México tiene una vieja tentación política: refugiarse en la historia para evitar enfrentar el presente. Es más cómodo abrir debates sobre agravios de hace cinco siglos que resolver los problemas que hoy angustian a millones de mexicanos. La historia importa, sí. Nos explica. Nos forma. Nos da identidad. Pero ningún país avanza cuando convierte el pasado en coartada permanente para justificar la ineficiencia del presente.
Mientras desde el poder se insiste en reescribir episodios históricos, el ciudadano común enfrenta una realidad mucho más urgente y mucho más cruel: llenar el tanque de gasolina cuesta cada vez más; salir a carretera implica miedo; las ciudades colapsan por falta de infraestructura; el transporte público sigue siendo indigno; y la educación pública, salvo honrosas excepciones, continúa perdiendo calidad y competitividad frente al mundo.
El problema de México no está en Hernán Cortés. Está en la incapacidad contemporánea de construir un Estado moderno, eficiente y funcional.
La gasolina se ha convertido en un símbolo cotidiano de frustración nacional. México, productor de petróleo durante décadas, sigue dependiendo de importaciones y de decisiones improvisadas. Las familias destinan una parte creciente de sus ingresos al combustible mientras el transporte público continúa siendo insuficiente, inseguro y obsoleto. Las grandes ciudades viven atrapadas entre embotellamientos, contaminación y obras interminables que rara vez responden a una visión integral de movilidad.
Y mientras tanto, el crimen organizado gobierna territorios completos.
Ese es el verdadero debate nacional. No las ceremonias ideológicas, no las disputas simbólicas, no los discursos cargados de resentimiento histórico. El tema central debería ser cómo un país entero llegó al punto donde los ciudadanos modifican rutas, horarios y hábitos por miedo a la violencia. Hay regiones de México donde la autoridad formal existe solamente en el papel. El cobro de piso, el robo al transporte, las desapariciones y la extorsión se han normalizado de una manera alarmante.
La gobernabilidad no se mide en conferencias matutinas. Se mide en la capacidad de garantizar seguridad, justicia y oportunidades.
En educación ocurre algo igual de grave, aunque menos visible. El mundo compite con inteligencia artificial, innovación tecnológica y economías del conocimiento, mientras México continúa atrapado en disputas ideológicas sobre libros de texto y modelos políticos. Miles de escuelas carecen de infraestructura básica, conectividad digital o maestros suficientemente capacitados. Un país que no apuesta por la educación de calidad está condenado a administrar pobreza en lugar de generar prosperidad.
La infraestructura nacional tampoco resiste el maquillaje político. Carreteras deterioradas, aeropuertos insuficientes, sistemas hidráulicos abandonados y redes eléctricas vulnerables revelan un problema estructural: México dejó de planear a largo plazo. Cada administración destruye lo anterior para imponer su sello personal, aunque eso implique desperdiciar miles de millones de pesos y frenar proyectos estratégicos.
Gobernar no es dividir emocionalmente al país entre héroes y villanos históricos. Gobernar exige resolver problemas concretos. Exige visión técnica, instituciones fuertes y capacidad de ejecución. Exige menos propaganda y más resultados.
Porque mientras el poder discute el pasado, el presente se deteriora.
Y el tiempo, ese sí, no perdona a las naciones que deciden distraerse de sus verdaderas urgencias.



