El camino a la candidatura
Han pasado dos años desde el asesinato de Gisela Gaytan en la comunidad de San Miguel Octopan, Celaya, se encontraba iniciando su campaña por la presidencia municipal de ese municipio marcado por la violencia en general, y la violencia que ocurre sobre los cuerpos de las mujeres de forma enfática. Consciente de ese escenario ella decidió contender, lo hizo a pesar del partido que la postulo, Morena, y después lo hizo con algunos militantes convencidos, otros resignados, otros tantos resentidos. Es valioso recordar que el camino de la candidata no fue una ruta sencilla, de ahí que su ausencia debe ser una lección permanente para todas y todos. No ha lugar a hablar de paridad cuando el camino de llegar a las candidaturas representa procesos violentos para las mujeres, sí llegan, pero con altos costos que no se nombran, y es hora de que se visibilicen y se denuncien estos actos de violencia para que no se repitan
La contienda interna por la candidatura estuvo marcada por la confrontación, la descalificación y la velada misoginia, esa candidatura la querían otros, para otros y para ellos. Ella y quienes le apoyaron, muchas de ellas mujeres, se mantuvieron firmes hasta conseguirlo, lograron descolocar cuestionamientos sobre su trayectoria partidista al no ser militante fundadora, algunos otros más absurdos ligados a su capacidad de hacer frente a los retos de la elección, ella era una mujer con las capacidades de cualquiera de sus detractores y dectractoras. A esa contienda interna, seguiría la contienda frente al PAN el partido a vencer, ella estaba lista se preparó buena parte de su vida para ello, la acompañaban la confianza, la experiencia y las alianzas con otras, y algunos otros.
En las primeras posiciones de su planilla propuso a mujeres capaces y leales a su proyecto para contrarrestar las otras imposiciones que fueron inevitables. Hoy esas mujeres Liliana Celedón, Selene Hernández y Laura Benites Rivera, todas regidoras electas han asumidos en lo individual y en lo colectivo la vigencia de muchos de los compromisos que elaboraron con ella seguramente en muchas tardes y días donde se imaginaban construyendo juntas, ellas y otras, ese Celaya bajo el liderazgo de una Gisela Gaytan que dedico varios años de preparación para ese sueño que le costó la vida: gobernar el municipio que le vio crecer a ella y sus dos hermanas, hacerlo de ese territorio un espacio habitable y seguro para las mujeres, dejar un legado trascendente. Esa meta vital y profesional no pudo ser, esa tarde del 1 de abril el joven cuerpo de Gisela topó con las balas que la esperaban en su recorrido de campaña.
Las siguientes horas se especuló de su afán de atender esa invitación a una comunidad identificada por la violencia, este reiterado señalamiento parecía responsabilizarla del fatal desenlace. Mantener esa narrativa es no asignar la responsabilidad a los verdaderos culpables, ella, una mujer candidata que fue asesinada por hacer uso del espacio público y partidista fue víctima de un gobierno y de un sistema de partidos misógino, patriarcal y violento con las mujeres. Por supuesto, también hay responsables intelectuales y materiales, también a ellos, a esas personas, deberemos señalarles con toda la fuerza de la memoria y de la exigencia de justicia.
El legado
El asesinato de Gisela Gaytán marcó el inicio del proceso electoral del 2024, un proceso marcado por la alta participación de las mujeres gracias a las reformas electorales. Lo ocurrido aquella tarde de abril fue también un mensaje para todas las candidatas y las mujeres. Muchas de ellas reforzaron sus equipos de seguridad, lo que no tuvo entonces Gisela. Muchas de las participantes en contienda exigieron al Estado y a sus partidos la revisión exhaustiva de lugares a visitar, recorridos y actividades en campaña. Con el proceso electoral, las que resultaron ganadoras mantuvieron esas medidas y sumaron otras, vivieron con miedo el proceso electoral, ese miedo que les permitió aumentar medidas de auto cuidado y de exigencia. Ese miedo que les permitió mantenerse con vida.
