Inicio Columna Una ciudad no se improvisa

Una ciudad no se improvisa

Velia María Áurea Hontoria Álvarez, columnista Platino News. Arte: Valeria Zacatelco

Hay decisiones que no solo cambian una calle, un trayecto o una rutina. Hay decisiones que transforman la manera en que una ciudad respira, se mueve, trabaja y convive consigo misma.

Por eso, cuando se habla de proyectos que impactarán durante años la vida cotidiana de miles de personas, la prisa nunca debería confundirse con visión, ni el entusiasmo con planeación.

Toda ciudad necesita avanzar. Necesita infraestructura, soluciones de movilidad y obras que respondan al crecimiento y a las nuevas necesidades urbanas. Indudablemente.

Pero una cosa es avanzar con rumbo y otra, muy distinta, avanzar desde la improvisación. Y esa diferencia importa, no por quién la propone, sino por las consecuencias que tendrá para el futuro común.

Cuando una obra de gran escala se presenta como sinónimo automático de progreso, conviene hacer una pausa. No para oponerse por sistema ni para frenar por miedo, sino para preguntar con seriedad lo que una ciudadanía responsable debe preguntar: ¿Se han evaluado cuidadosamente las rutas críticas?, en un diálogo abierto y honesto, ¿Se han identificado los costos reales, tanto económicos como sociales, urbanos y comerciales? Se pide confianza ¿Administrando obediencia? ¿Se ha dialogado con quienes verán afectado su patrimonio, su cotidianidad? ¿hay una planeación financiera sólida y calendarizada o solo una expectativa optimista?, ¿se ha valorado que hay negocios que no resisten quince días cerrados, mucho menos un año?

Considero que el problema no es la obra en sí, sino esa manía de pensar que todo anuncio espectacular equivale a buenas decisiones. Es importante entender que una ciudad puede pagar muy caro aquello que no se estudió con profesionalismo. Porque cuando se reprimen datos o se diluyen temas, se traiciona la responsabilidad pública.

La transparencia consiste en mostrarlo todo y sopesar las consecuencias. Quizá sería sano abrir la memoria, desenredar los cables de aquellos puentes que tardaron años en estrenarse, mientras se mascaban polvos de amargura. ¿Te acuerdas?

La pregunta de fondo no es si queremos desarrollo. La respuesta es afirmativa y segura. La verdadera pregunta es: ¿qué desarrollo vamos a aceptar? Hoy hace falta que brille la inteligencia, que fluya la información y que se sostenga un diálogo permanente.

No podemos confiar en que los problemas se resolverán sobre la marcha, en un simpático “ya veremos”, porque cuando se pretende resolver “sobre la marcha”, casi siempre significa que el costo lo absorberá la gente, esa por la que se dice luchar.

Entonces, exigir un esquema claro de transparencia y supervisión antes de instalar una piedra no es capricho ni resistencia ante la incomodidad: es una forma comprometida de validar la estructura.

Por eso deberíamos preguntarnos, como comunidad, si estamos participando de verdad en estas decisiones o si solo estamos siendo llamados a aceptarlas cuando ya están decididas. Importante cuestionar si nuestras autoridades están viendo la ciudad como un ente vivo o si solo la ven como un tablero donde mueven piezas, sin observar que las decisiones afectan profundamente a las familias.

Una obra mal calculada puede provocar daños irreversibles en tiempos, ingresos, traslados, comercios, hábitos y equilibrios que tardaron años en construirse. Tal vez, queridos ciudadanos y empresarios, sea momento de exigir una silla en el “cuarto de guerra”.

Una ciudad no se improvisa. No se improvisan sus rutas, ni sus prioridades, ni su relación con quienes la habitan. De hacerlo, amasamos “pueblotes” enmarañados. México exige que se gobierne desde una visión sostenida por método, escucha y responsabilidad. Es prioritario activar fideicomisos mixtos de infraestructura, sin vacilar y desde la honradez.

Quizá ya no venga bien aplaudir automáticamente. Tal vez ha llegado el momento de exigir algo más difícil y necesario: claridad, planeación y sentido de largo plazo. Porque cuando una ciudad se transforma sin preguntas, el riesgo no es solo equivocarse; el riesgo es olvidar que decidir sin pensar puede terminar no solo en desastre, sino en obra negra.

¿Usted qué opina?

Velia María Áurea Hontoria Álvarez
Mi visión del mundo se forjó en la cultura del esfuerzo y la adversidad. Hija de emprendedores, la vida me obligó a pasar de la teoría a la práctica desde los 14 años. Tras la partida de mi padre —pionero en instalar el primer laminador del Bajío— asumí responsabilidades dentro de nuestras empresas familiares. Aquella experiencia marcó mi ADN: entendí el trabajo no solo como negocio, sino como un compromiso ético con las personas. Comunicóloga por el Tecnológico de Monterrey y académica fundadora de la Universidad de Celaya, he dedicado casi tres décadas al sector industrial, impulsando una visión empresarial basada en la profesionalización, el trabajo digno y la apertura de espacios para las mujeres dentro de la industria. Desde 1996 escribo editoriales y artículos de opinión sobre sociedad, ética, cultura y desarrollo económico. La escritura se convirtió para mí en otra forma de participación pública: un espacio para cuestionar, reflexionar y defender la idea de que el crecimiento solo tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. Actualmente colaboro en temas de promoción de inversiones y vinculación empresarial, manteniendo siempre la convicción de que desarrollo y responsabilidad social deben caminar juntos.