En 2013, como directora del Instituto de las Mujeres en la capital, puse en la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué la Reina de San Juan y Presa de la Olla la designa una autoridad, a puerta cerrada, entre hijas de familias cercanas al poder? No cuestionaba la fiesta, sino el método. Excluyente, clasista, anquilosado.
Esa vez escuché muchas voces sumarse. Ciudadanas que coincidían: si las fiestas son del pueblo, que las mujeres del pueblo participen y enriquezcan el proceso. Que se reivindique el trabajo de las mujeres, no un reinado.
En aquel momento también, en franca minoría se hicieron presentes otras voces: las del privilegio argumentativo, “no cualquiera puede ser reina porque para ir a Ashland hay que tener visa”. Y no cualquiera tiene dinero para vestidos, porque el municipio solo aporta una parte. Esa lógica exhibe una sociedad donde no estamos representadas todas.
Trece años después, esta semana, la presidenta municipal Samantha Smith presenta —sin sorpresa— a dos jovencitas como reina y princesa. Sin convocatoria abierta. Sin proceso distinto. Elegidas, otra vez, a puerta cerrada.
En Europa, de donde viene la tradición monárquica, hoy vemos a mujeres de la realeza en la milicia o en ayuda humanitaria con enfoque de política pública. Aquí, la figura de la reina sigue anclada a “actividades rosas”, asistencialistas. Es un contrasentido para el llamado tiempo de las mujeres. Más grave cuando quien gobierna es, por primera vez, una mujer.
León ya probó que se puede cambiar.
En 2013, durante la administración de Bárbara Botello, PRI, en León se desplazó y sustituyó la figura de las reinas. Fue propuesta de la entonces regidora del partido verde, Beatriz Manrique, quien en acuerdo con la alcaldesa impulsó transitar hacia espacios de participación para mujeres jóvenes, no de ornamento.
El gobierno de Alejandra Gutiérrez, PAN, ahora MC, reinstaló la figura. Ahí está el sesgo: perpetúan tradiciones que les permiten discrecionalidad con algunas familias.
Pero el problema es más amplio. La gran mayoría de municipios, no solo de Guanajuato sino del país, mantiene esta práctica. En Silao, la presidenta municipal Melanie Murillo anunció la semana pasada que habría una reina por cada comunidad y que sería elegida con “otro tipo de méritos”. Se trata de una propuesta más abierta, sí. Pero la denominación sigue cargando estereotipos: ¿por qué solo las mujeres debemos ser “reinas”?
La pregunta real es otra: ¿por qué no nombrar el reconocimiento desde lo que importa? El trabajo, la capacidad, las aportaciones de mujeres jóvenes que hacen gerencia en su comunidad. Que el mérito sea liderar un proyecto de agua, de salud, de seguridad para otras mujeres. No portar una corona.
El dato es claro: En 2013, mientras yo habría este debate aquí, en León ya cambiaban el modelo. Si León pudo desplazar la figura con un gobierno del PRI y reinstalarla con uno del PAN, es decisión política, no mandato histórico. Guanajuato capital ni siquiera ha dado el debate.
La única política para las jóvenes: una corona
Y aquí está la afrenta mayor: en una ciudad capital donde preexiste la violencia contra las mujeres, la única propuesta visible para las jóvenes parece ser hacer reina a la hija de una familia cercana.
El gobierno de Samantha Smith no mide. No diagnostica. No acota. Gobernar en el tiempo de las mujeres no es repartir coronas. Es garantizar que jóvenes de las comunidades de La Trinidad, El Zangarro y El Chocolate caminen seguras a su casa. Es entender que las mujeres de la comunidad de Santa Teresa no viven igual que las de la zona centro. Es asumir que la falta de iluminación pública sigue siendo un escenario para que sean atacadas.
No existe política pública para ellas. No hay empleo. No hay prevención con presupuesto. No hay rutas seguras. No hay apoyos educativos sostenidos. No hay albergues ni casas de transición sufragadas desde lo municipal. La falta de caminos y de transporte les duplica el riesgo y el cansancio para sus jornadas escolares y laborales. La ausencia de centros de salud cercanos a sus localidades la pone en desventaja sobre cualquier practica de autocuidado respecto a las que viven en cabeceras municipales. Hay reina. Y la reina va a Ashland.
Las pocas oportunidades que hay para participar están acotadas. Para acceder a esa representación tienes que ser hija de una familia cercana a la autoridad. Tienes que ser invitada. No postulada. No elegida.
El contrasentido del tiempo de las mujeres
Samantha Smith repite “tiempo de las mujeres”. Ella repite sin cuestionar. No habita el significado.
Es la primera presidenta municipal, pero solo eso. No es pionera de las transformaciones ni del entendimiento que requieren hoy las mujeres. Repite las mismas prácticas: excluir para privilegiar a su círculo.
Si no puede abrir ni la elección de una reina, ¿qué proceso sí abrirá?
El cuestionamiento no es a las chicas elegidas ahora ni antes. Es a la autoridad que no dimensiona cómo abona a la exclusión y al privilegio en decisiones tan relevantes como la representación de nuestras fiestas.
Nosotras queremos piso parejo para todas. En todo. Incluyendo los reinados.
En el tiempo de las mujeres, las coronas a puerta cerrada no alcanzan cuando la ley exige medir violencia feminicida y en los callejones sigue sin luz.
Si en 2026 no se puede democratizar ni una reina, la única que se quedó en el siglo pasado, en los gobiernos de perpetuación de privilegios, en el gobierno de los otros, es Samantha Smith.
La que sí entiende
Mientras las presidencias municipales debaten cómo repartir coronas, en la telesecundaria de la comunidad San Antonio, en Silao, Julieta Gutiérrez, una maestra, propuso a sus estudiantes una adaptación de la poesía “México, país horror”, del autor Alejandro Merino, homenaje a las víctimas de feminicidio: nombrarlas, explicar por qué duele, hacer visible lo que el poder oculta. Ella ve el potencial de las jóvenes y lo encausa: no para adornar una fiesta, sino para defender la vida de otras. Ahí hay pedagogía del poder. En los palacios municipales, todavía hay monarquía.
[Nota al pie en tiempos de monarquía]
Hace trece años hubo voces que salieron en defensa del privilegio. Hoy invito a esas voces, y a otras, a que el debate sea más amplio: no cuestionamos a las chicas elegidas; cuestionamos a una autoridad que promueve la división y la exclusión entre nosotras. Invito a no defender posiciones propias, sino a pensar desde el legítimo deseo que pueden tener muchas otras mujeres jóvenes en la capital de aspirar a representar las fiestas de su ciudad.



