“Si al final de todo, seguimos siendo capaces de amar, entonces habremos ganado.” Marc León
“Creo en mí mismo; porque algún día yo seré todas las cosas que amo.” Luis Cernuda
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.” Jorge Luis Borges
“El silencio cae de nuevo en la música, infinitamente lejos y tan ininterrumpido como el silencio.” Samuel Beckett
“Hay personas que aún esperan con el corazón lleno de flores, sin amargarse, sin rendirse.” Lía Risco
“Porque lo que no logra estimular la mente, eventualmente también deja de tocar el alma. Y las mentes creativas rara vez permanecen donde ya no existe nada capaz de sorprenderlas.” Abigail Mendoza
“Prefiero siempre el eterno caos de la verdad a la ilusión rosa de la vida.” Teresa Wilms Montt
“Pueden amar los pobres, los locos y hasta los falsos, pero no las personas ocupadas.” John Donne
“Lo que yo quiero contar es tan delicado como la propia vida. Y quisiera poder usar la delicadeza que también hay en mí junto con la rudeza de campesina que es lo que me salva.” Clarice Lispector
“A veces el paso más pequeño en la dirección correcta acaba siendo el paso más grande de tu vida. Ponte de puntillas si es necesario, pero da el paso.” Noeem Callaway
“No es fácil apreciar la belleza de un mundo cuando se duda de su valor.” Kazuo Ishiguro
“Cuando somos sensibles, cuando nuestros poros no están cubiertos de implacables capas comprendemos que es el otro el que siempre nos salva. Y si hemos llegado a la edad que tenemos es porque otros nos han ido salvando la vida, incesantemente.” Ernesto Sabato
“Nuestros corazones saben lo que está en ellos, incluso si nuestras bocas permanecen calladas.” Paul Auster
“Feliz quien se ha hecho sabio y ha dejado su obsesión por el mundo.” Novalis
“Saboreé el silencio. Olía a nubes y viento. Me trajo recuerdos.” Floriana Antonelli
“El regalo más grande que una persona puede darte, es darte la libertad de ser descaradamente tú mismo, sin inhibiciones, sin límites, sin filtros, sin ficciones sin juicios.” Marqués De Sade
“Si posees claridad, si eres una luz interna para ti mismo, nunca seguirás a nadie.” Krishnamurti
“Es agradable formar parte de las fantasías de los demás, pero también te gusta que te acepten por ti misma.” Marilyn Monroe
En la cosmovisión occidental nos construimos socialmente en una dialéctica estricta de polos opuestos: un juego de contrarios, un ejercicio de síntesis poco realista en el que aprendimos a vivir, sentir y pensar bajo la lógica del blanco o negro, del todo o nada, de la luna o el sol, del bien o el mal, de la luz o la oscuridad. Así fuimos estructurando ideas, emociones y decisiones como dilemas de elección, bifurcaciones dicotómicas, sin aceptar ni comprender que la vida —y la manera en que la construimos como realidad humana— está hecha de matices, de claroscuros y de realidades que no son disyuntivas cerradas.
La vida y sus posibilidades son infinitas. Su complejidad —biológica, social, política, psíquica y afectiva— constituye una amplia gama de situaciones, contextos, decisiones y voluntades que no responden a un algoritmo predeterminado, rígido y certero. Por el contrario, la realidad personal es un permanente “depende”, donde las consecuencias son múltiples y humanamente diversas.
Roberto Juarroz, poeta, afirma: “La vida sólo se desnuda o se viste en las fronteras del vacío”. En esa situación todas y todos asumimos realidades, muchas veces sin pensar dónde estamos parados, condicionados por las lógicas de la dominación económica, el control social y las ideologías políticas o religiosas. O bien, alcanzamos un nivel de consciencia y vamos construyendo una realidad personal que intenta responder a las preguntas de la existencia. Entonces, el todo o nada pierde vigencia y da paso a la verdad íntima de sabernos imperfectos, inciertos y errantes, capaces —pese a todo— de construir un mundo propio: acotado y pequeño en un sentido, pero amplio en otras dimensiones. Comprendemos así que la vida transita entre la superficialidad de lo cotidiano y la profundidad de la reflexión crítica, en el intento de vivir con autonomía, libertad, sensibilidad, independencia y responsabilidad colectiva para el bien común.
Raffaella Abategiovanni escribió:
“Después de todo, el mío es un mundo pequeño, hecho de pequeñas cosas. Un libro, música, lluvia en las ventanas, galletas caseras y paseos. Mi mundo interior es enorme, infinito, sin límites, hecho de manos extendidas, sonrisas dadas y amor sin fin, como cuando dos mundos se encuentran y se abrazan como el cielo y el mar en el horizonte. Así soy realmente yo… como quiero ser.”
Max Weber, sociólogo y político, ya desde principios del siglo XX nos ofrecía pistas sobre lo que implica pensar y ser conscientes de la realidad que nos toca vivir:
“El destino de nuestro tiempo se caracteriza por la racionalización y la intelectualización, y sobre todo por el desencantamiento del mundo. Precisamente los valores más profundos y sublimes han huido de la vida pública, ya sea hacia el reino trascendente de la vida mística o hacia la fraternidad de las relaciones directas entre individuos. No es casualidad que nuestro arte sea íntimo y no monumental. Si queremos extraer una lección, es que no tiene sentido esperar y quejarse: debemos ponernos manos a la obra y responder a las exigencias del día, tanto en las relaciones humanas como en nuestras profesiones. Esto es simple y fácil, si cada persona encuentra al demonio que controla los hilos de su vida y lo obedece.”
