no puede escribirse, solo puede vivirse.” Oscar Wilde
“El alma de las cosas, la belleza solo se nos revela cuando no codiciamos nada, cuando nuestra mirada es pura contemplación.” Hermann Hesse
“Le dije a mi alma: Quédate quieto y espera; Así que la oscuridad se convertirá en luz, y la quietud en baile. T. S. Eliot
“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma.” Voltaire
“Que nos acompañemos más la vida y nos la contemos menos.”  Nazaret Reyes
“El mundo te preguntará quién eres, y si no lo sabes, el mundo te lo dirá.” Carl Jung
“Los niños adivinan qué personas los aman. Es un don natural que con el tiempo se pierde.” Charles Paul de Kock
“A donde quiera que vayas, ve con todo el corazón.”  Chamalú
“No hay exterior, no hay interior; una vez que el corazón se convierte en un océano de vida, acoge todas las cosas y todos los seres.” Vilayat Inayat Khan
“Cuanto más leo, más aprendo, más seguro estoy de que no sé nada.” Voltaire
“La distancia no es un problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin tocar, sin ver o sin escuchar. Y el amor se siente con el corazón, no con el cuerpo.” Gabriel García Márquez
“Y un día, sin esperarlo ni planearlo, me convertí en mi propia medicina.” Alejandra Baldrich
“Valoren todo, cada persona, cada momento, cada cosa. No crean que por tenerlas ahora las tendrán toda la vida. Lo que llega, también se va.” Aria
“El valor de los sentimientos no depende del tiempo que duran, sino de la intensidad con que ocurren. Por eso hay momentos irrepetibles y personas inolvidables.” Fernando Pessoa
“Hacer de la interrupción un camino nuevo; hacer de la caída, un paso de danza; del miedo, una escalera; del sueño, un puente, y de la búsqueda, un encuentro.” Fernando Sabino
“No hace falta quemar libros para destruir una cultura. Basta con conseguir que la gente deje de leerlos.” Ray Bradbury
“En asuntos de amor los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca.” Jacinto Benavente
“Todo principio no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad.” Wislawa Szymborska
“El sobre pensamiento alimenta el miedo, mientras la vida sigue esperando a que te atrevas a vivirla.” María Dolores
“La nostalgia no es siempre nostalgia de un pretérito. Existen lugares que nos provocan nostalgia por adelantado. Lugares que sabemos perdidos en cuanto los encontramos.” Valeria Luiselli
“La felicidad es poder florecer incluso entre las piedras del camino, ver crecer el árbol de la vida con raíces firmemente plantadas en la fe de que sus frutos tendrán la dulzura del amor, la dignidad del ser, la sencillez de una flor.” Inés Seibert

Yo no vine a sentir poco, vine a sentir todo, pero también vine a pensar. En esto de vivir, el sentir es por unos instantes la experiencia sensorial que permite darnos cuenta de un adentro y un afuera, y que en milésimas de segundo nos lleva al pensamiento abstracto, sin sentido y significado aún, pero el sentir desde lo biológico irá haciendo las conexiones y asociaciones necesarias para dar significado a esas experiencias sensomotoras, que poco a poco nos llevarán a la representación palabra-cosa y luego nos servirán, junto con la atención, la palabra-cosa hablada, junto con los mecanismos de la memoria, a ir creando formas de mirar, sentir, de percibir y de entender el mundo desde ese lenguaje que irá internalizando y estará en un modo alerta intentando incluir a las emociones y a los sentimientos en el conjunto de las ideas y de las palabras para sí mismo y para los demás.

El mundo occidental separa el sentir del pensar y, aún más, ha privilegiado el pensar sobre el sentir y, además, lo ha usado de forma discriminatoria en una de las expresiones, vertientes e imposiciones culturales para sostener las visiones patriarcales en las que se asigna lo emocional y lo sentimental a las mujeres con todos los estereotipos y cargas ideológicas con las que el machismo se excusa para muchas de sus prácticas sociales, económicas y políticas.

Jonathan Safran Foer dice: “Me pasé la vida aprendiendo a sentir menos. Cada día sentía menos. ¿Eso es madurar? ¿O es algo peor? Uno no puede protegerse de la tristeza sin protegerse al mismo tiempo de la felicidad“, en un breve pero valioso ejercicio de introspección para cuestionar el discurso tan enraizado que decreta “las mujeres sienten, los hombres piensan.”

Otra de las díadas que la cultura occidental ha instalado entre nosotros tiene que ver con el tener y el ser. Dicotomía que explota la legítima ambición por obtener los satisfactores básicos para vivir. El sistema económico transforma esas necesidades en mercancías y en sí todo lo que va asociado al desarrollo humano; la pirámide de Maslow, si la revisamos críticamente desde el paradigma del consumo, atender esas necesidades ya están diseñadas en la lógica del consumo. Y es claro todavía: la geopolítica está marcada por las dinámicas históricas de conquistas, invasiones, coloniajes, protectorados que han sido formas de despojo de tierras, aguas, riquezas y de personas, que puestas en la lógica actual del capitalismo siguen marcando buena parte de los conflictos bélicos activos, y que si bien “una vez las armas se fabricaban para librar guerras. Ahora las guerras se fabrican para vender armas”, como lo ha dicho Arundhati Roy, que es un ejemplo de lo que el capitalismo hace para seguir acumulando ganancias.

