“Mi madre leía mala literatura, pero su imaginación me abría otras puertas. Teníamos un juego: “Mirar el cielo y buscar la forma de las nubes e inventar grandes historias. Mis amigos no tenían esa suerte. No tenían madres que mirasen las nubes.” Julio Cortázar
“Cuando las heridas se curan con amor, las cicatrices son hermosas.” David Bowles
“Ya todos estamos en edad de tirar por la borda los sentimientos que no sirven para nada y quedarnos sólo con aquellos que nos ayudan a vivir.” Isabel Allende
“Antes que juzgar al prójimo, habría que entenderlo, sólo que la gente, floja para comprender, es implacable para condenar. Siempre habrá más voluntarios para un linchamiento que para un rescate.” Matias Ximenes
“Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo.” Hannah Arendt
“La vida es el examen más difícil. La mayoría fracasa por intentar copiar a los demás, sin darse cuenta que todos tenemos un examen diferente.” Charles Chaplin
“Me senté frente al tiempo y le pregunté: ¿Qué hago contigo? El tiempo me contestó: vive, y haz como si yo no existiera.” Fernando Medina Castelo
“El amor es el poder de ver la semejanza en lo diferente.” Theodor Wiesengrund Adorno
“No hay vidas livianas. Todas son difíciles de llevar.” Cristina Peri Rossi
“Te confío a ti mi alma, soledad, y en tus entrañas quisiera enterrarla.” Emil Cioran
“No eres libre hasta que no tengas necesidad de impresionar a nadie.” Joyce Meyer
“La memoria elige qué salvar. El resto, simplemente se desvanece. “ Vladimir Nabokov
“Y, de hecho, para ser feliz, no hace falta mucho espacio, bastan muy pocas cosas. El resto lo guardamos en el corazón, ahí hay lugar para todo.” Roberto Emanuelli
“Es hora de que me ocupe de mí misma. He ido tambaleándome por ahí, lúgubre, siniestra, sombría. Ahora toca construirme a mí misma, darme una columna vertebral, por más que fracase.” Sylvia Plath
“No todo es como debe ser ni está donde debe estar. Solo sabemos que estar aquí y ahora es todo.” Ada Stranger
“Cuando las expectativas se reducen a cero, uno aprecia lo que realmente tiene.” Stephen Hawking
“El que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir. La única en realidad.” Emil Cioran
“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse, como a una ventana llena de sol.” Federico García Lorca
“Hay infancias que no pudieron elegir, pero el adulto sí puede elegir qué hacer con esa historia.” María Dolores
“Mire, respire, sienta el viento, o el calor, o la brisa, analice las nubes, prediga que va a llover. Y, sobre todo, escuche: no hay sonido más reconfortante y más ignorado que el de la vida cotidiana.” Julio Cortázar
“Crecer duele. Cambiar duele. Pero nada duele tanto como estar atrapado en una situación que no te corresponde.” Mandy Hale
Dar por sentado que uno está vivo es caer en la trampa de la inercia: esa que deja que las cosas sucedan sin mayor complicación que respirar y dejarse llevar por las circunstancias, por lo que dicen otros, por seguir la corriente, por la flojera que implica pensar y actuar en la realidad.
En estos tiempos huimos del dolor, de la frustración, del fracaso. Los errores no se aceptan; damos la vuelta al aprendizaje que implican y preferimos las excusas, las evasivas, la desmemoria, la negación. Y si se puede evitar el dolor, la confrontación, la reflexión y la toma de conciencia, mejor.
“Es imposible vivir sin fracasar, sin equivocarnos en algo; todos cometemos errores. No se puede vivir una vida con tanto cuidado como para no tropezar nunca. Si no dejamos paso a la improvisación, a lo natural, a lo que surja, seguramente fracasaremos porque no habremos vivido”, escribió Fuen Espejo.
Vivir duele, amar duele, la muerte duele, las rupturas y las desilusiones duelen, la traición duele, la omisión duele. Vida y dolor forman una díada que no es una disyuntiva ni algo opcional, sino una unidad que refleja que el sufrimiento humano es inherente a vivir, como lo es amar y odiar. Y aunque nos movemos en lógicas de antagonismo y de contrarios, lo cierto es que estar vivo significa estar en la construcción permanente de la vida, con todos los matices que la subjetividad imprime en la mente, en las representaciones, en los signos y símbolos que conlleva el lenguaje y en la realidad contextual e histórica de cada persona.