Conocerse implica un esfuerzo que requiere voluntad, carácter y valentía, porque supone aceptar que somos seres sociales y que muchas de nuestras ideas, criterios y convicciones son prejuicios: visiones del mundo impuestas, heredadas sin cuestionar, repeticiones socioculturales que sostienen estructuras de poder injustas, inequitativas y alejadas de la dignidad humana.
“Conocerse significa renunciar a todo idealismo sobre uno mismo y los demás seres humanos, sin excepción. También significa tener el valor de afrontar lo que nos resulta intolerable, permanecer en el fuego ardiente y arder sin quemarnos, sin carbonizarnos, sino comprender que todo termina y pasa, y que la experiencia de las cenizas es una nueva suavidad.”
En ese conocerse, como lo formuló el filósofo Immanuel Kant:
“Sublime es la sensación de asombro que el hombre experimenta ante la grandeza de la naturaleza, tanto en su aspecto apacible como, aún más, en el momento de su representación sobrecogedora, cuando cada uno de nosotros percibe su propia pequeñez, su extrema fragilidad, su finitud; pero, al mismo tiempo, precisamente por ser conscientes de ello, intuimos lo infinito y comprendemos que el alma posee una facultad superior a la medida de los sentidos.”
Entre lo superficial y lo profundo también se encuentra la realidad de las contradicciones de la vida. L.R. Knost escribió:
“La vida es maravillosa. Y luego es terrible. Y luego vuelve a ser maravillosa. Y entre lo maravilloso y lo terrible, es ordinaria, mundana y rutinaria. Inhala lo maravilloso, aguanta lo terrible y relájate y exhala durante lo ordinario. Eso es simplemente vivir una vida desgarradora, sanadora, maravillosa, terrible y ordinaria. Y es de una belleza sobrecogedora.”
La sociedad actual, bajo la lógica del capitalismo de mercado, nos ha vendido la noción de la existencia como una práctica obligada de consumo y posesión. Una estrategia eficaz que vacía mentes y corazones, explotando el miedo a la “desoquedad”, como lo explicó Pablo Fernández Cristeb: el miedo al vacío. Todo debe ser llenado: nos incomodan las paredes vacías; las mesitas de noche deben tener objetos —una lámpara, medicinas, un vaso—; las cocinas, abarrotadas de trastes, ollas y alimentos almacenados “por si acaso”; los armarios, saturados de ropa y zapatos; las habitaciones, repletas de muebles, adornos, pantallas, música y aromas artificiales. Una acumulación de cosas que sustituye la profundidad afectiva: queremos estar llenos por fuera, en la superficie de lo banal, mientras permanecemos huecos por dentro, sin nada con qué colmar el vacío existencial.
Habrá que ir a contracorriente, contra viento y marea, para subvertir esa lógica del consumo, la inmediatez y la frivolidad. Conocerse implica aceptar que debemos trabajar para obtener recompensas, renunciar a deseos que no son nuestros y elegir lo que realmente queremos. Significa salir de la superficialidad de las apariencias y las máscaras, entendiendo que muchos de nuestros deseos y necesidades han sido creados e instalados en nosotros por formas culturales que buscan aceptación, cariño y amor.
Dokusho Villalba señala:
“No alcanzas la felicidad deseando más y más; desear es muy fácil. Piensas en algo y generas un deseo. Satisfacerlo cuesta mucho más: mover hilos, gastar energía. Lo que sucede en la mayoría de los seres humanos es que acumulamos deseos no satisfechos, y esa acumulación se convierte en un estado de frustración permanente, una de las causas de la infelicidad. Si aprendemos a no excitar los deseos, a desprendernos de los que realmente no son necesarios —lo que se podría llamar renuncia—, el resultado es una mayor felicidad, plenitud interior y libertad.”
La vida es mucho más que tener o no tener: se trata de ser. De integrar que las posibilidades son infinitas, como lo plasmó Eduardo Galeano:
“Lo mejor que el mundo tiene está en los muchos mundos que el mundo contiene, las distintas músicas de la vida, sus dolores y colores: las mil y una maneras de vivir y decir, creer y crear, comer, trabajar, bailar, jugar, amar, sufrir y celebrar.”
Podemos construir mundos privados, pero el reto siempre será tener la claridad de disfrutar la superficialidad del mundo sin perder la capacidad y responsabilidad ética de explorar y desarrollar la profundidad del pensamiento, con un compromiso hacia la humanidad, en un proyecto común, incluyente, crítico y enraizado en la naturaleza.
Mary Oliver escribió:
“A veces pienso que, si fuera un poco más ruda, me iría al bosque —a trabajar, a la soledad, a unos amigos, a leer, a mis perros, a todo lo que me apaciguara, lista para la meditación y el trabajo—, aunque solo fuera para escapar de los sufrimientos y desalientos que nos aprietan el corazón, de los espíritus mezquinos. Pero es inútil. Incluso los más solitarios somos comunitarios por costumbre, y de hecho por compromiso con el más valiente de nuestros sueños, que es construir un mundo moral. El torbellino del comportamiento humano no debe ignorarse.”
Entre la profundidad y la superficialidad está la vida real, esa que se siente en carne viva, y que existe pese —y a pesar— de quienes somos.