A distancia de estos dos años reitero, lo ocurrido fue un mensaje para todas y las ubicó respecto a sus territorios y aspiraciones. Nada fue igual en el proceso electoral, menos para ellas. Lo ocurrido las recolocó en la vulnerabilidad que atraviesa la vida de todas las mujeres que habitamos Guanajuato, ese miedo nos unió a todas. Pero también nos unió la indignación, la exigencia y ahora mismo la memoria. Olvidar lo ocurrido con Gisela Gaytan aquella tarde del primero de abril nos conducirá a la repetición, a la ignominia como sociedad y a la comodidad de los gobiernos.
Para esos días pude entrevistar a varias mujeres candidatas, hablaban del miedo en voz baja, temían abordarlo en voz alta como si les fuera prohibido, temían verse menos competitivas frente a los varones, frente a las estructuras patriarcales de sus partidos, como si ellos no tuvieran miedo. Cuando abordaba con ellas lo ocurrido con Gisela, todas se mostraban con el terror de saberse en ese cuerpo. Abordaba con ellas, entonces, la vulnerabilidad de todas y la importancia de que, si lo nombran, visibilizaran y politizaran el miedo como una exigencia para garantizar la seguridad para todas.
Las mujeres electas, en particular, deben tener presente no solo la vida y la memoria de lo ocurrido con Gisela, sino también priorizar la erradicación de la violencia contra las mujeres en sus ejercicios de gobierno. Ellas llegaron al poder en un proceso marcado por la violencia, marcado por esa tarde del 1 de abril donde le arrebataron la vida a Gisela. Olvidar lo ocurrido sería una falta de memoria que las vulnera, las expone y las mimetiza con otros varones que han gobernado sin esta perspectiva.
Una justicia que no llega
Es simplista asumir que el asesinato de Gisela Gaytán se reduce a una coyuntura electoral. Quienes planearon su asesinato lo hicieron sabiendo que podrían hacerlo: eligieron a una mujer candidata en una plaza pública, a las cinco de la tarde, frente a una multitud y no les importó. Lo hicieron precisamente porque pudieron, porque saben que la impunidad rebasa la legalidad, porque, como señala Sayuri Herrera, ex fiscal federal especializada en feminicidios, los cuerpos de las mujeres son basurizados por un sistema político y judicial que sigue enviando mensajes de tolerancia a la violencia hacia las mujeres.
La declaración hecha por el fiscal Gerardo Alatriste en estos días en su visita a Celaya, en particular, no solo aumenta la indignación por el desdén con el que atiende la exigencia de información por un hecho público, sino que pareciera minimizar una herida social y familiar que permanece abierta. El fiscal, cansado según dice por ser siempre cuestionado del tema, confirmó que hay dos detenidos materiales, no hay detenidos intelectuales y que la investigación compete únicamente a la familia, y remata afirmando que con lo dicho hay justicia.
Señor fiscal Alatriste, recordarle: Lo ocurrido con Gisela Gaytán, candidata a la presidencia municipal de Celaya, fue un hecho público notorio. Es indispensable un mensaje público sobre lo ocurrido y le corresponde a usted informar. Permítame precisarle algo elemental: cuando hablamos de justicia, no hay términos medios. Se trata de un valor y un derecho integral, no admite partes a medias. En este entendido, y a partir de lo que no se ha logrado a dos años de distancia, se puede concluir con contundencia: no ha habido justicia para Gisela Gaytán y su familia.
Querida Gisela, a partir de lo ocurrido, este es mi tercer texto que dedico a tu vida, a tu memoria, y a tu legado. Seguiré escribiendo de ti, seguiré aportando para que tu memoria siga viva, para que tu legado siga vigente y para que el gobierno de Celaya y el resto de los gobiernos nunca olvide el compromiso que tienen con la seguridad, con la integridad, y con la erradicación de la violencia contra las mujeres.