Siguiendo esa lógica, podemos integrar lo que Emil Cioran escribió:

“La civilización nos enseña cómo apoderarnos de las cosas, cuando debería iniciarnos en el arte de despojarnos de ellas, pues no hay libertad ni ‘verdadera vida’ si no se aprende a renunciar. Me apodero de un objeto, me considero su dueño, y, de hecho, solo soy su esclavo, como también soy esclavo del instrumento que fabrico y manejo. No hay nueva adquisición que no signifique una cadena más, ni hay factor de poder que no sea causante de debilidad. Hasta nuestros dones contribuyen a encadenarnos; el espíritu que se eleva por encima de los demás es menos libre: confinado en sus facultades y en sus ambiciones, prisionero de sus talentos, los cultiva a sus expensas, los hace valer a costa de su salvación. Nadie se libera si se obliga a ser alguien o algo.”

En esta trampa del tener cosas, de apoderarnos de cosas, muchos de los patrones culturales vigentes hacen que, a las personas, independientemente de sus características étnicas, de género, edad y capacidades, se les trate como mercancías. Basta pensar en cómo se difunde el acceso al trabajo: “ofertas laborales” versus “demanda”, se habla de “selección” de personal, amparada en el reclutamiento y, por tanto, en la meritocracia, como una forma directa de cosificar a las personas e instalar esa visión de pensarnos como “recursos humanos” bajo la premisa de que existen recursos materiales y recursos naturales, a los que se puede explotar, deteriorar, contaminar y expoliar.

Pensar y tener es mejor que sentir y ser. Esa es la premisa sustancial que se mueve en la lógica actual, a la vez sirve para pensar y para argumentar que está bien explotar, destruir, contaminar, exterminar a los seres vivos y a su entorno, y que es “normal” que unos pocos sean dueños de la riqueza acumulada y de los bienes que en estricto sentido son de todos y todas.

Hoy uno de los retos más urgentes es el poder sentir y pensar al mismo tiempo, cada proceso con su dosis de racionalidad y de afectividad. Hoy lo que se llama competencias blandas, que no son otra cosa que emociones y actitudes, son uno de los factores que están determinando en los hechos el éxito de un producto, de una campaña de marketing, de un servicio, siempre y cuando estén incluidos los procesos de comunicación, intuición, creatividad.

Hoy se exaltan las emociones de las personas y se sobrevalora al tratar a las mascotas, por ejemplo, en el terreno emocional y sentimental. No se trata de no querer, cuidar y atender de la mejor forma a nuestros animales de compañía, y que todos esos seres en mucho llenan la vida, pero no se deben “humanizar”.

Søren Kierkegaard escribió:

“Mi alma ha perdido la posibilidad. Si tuviera que desear algo, no desearía riquezas ni poder, sino la pasión de la posibilidad, el ojo eternamente joven y eternamente ardiente que ve posibilidades. El disfrutar decepciona; la posibilidad, no. ¡Qué otro vino puede ser tan espumante, aromático y embriagador!”

Recuperar la integralidad del ser humano no es un acto de regresión romántica, sino una necesidad existencial urgente. Sentir y pensar no son opuestos irreconciliables, sino dimensiones complementarias de nuestra humanidad. La posibilidad de la que habla Kierkegaard no reside en acumular certezas o posesiones, sino en mantener viva esa capacidad de asombro que nos permite experimentar el mundo sin reducirlo a categorías utilitarias. Es en la tensión creativa entre la razón y la emoción donde emerge la verdadera libertad: no la del consumidor satisfecho, sino la del ser humano consciente de su finitud y, precisamente por ello, capaz de elegir con autenticidad.

Ile Suárez, campeona mundial de Surf dijo:

“Acudir al mar te devuelve a tu tamaño real y es la mejor forma de escucharte a ti misma. Cuando el día acaba, la luz se vuelve dorada y solo queda el sonido del agua, te das cuenta de lo pequeños que somos ante tanta inmensidad. Es ese momento cuando lo entiendes todo y te sientes inmensamente afortunada de poder vivirlo.”

El mar del que habla Ile Suárez nos devuelve a nuestra proporción real en el universo, nos confronta con nuestra pequeñez y, paradójicamente, con nuestra grandeza. Esa inmensidad que nos rodea no nos anula; nos sitúa. Nos recuerda que somos parte de algo más vasto que nuestras posesiones, nuestros títulos o nuestras identidades construidas. En ese encuentro con lo inmenso —ya sea el océano, el silencio, la mirada del otro— recuperamos la capacidad de escucharnos, de reconocernos en nuestra vulnerabilidad y en nuestra potencia. Ahí, donde las olas rompen contra la orilla, comprendemos que la vida no se mide por lo que acumulamos, sino por la intensidad con la que habitamos cada instante.

La apuesta, entonces, es radical: aprender a despojarnos para poder ser. Renunciar no como acto de resignación, sino como ejercicio de libertad. Soltar las máscaras, las certezas prestadas, los roles impuestos, para encontrar en ese vacío creativo la posibilidad de reinventarnos. Sentir sin miedo, pensar sin arrogancia, existir sin la necesidad compulsiva de poseer. Recuperar la pasión de la posibilidad implica aceptar que no lo sabemos todo, que no lo controlamos todo, y que en esa incertidumbre reside precisamente la aventura de estar vivos. Es ahí donde el vino espumante de Kierkegaard se vuelve embriagador: en la apertura constante al asombro, al misterio, a lo desconocido.

Al final, la vida nos confronta con una elección fundamental: ser o tener, sentir o acumular, existir o aparentar. No hay camino fácil ni respuestas definitivas, pero sí hay una brújula: la honestidad con nosotros mismos, la capacidad de mirarnos al espejo sin huir, de habitar nuestras contradicciones sin negarlas. Como ante el mar en su luz dorada, podemos elegir sentirnos pequeños y, al mismo tiempo, inmensamente afortunados de poder vivir esta experiencia única e irrepetible. Esa es la verdadera riqueza: no lo que poseemos, sino la intensidad con la que nos atrevemos a sentir, a pensar, a ser. Y en ese atrevimiento reside nuestra más profunda humanidad.