León Tolstói dijo: “Si sientes dolor, estás vivo. Si sientes el dolor de otro, eres un ser humano”. El dolor humano nos acerca o nos aleja de los demás. La vida se siente y se construye desde lo que vivimos con el otro; de ahí nace la empatía. La comunicación, el diálogo, el aceptar y reconocer la alteridad, lo distinto y lo diverso nos permiten confrontar nuestra realidad, nuestro sistema de creencias y nuestra ideología, y desde ahí cultivar la razón, la voluntad, la tolerancia y la dignidad humana.
Y parece broma, pero en el acta de nacimiento está escrito que se presenta “vivo” a la niña o al niño. Ese es un acto de reafirmación social y cultural que debería ser suficiente para sostener lo que implica estar “vivo o viva”: transitar el largo proceso del desarrollo humano que conlleva la tarea de hacernos personas humanas.
Ursula K. Le Guin escribió en forma de deseo: “Espero que vivas sin la necesidad de dominar ni de ser dominado. Espero que nunca seas víctima, pero espero que no tengas poder sobre los demás. Y cuando fracases, seas derrotado, sufras y te encuentres en la oscuridad, entonces espero que recuerdes que la oscuridad es tu tierra, donde vives, donde no se libran ni se ganan guerras, sino donde reside el futuro. Nuestras raíces están en la oscuridad; la tierra es nuestra patria. ¿Por qué buscamos la bendición en lo alto, en lugar de mirar a nuestro alrededor y hacia abajo? Nuestra esperanza reside allí. No en el cielo lleno de ojos espía y armamento orbitando, sino en la tierra que hemos despreciado. No desde arriba, sino desde abajo. No en la luz que ciega, sino en la oscuridad que nutre, donde los seres humanos cultivan sus almas”.
En esta descripción de lo que implica ser humano, la oscuridad se convierte en esperanza: la posibilidad de estar y ser con otros, una oportunidad para la vida, para estar vivos.
Y más aún cuando Paul Auster dijo: “La vida puede venirse abajo con tal facilidad… Todo puede cambiar en un instante. La sensación de la fragilidad de la vida me persigue sin descanso. Me contagia una gran alegría —la de estar vivo— y, al mismo tiempo, un miedo atroz: por el hecho de poder perder con tanta facilidad a la gente que queremos”.
Estar vivo es comprender que la vida es un riesgo que hay que asumir, junto con sus consecuencias. Es “ser yo y mis circunstancias”, como escribió Ortega y Gasset, para poder salir de la dinámica de dominación, de la aspiración de una vida vivida desde el consumo, desde la certeza y la seguridad de no equivocarnos, desde la ilusión de evadir el dolor y esconderse en las cosas o en las personas para huir del compromiso y la responsabilidad de estar conscientemente “vivo”.
Boris Cyrulnik definió una de las cualidades que nos hacen humanos y que nos permiten superar el dolor, el sufrimiento y el trauma: “La resiliencia es el arte de navegar en aguas turbulentas, el arte de transformar el dolor para darle sentido. La capacidad de ser feliz incluso con heridas en el alma”.
Vivimos en tiempos que exaltan la cultura de la muerte, donde se anclan las adicciones, el silencio, la anomia social y el desinterés por los demás. Una época que evade la responsabilidad de dar sentido y valor al hecho de estar vivo. Por ello, se requiere con urgencia construir estrategias para comprender el dolor y el sufrimiento humano, y generar acciones individuales y colectivas que nos permitan declarar y trabajar en todo aquello que nos da momentos de dicha, paz, tranquilidad y crecimiento personal. Solo así podremos dar la batalla, evitar ser desechables y rechazar la mera existencia como única opción para estar “vivo”.
“Crecer duele. Cambiar duele. Pero nada duele tanto como estar atrapado en una situación que no te corresponde”, escribió Mandy Hale. “La gente admira el coraje, el talento, la bondad, las grandes hazañas y los grandes desafíos; pero, al final, casi siempre, lo único que valoran es el dinero”, plasmó Henry François Becque.
Estar vivo implica, por tanto, que “Amar a los otros es la única salvación individual que conozco: nadie estará perdido si da amor y a veces recibe amor a cambio”, dijo Clarice Lispector. Y esto no nos exime ni nos salva del dolor o la pena, porque hay que aceptar y comprender que “La felicidad no es algo prefabricado. Viene de tus propias acciones”, ha dicho el Dalái Lama. Acciones que están aparejadas con el hecho de estar vivos.
Quienes se esconden en un falso ser, en una silueta unidimensional que se convierte en comparsa y cómplice de los poderosos y de quienes se proclaman dueños del mundo —a costa de la libertad, de la autonomía y de la conciencia de sí— no están realmente “vivos”. De ahí que los “zombis” llenen el mundo de muertos vivientes que contagian la desesperanza y cancelan el proyecto humano, que es necesariamente colectivo, por lo que se requiere estar “vivo” en cuerpo y espíritu.



